El sol, un disco pálido y sin fuerza, se arrastraba sobre las ruinas de Mizpa. El aire, todavía cargado de ceniza y el dulzón olor a muerte, no lograba disipar el hálito de desesperanza que envolvía al remanente. Johanan, hijo de Carea, caminaba con pasos medidos frente al grupo de hombres y mujeres apiñados. Sus ropas, harapos elegidos entre los despojos, colgaban de cuerpos delgados por el hambre y la tensión. Habían sobrevivido a la espada, al hambre y a la deportación. Ahora, el miedo a un gobernador babilonio vengativo, Gedalías, asesinado por la traición de Ismael, los tenía acorralados.
—No podemos quedarnos aquí —la voz de Azarías, otro de los capitanes, sonaba ronca, seca como la tierra agrietada—. Nabucodonosor preguntará por la sangre de su hombre. Y vendrá por la nuestra.
Un murmullo de asentimiento, cargado de pánico, recorrió el grupo. Todos miraban hacia Egipto, la tierra antigua, el granero del mundo, un refugio seguro lejos del puño de Babilonia. La decisión parecía tomada. Pero en algún rincón de aquella conciencia colectiva, magullada pero no del todo extirpada, persistía un rescoldo de fe. Alguien, quizá una de las mujeres mayores cuya mirada había visto caer el templo, sugirió con timidez:
—Tal vez… deberíamos consultar. Preguntar cuál es el camino.
Johanan se detuvo. No era hombre piadoso; sus manos estaban más acostumbradas al filo de la espada que a la postración. Pero comprendía el valor del símbolo, de la unidad. Y entre los sobrevivientes estaba Jeremías, el profeta. El mismo a cuyas advertencias no habían hecho caso durante décadas. El hombre que había predisto estas mismas ruinas. En su rostro, marcado por una vida de oprobio, quizá aún residiera el favor de su Dios.
—Traed a Jeremías —ordenó Johanan, y su tono no admitía discusión.
Encontraron al profeta en una tienda prestada, sentado en el suelo, envuelto en un manto raído. Parecía una extensión más de la desolación, pero sus ojos, cuando alzó la vista, tenían una claridad desasosegante, como un pozo demasiado profundo.
—Jeremías —comenzó Johanan, agrupándose con Azarías y los principales—. Escucha nuestra súplica. Ruega por nosotros a Jehová tu Dios. Por este resto, porque de muchos hemos quedado pocos, como nos ven tus ojos. Que Jehová tu Dios nos enseñe el camino por donde hayamos de andar, y lo que hemos de hacer.
Las palabras sonaban bien, humildes, incluso devotas. Jeremías los observó, uno por uno. No vio fe en aquellos rostros curtidos por la guerra; vio miedo disfrazado de religiosidad. Vio decisiones ya tomadas buscando un sello divino.
—He oído —respondió al fin, su voz un susurro áspero—. Haré según vuestras palabras. He aquí, yo oraré a Jehová vuestro Dios conforme a lo que habéis dicho; y será que cualquier cosa que Jehová os respondiere, yo os la declararé. No os ocultaré nada.
Un suspiro de alivio, mezclado con cierta satisfacción, recorrió a los capitanes. Habían hecho lo correcto. Ahora solo había que esperar.
Los días que siguieron fueron una extraña tregua. Jeremías se retiró. El pueblo, mientras tanto, no dejaba de hablar de Egipto. De sus aguas perennes, de sus cosechas seguras, de la protección bajo el ala del faraón. El miedo a Babilonia se transformaba, día a día, en anhelo por el Nilo. La petición a Dios se fue convirtiendo, en sus corazones, en un mero trámite.
Al décimo día, Jeremías llamó a Johanan, a Azarías y a todo el pueblo. Se reunieron en el lugar abierto, donde el viento llevaba el polvo de sus hogares perdidos. El profeta parecía aún más demacrado, como si la carga de la espera lo hubiera consumido.
—Así ha dicho Jehová, Dios de Israel, a quien me enviasteis para presentar vuestra súplica delante de él —comenzó, y una quietud absoluta cayó sobre la multitud—. Si vosotros permaneciereis en esta tierra, entonces yo os edificaré, y no os destruiré; os plantaré, y no os arrancaré; porque me he arrepentido del mal que os he hecho. No temáis al rey de Babilonia, que tenéis temor de él; no le temáis, dice Jehová, porque yo estoy con vosotros para salvaros y para libraros de su mano. Yo tendré de vosotros misericordia, y él tendrá misericordia de vosotros, y os hará volver a vuestra tierra.
