El aire olía a polvo, a hierba pisoteada y a mar. Una brisa salina, cargada del cansancio de la noche de pesca, subía desde la orilla donde las barcas se mecían con pereza. Simón, los nudillos aún enrojecidos y endurecidos por el roce de las redes, se frotó la cara. El sol aún no calentaba de verdad, pero la luz ya era blanca, implacable. Había pasado la noche entera luchando contra el lago, y las redes, vacías. Una amargura familiar le subía por la garganta, mezcla de fracaso y de la cuenta pendiente con el recaudador.
No fue el hambre lo que lo llevó hacia la colina, sino una curiosidad ronca, una necesidad de algo que no fuera el olor a pescado y la conversación monótona de sus compañeros. Se decía que el Rabí de Nazaret estaba por allí, y la gente, como un río lento pero imparable, se movía en esa dirección. Campesinos con las sandalias rotas, mujeres con los ojos hundidos por la pena, mercaderes con la mirada escéptica pero los pies moviéndose igual. Algo tiraba de ellos.
Lo encontró al borde de un llano, en una ladera que descendía suavemente hacia el agua. No estaba en un monte, no como otros maestros que buscaban la altura para hablar. Él se había puesto en un lugar intermedio, donde la tierra se aplanaba un poco, accesible. La multitud lo apretujaba. Simón se detuvo en las afueras del grupo, apoyado contra el tronco áspero de una higuera. Desde allí veía los rostros: algunos ardían de esperanza, otros estaban marcados por el escepticismo, muchos simplemente mostraban un cansancio profundo, como si la vida les hubiera drenado hasta la última gota de alegría.
Jesús no empezó con un saludo formal. Sus palabras no fueron un susurro piadoso, sino una voz clara que cortó la mañana como el filo de una espada.
“Dichosos ustedes, los pobres, porque el reino de Dios les pertenece.”
Simón contuvo el aliento. Lo miró a los ojos. No hablaba a la multitud como una masa, sino como si conociera a cada uno. Sus ojos pasaron por el rostro ajado de un viejo que mendigaba en la puerta de la sinagoga, por las manos callosas de un albañil, por la espalda encorvada de una viuda. Dichosos. La palabra sonaba extraña, casi ofensiva, aplicada a ellos. ¿Dichosa la pobreza que te roba el sueño? ¿Dichoso el hambre que retuerce las entrañas?
“Dichosos ustedes, los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Dichosos ustedes, los que ahora lloran, porque reirán.”
Era una inversión de todo. El mundo decía: dichoso el que tiene, el que ríe, el que es aplaudido. Y este hombre, con una tranquilidad que erizaba la piel, proclamaba bienaventurado al que sufre. No era una promesa vaga de un futuro lejano. Hablaba con la seguridad de quien describe una realidad que ya está germinando bajo los escombros de este mundo. Simón sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la brisa del lago.
Luego, la mirada de Jesús se endureció ligeramente, no con ira, sino con una lucidez dolorosa. Se dirigió a un grupo que se apartaba un poco, vestidos con ropas finas, fariseos y letrados que observaban con los brazos cruzados, una mueca de superioridad en los labios.
“Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados, porque pasarán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán!”
El silencio fue distinto. No era el silencio atento de antes, sino uno cargado, incómodo. Algunos de los bien vestidos palidecieron; otros fruncieron el ceño con desdén. Jesús no negociaba. No suavizaba las palabras para hacerlas digeribles. Presentaba dos caminos, dos destinos, con una crudeza de profeta antiguo. No maldecía la riqueza en sí, Simón lo intuía, sino la autosuficiencia que ciega, la saciedad que adormece el alma.
Después vino lo más difícil. Lo que hizo que Simón, acostumbrado a las rencillas del puerto, a los rencores familiares, se estremeciese por dentro.
“Pero a ustedes que me escuchan, les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los maltratan.”
La palabra “amen” resonó en el aire quieto. No hablaba de tolerar, de evitar. Hablaba de *amar*. Y ponía ejemplos concretos, terriblemente concretos: “Al que te golpee en una mejilla, preséntale también la otra. Al que te quite el manto, no le niegues la túnica.” Simón pensó en los recaudadores romanos, en los vecinos pendencieros, en todos aquellos que te sacan ventaja. Su primera reacción, visceral, fue de rechazo. Era antinatural. Era… débil.
Pero la voz de Jesús continuaba, implacable en su lógica divina: “Si aman solamente a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman.” Y luego, la frase que le clavó los pies al suelo: “Sean compasivos, como su Padre es compasivo.”
Ahí estaba. No era una ley nueva, más pesada. Era una invitación a una naturaleza nueva. A reflejar, en este mundo roto, el rostro mismo de Dios. Un Dios que hace salir el sol sobre malos y buenos. La compasión no como un sentimentalismo, sino como una fuerza creadora, una decisión de romper la cadena del odio con el acto gratuito del bien.
La enseñanza siguió, sobre no juzgar, sobre el árbol y sus frutos. Jesús hablaba con imágenes de la tierra, que todos comprendían: un ciego no puede guiar a otro ciego, la paja y la viga en el ojo, la casa construida sobre cimientos profundos. Eran palabras que se te metían dentro y removían todo. Simón ya no pensaba en las redes vacías. Pensaba en los cimientos de su propia vida. ¿Sobre qué estaba construida?
Cuando terminó, la multitud quedó un tiempo quieta, como aturdida. Luego empezó el murmullo, los debates en voz baja. Jesús bajó del llano y se mezcló con la gente. Y entonces Simón lo vio acercarse a él. No con solemnidad, sino con una familiaridad que desarmaba.
“Simón,” dijo. Su voz era ahora más baja, personal. “Tú también. Sígueme.”
No fue una pregunta. Fue una declaración, una llamada que atravesó todas sus defensas, todas sus excusas de pescador fracasado. Y en ese instante, Simón supo que aquellas palabras dichas en el llano – sobre el amor, sobre los cimientos, sobre la compasión del Padre – ya no eran solo un discurso. Eran el camino que ese hombre iba a recorrer. Y le estaba pidiendo que caminara con él.
Miró hacia el lago, hacia su barca que era toda su seguridad y su frustración. Luego miró a Jesús. Asintió, sin palabras grandilocuentes. Y al dejar la sombra de la higuera para dar ese primer paso, Simón, sin saberlo aún, empezaba a aprender lo que significaba, de verdad, ser dichoso.




