La tierra olía a polvo reseco y a hierbas marchitas. No era el olor limpio del verano, sino algo más profundo, como si el mismísimo suelo estuviera exhausto. Eleazar apoyaba la frente contra el marco de piedra de la ventana, sintiendo el calor áspero del mediodía. Desde su casa, en una ladera que miraba hacia Siquem, veía el valle tenderse como un manto ajado. Los olivos parecían quietos, no en la paz del sabbath, sino en la parálisis de una espera amarga.
Corrían los días del rey Jeroboam, y una plaga de langostas había pasado, pero había dejado otra plaga detrás, invisible y más corrosiva: un silencio hosco en la gente, una mirada torva que se clavaba en el suelo o en la nuca del vecino. La palabra del Señor escaseaba, no porque los profetas callaran, sino porque los oídos se habían vuelto de piedra. Eleazar, un escriba ya entrado en años, cuyo oficio era copiar y estudiar la Ley, sentía ese vacío como un frío en los huesos.
Recordaba las palabras del salmo que había transcrito esa misma mañana, con una caligrafía cuidadosa que contrastaba con el temblor de su espíritu: *Dice el necio en su corazón: “No hay Dios”.* No se lo decían abiertamente, claro está. Nadie se levantaba en la plaza a proclamar el ateísmo. Era algo más sutil y, por ello, más venenoso. Se manifestaba en el mercader que adulteraba las pesas con un encogimiento de hombros, como si nadie lo viera jamás. En el anciano que consultaba en secreto a un adivino arameo para saber el futuro de sus tierras. En la manera en que la justicia se torcía por un puñado de siclos de plata, y todos miraban hacia otro lado, habituados. Era una práctica de negación. Al vivir como si Dios no viera, como si no juzgara, como si sus mandamientos fueran cuentos para niños, pronunciaban con sus actos la sentencia del necio.
Eleazar salió al huerto, donde un higuera daba una sombra avara. Allí estaba su hijo, Caleb, tallando un trozo de madera. “Padre,” dijo el joven sin levantar la vista, “Amatías el panadero ha vuelto a vender el pan con mezcla de cebada. Y todos lo compran, porque es más barato. ¿Dónde está el Dios de la justicia que castiga al que estafa al pobre?”
La pregunta no era irónica, sino cargada de una desilusión profunda. Eleazar se sentó a su lado, haciendo crujir la gravilla bajo sus sandalias. “Tal vez,” murmuró, “la corrupción no es sólo que unos roben a otros. Es que todos, al mirarla y aceptarla, nos volvemos corruptos. El salmo lo dice: *Se han corrompido, han cometido abominaciones; no hay quien haga el bien.* No es un conteo, hijo. Es un diagnóstico. Como un médico que palpa un cuerpo y dice: ‘Esta carne está toda enferma’. Desde el menor hasta el mayor. Incluyendo el temor que nosotros mismos sentimos al denunciarlo.”
Caleb dejó el cuchillo. “Entonces, ¿no hay esperanza?”
Eleazar miró hacia la ciudad, donde el humo de los hornos subía en columnas flojas. *Dios, desde los cielos, mira sobre los hijos de los hombres, para ver si hay algún entendido que busque a Dios.* Las palabras del salmo le vinieron como un susurro interior. La mirada de Dios no era la de un juez distante que anota faltas. Era la de un padre buscando, entre la multitud de hijos extraviados, un rostro que se vuelva hacia Él. Un solo rostro. La esperanza no estaba en la reforma de todos, sino en la conversión de uno. En que hubiera, al menos, *alguno*.
Los días siguientes, Eleazar caminó por Siquem con nuevos ojos. Ya no buscaba sólo la iniquidad, que era evidente: la blasfemia casual en la taberna, la opresión del acreedor a la viuda. Buscaba, en cambio, el destello de lo contrario. Lo vio en una mujer que, a escondidas, dejaba un pan a la puerta del leproso que vivía fuera del muro. Lo intuyó en el silencio de un tejedor que, al escuchar una mentira dañina sobre un competidor, se mordió la lengua y no la repitió. Eran actos pequeños, frágiles, casi ahogados por el ruido de la corrupción general. Como hierbas que brotan entre las grietas de una plaza pavimentada.
Pero el salmo no terminaba con la búsqueda. Traía un gemido de advertencia: *¿No aprenderán los que hacen iniquidad, que devoran a mi pueblo como si pan comieran, y a Dios no invocan?* Eleazar comprendió que la corrupción sistémica, la que se hace costumbre y ley no escrita, termina por devorar a la comunidad. La consume desde dentro. Los poderosos devoran a los débiles, los mentirosos devoran la verdad, la indiferencia devora la compasión. Y todo ello, porque en el centro de la rueda hay un vacío: *y a Dios no invocan.* No es que nieguen su existencia con la boca; es que lo niegan con sus prioridades, con su tiempo, con sus decisiones.
Una tarde, encontró a un grupo de ancianos discutiendo acaloradamente en la puerta de la ciudad. Una sentencia injusta estaba a punto de ser ratificada. Eleazar sintió el temor de siempre, un nudo en el estómago. Levantar la voz traía enemigos, podía traer el ostracismo. Pero entonces recordó la última línea del salmo, aquella que parecía una semilla de luz en la oscuridad más densa: *¡Oh, si viniera de Sion la salvación de Israel!*
No era una queja. Era un anhelo profético, un grito de fe en medio del desastre. La salvación no surgiría del perfeccionamiento humano, ni de una revolución política. Vendría *de Sion*, del lugar que Dios había elegido, de su iniciativa soberana y misericordiosa. Esa certeza le dio una fuerza extraña.
Se adelantó. Su voz, al principio un hilito de sonido, se fue afianzando. Citó la Ley. Citó a los profetas. No denunció a los hombres, denunció el procedimiento, la sombra que se alejaba de la justicia divina. Hubo murmuraciones, rostros enrojecidos, miradas de odio. Pero también, en la parte de atrás, vio a Caleb, con los ojos brillantes. Y vio a dos de los ancianos bajar la mirada, avergonzados. La discusión se acaloró, se pospuso la decisión. No fue una victoria, pero fue una fisura por la que entró un poco de luz.
Al regresar a casa, al caer la noche, el valle se teñía de púrpura y oro. El aire, más fresco, traía un aroma lejano a flor de azahar. Eleazar se sintió cansado, terriblemente humano y pequeño. Pero ya no desesperanzado. Porque había entendido que el salmo no era sólo una condena al necio. Era también un mapa para el creyente en tiempos de corrupción. Un mapa que decía: reconoce la enfermedad universal, no te sorprendas. Sabe que Dios busca ansiosamente al que lo busca. Comprende que el mal, al final, se devora a sí mismo. Y, sobre todo, clama y espera. Espera contra toda esperanza la salvación que sólo puede venir de lo Alto.
Caleb le trajo agua. “Hoy,” dijo el joven, “tu voz sonó como la de un profeta.”
Eleazar negó con la cabeza, una sonrisa cansada en los labios. “No, hijo. Hoy mi voz sólo fue la de un hombre que recuerda, en medio del ruido de los necios, que hay un Dios que mira, que escucha… y que, al final, vendrá.” Afuera, en la oscuridad que se hacía total, la primera estrella titiló sobre Sion, fría y clara, como una promesa grabada en el firmamento.




