Biblia Sagrada

El Alfarero y el Manantial

El calor de la tarde empezaba a ceder, convirtiéndose en ese soplo tibio que precedía al fresco nocturno. Ezequías, no el rey, sino un alfarero del barrio de los hornos, se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando un rastro de arcilla rojiza. El día había sido largo, lleno del crujir de la rueda y del silbido constante del horno. Pero en su pecho, desde aquella mañana, residía una quietud extraña, un reposo que no era cansancio.

Había ido al estanque de Siloé al amanecer, como cada día, con su cántaro de cuello largo. El agua, tranquila y gris bajo el cielo aún pálido, le había devuelto una imagen de hombre ajado por los años y el trabajo. Pero mientras llenaba el recipiente, una frase de su padre, un hombre piadoso y de pocas palabras, le había venido a la mente con una claridad desusada: *»Aquel día dirás: Te doy gracias, Señor, porque estabas airado contra mí, pero tu ira se apartó y me has consolado.»* Las palabras del profeta Isaías, repetidas en susurros durante su infancia, resonaron ahora no como una recitación, sino como una verdad húmeda y fresca que brotaba en su interior.

No era que su vida hubiera sido fácil. Había conocido años de sequía, literal y espiritual. El miedo cuando los ejércitos asirios habían acampado a las puertas, el olor a humo y pánico en la ciudad. La muerte de su hijo menor, una pérdida que había sentido como un silencio airado de los cielos. Había pasado por temporadas en las que Dios le parecía un juez distante, un peso cuyo rostro no podía discernir. La ira, sí. La había sentido, o al menos, había interpretado así la sequedad de su alma y la dureza de sus circunstancias.

Pero aquella mañana, junto al agua quieta, algo cedió. No fue una voz, ni una visión. Fue como si una compuerta, oxidada por años de temor y resignación, se abriera por fin. La ira, real o percibida, se había desvanecido. No porque sus circunstancias hubieran cambiado drásticamente —el trabajo seguía siendo duro, la soledad tras la muerte de su esposa era la misma—, sino porque la comprensión había cambiado. Dios no era el enemigo que lo probaba hasta romperlo. Había sido el alfarero paciente, remodelando el barro endurecido, aun cuando el barro gritara bajo la presión de sus dedos. Y ahora, en ese remanso, sentía el consuelo. No como un abrazo sentimental, sino como la certeza profunda de que no estaba solo, de que la historia no era un cúmulo de desgracias azarosas, sino un camino cuyo último tramo lo conducía a un manantial.

El resto del día, mientras sus manos trabajaban la arcilla húmeda, dándole forma a cántaros y ollas, su mente repasaba, casi sin querer, otras palabras: *»He aquí, Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré, porque mi fortaleza y mi canción es el Señor; él ha sido salvación para mí.»* La salvación. No la imaginaba como un escape milagroso de todos los males. Para Ezequías, el alfarero, la salvación tenía la textura del barro bien centrado en la rueda. Era confianza. Era no temer al mañana, a la ruina, a la enfermedad, a la soledad final. Porque su fuerza, la que le permitía levantar cada día la pesada carga de arcilla y sacar del horno las piezas candentes, no era solo la de sus brazos curtidos. Era una canción interior, un ritmo sostenido que decía: *Él está aquí. En el calor del horno, en el silencio de la casa, en el recuerdo doloroso. Él es.*

Al atardecer, terminó su labor. Apagó el fuego del horno y salió al pequeño patio de su casa, que daba a una callejuela en pendiente. Desde allí se veía, entre los tejados, un trozo del muro de la ciudad. Sacó un pequeño odre de vino y un cuenco de barro cocido —uno de los suyos, simple, sin adornos—. Y entonces, casi sin darse cuenta, empezó a hablar en voz baja, como si respondiera a una pregunta que el aire tranquilo le hubiera formulado.

«Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación.»

Sus ojos, cansados, miraron hacia el interior de su casa, hacia la tinaja grande que guardaba el agua de Siloé. El agua que bebía, con la que amasaba, con la que se lavaba. Y entendió. La salvación no era un evento único, guardado en el cofre de los recuerdos. Era un manantial del que había que sacar, cada día, cada hora. Con gozo. Aun cuando las manos temblaran de cansancio. Aun cuando el corazón estuviera pesado. Había que inclinarse sobre la fuente —la oración, el recuerdo de sus actos, la simple quietud— y sacar, otra vez, el agua fresca que ahuyenta la sed del alma.

Y entonces, su murmullo se hizo más claro, más firme, como si se uniera a un coro que solo él podía oír, un coro que resonaba desde los tiempos del profeta y hasta el fin de los días: «Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer en los pueblos sus obras, recordad que su nombre es excelso.»

No era un canto triunfal. No había multitudes alrededor. Solo un hombre viejo, con ropas manchadas de arcilla, en un patio polvoriento. Pero en ese dar gracias, en ese invocar el nombre que era refugio, Ezequías se sintió parte de algo inmenso. Sus obras, las de Dios, no eran solo las grandiosas —partir el mar, derribar murallas—. Eran también esta paz que llenaba un patio al atardecer. Este consuelo que no borraba el dolor, pero lo hacía habitable. Esta fuerza cotidiana.

«Tañed y cantad, habitantes de Sion, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

El sol, en su descenso, doró los muros de Jerusalén. Desde alguna casa vecina llegó, tenue, el sonido de una flauta. Un niño rió en la callejuela. Ezequías alzó su cuenco de barro, lleno del vino oscuro, como si brindara con la propia tarde. No hacía falta un templo, ni una fiesta solemne. Todo Sion, esta ciudad de calles estrechas y patios escondidos, era el escenario de la grandeza de Dios. Y él, un simple alfarero, era un habitante de esa Sion. Su pecho era un santuario; su susurro agradecido, una música tan válida como los salmos en el atrio.

Bebió un trago. El vino sabía a tierra, a uva, a sol. Sabía a vida, la misma vida que, con sus sequías y sus fuentes, era el campo donde Dios sembraba su salvación. Y supo, con una certeza tan tangible como el barro entre sus dedos por la mañana, que aquel día —este día cualquiera, iluminado por un ocaso dorado— había llegado. El día en el que la queja se convertía en gratitud, el miedo en confianza, y la sed en el gesto simple y gozoso de sacar agua del pozo infinito. La noche cayó sobre Jerusalén, y en el patio de un alfarero, la alabanza era un silencio lleno de sentido, tan real y humano como el fresco que al fin llegaba, trayendo consuelo.

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