Las palabras, claras como agua de manantial, cayeron sobre un terreno yermo. “Permanecer”. Era la palabra más aterradora que podían imaginar. Quedarse entre las ruinas, bajo la mirada de un imperio ofendido. La promesa de edificación sonaba hueca, lejana, frente a la amenaza inmediata y tangible de la venganza caldea.
Jeremías, leyendo la duda en sus rostros, continuó, y su voz tomó un tono más grave, profundo como un trueno lejano:
—Mas si decís: “No moraremos en esta tierra”, no obedeciendo a la voz de Jehová vuestro Dios, diciendo: “No, sino que iremos a tierra de Egipto, donde no veremos guerra, ni oiremos sonido de trompeta, ni tendremos hambre de pan, y allá moraremos”; oíd, pues, ahora la palabra de Jehová, resto de Judá: Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: “Si vosotros volviereis vuestros rostros para entrar en Egipto, y entrareis para peregrinar allí, la espada que teméis os alcanzará allí en tierra de Egipto; y el hambre de que tenéis temor, allí en Egipto se os pegará, y allí moriréis. Y todos los hombres que volvieron sus rostros para entrar en Egipto, para peregrinar allí, morirán a espada, de hambre y de pestilencia; no quedará de ellos ninguno, ni escapará del mal que traeré sobre ellos.”
El silencio que siguió fue denso, cargado de incredulidad y de un frío que no provenía del viento. Dios les ofrecía vida aquí, en el lugar de la muerte, y les anunciaba la muerte en el lugar al que ellos consideraban vida.
Jeremías concluyó, clavando su mirada en Johanan:
—No ha engañado Jehová vuestros sentidos cuando os ha dicho: “No entréis en Egipto.” Sabed, pues, que hoy habéis obrado impíamente contra vuestras propias almas.
La asamblea se disolvió en un caos de murmullos. Johanan y Azarías se apartaron, sus rostros oscuros de ira y decepción.
—¡Nos miente! —bufó Azarías, alejándose del profeta—. Baruc, hijo de Nerías, lo ha incitado en nuestra contra, para entregarnos en manos de los caldeos para que nos maten, o nos deporten a Babilonia.
Johanan no respondió de inmediato. Miraba hacia el sur, hacia el camino que llevaba a Egipto. La palabra de Dios era una cadena que lo ataba a estas piedras calcinadas. Su propio temor, una fusta que lo azuzaba hacia el sur. Entre la fe que exigía quedarse en la incertidumbre, y el instinto de supervivencia que prometía seguridad en el Nilo, su corazón ya había elegido.
Reunieron de nuevo al pueblo. Johanan se puso en pie, con la autoridad del que lleva la espada.
—Jeremías nos ha hablado con falsedad —declaró, y su voz no titubeó—. Jehová nuestro Dios no nos ha enviado a decir: “No entréis en Egipto.” Es Baruc quien busca nuestra perdición.
Nadie mencionó las promesas de edificación y plantío. Nadie recordó la misericordia ofrecida. Solo recordaron la espada que temían, y ahora creían poder eludirla corriendo hacia otro país. Tomaron la decisión que habían tomado desde el principio. La consulta a Dios no había sido para escuchar, sino para que ratificara su propia voluntad. Al no hacerlo, lo desecharon.
Cargaron sus pocas pertenencias, sus animales famélicos, y echaron a andar. Jeremías y Baruc, reluctantes, fueron arrastrados con ellos, como talismanes incómodos cuya presencia quizá, pensaban de forma torcida, aún podría granjearles algún favor divino en la travesía.
La caravana se puso en movimiento, dejando atrás las ruinas de Mizpa, la tierra prometida, y la última palabra clara de Jehová. Caminaban, con paso decidido, hacia el sur. Hacia Egipto. Hacia la seguridad que habían elegido. Y el polvo que levantaban sus pies, seco y gris, era el mismo que pronto cubriría sus huesos, bajo un sol extranjero, en el cumplimiento exacto de una palabra a la que habían llamado mentira.




