Biblia Sagrada

El Pacto en Siquem

El aire sobre Siquem pesaba, cargado del polvo levantado por miles de pies y del calor lento del día que comenzaba a declinar. No era el polvo de la batalla, sino el de la peregrinación, un polvo doméstico y terroso que se adhería a las túnicas y a las pieles sudorosas. Josué lo sentía en los pliegues de su ropa, un peso familiar. Desde la posición elevada donde se había apostado, junto a la vieja encina y la piedra erguida que recordaba la promesa a Abraham, veía el mar de rostros. No eran solo guerreros, aquellos con los que había cruzado el Jordán y tomado Jericó. Eran familias completas: ancianos de mirada profunda, mujeres con niños a la espalda o cogidos de la mano, jóvenes cuyos brazos no conocían aún la tensión del arco en la contienda. Los veía agruparse, formando un mosaico vivo de las tribus, un murmullo bajo y constante como el de un arroyo lejano subía hasta él.

Se apoyó en su bordón. El hueso de la cadera, aquel viejo dolor que le recordaba cada año que pasaba, le atenazaba con un latido sordo. Pero hoy no era día de ceder al cansancio. Tomó aire, y cuando habló, su voz no fue un grito, sino un sonido grave y claro que se abrió paso por entre la multitud, acallando los murmullos.

“Así dice el Señor, el Dios de Israel…”

Y comenzó a hilar la historia. No como los sabios de Egipto, con listas interminables de reyes y dioses de piedra. No. Él hablaba de personas. De un hombre, Teraj, al otro lado del río Éufrates, sirviendo a dioses que no podían oír, hechos de madera y barro. Habló de Abraham como si lo hubiera conocido, del llamado en la noche, de la promesa absurda y magnífica dada a un nómada sin hijos. Describió la huida a Egipto no como un evento, sino como una hambruna que afilaba los rostros, el miedo en los ojos de los patriarcas, la mano opresora de los faraones. Hizo que el olor a ladrillos y paja húmeda pareciera flotar sobre Siquem.

“Yo envié a Moisés y a Aarón,” dijo, y en su tono no había jactancia, solo la solemnidad de un hecho irrevocable. Narró las plagas no con espectáculo, sino con el estupor de quien vio las aguas convertirse en sangre, el terror silencioso de la noche en que el Ángel pasó de largo. Habló del Mar de las Cañas partiéndose no como un milagro para celebrar, sino como la única puerta angosta hacia la vida, con el estruendo de los carros de guerra ahogándose a sus espaldas. Recordó los años del desierto, la arena que se metía en la comida, la sed que agriaba el carácter, la columna de fuego que era tanto consuelo como acusación en la oscuridad.

“Y luego, llegaron a este lado del Jordán.” Su mirada barrió el horizonte, abarcando las colinas y los valles que ahora habitaban. Habló de reyes cananeos no como héroes caídos, sino como hombres soberbios y atrincherados en sus ciudades de piedra, cuyos ejércitos “no los pudo resistir nadie”. No dijo “yo los derroté”. Dijo: “Los entregué en vuestras manos”. Era una distinción crucial. Cada victoria, cada parcela de tierra, era un regalo, no un botín.

El silencio ahora era absoluto. Solo el crujido lejano de alguna rama de olivo y el llido de un niño que rápidamente calló. Josué dejó que el peso de la historia se asentara sobre ellos. Ellos eran el eslabón final de esa cadena. El polvo de sus pies era el polvo de la tierra prometida a un hombre llamado Abraham. El pan que comían era el fruto de ciudades que no habían construido.

Entonces, inclinó su cuerpo hacia adelante, y su voz adquirió un filo directo, personal.

“Ahora, pues, temed al Señor y servidle con integridad y fidelidad. Echad a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río, y en Egipto… pero si os parece mal servir al Señor, escogeos hoy a quién habéis de servir.”

La propuesta era brutal en su sencillez. No había un término medio, una tierra gris de compromiso. O el Dios que había hablado en la hoguera de la zarza y partido el mar, o los dioses mudos de Mesopotamia, o los dioses feroces y licenciosos de los amorreos en cuyas ciudades ahora vivían. Josué ni siquiera se incluyó como opción. “Yo y mi casa serviremos al Señor.”

La respuesta no se hizo esperar. Surgió como un torrente desde la multitud, voces entrecortadas por la emoción. “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses! Fue el Señor nuestro Dios quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto… él fue quien protegió nuestro camino… él fue quien expulsó a todas estas naciones. ¡Nosotros también serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios!”

Josué los observó. Había visto ese mismo ardor en los ojos de los espías que volvieron de Hebrón cargados de uvas enormes, y también había visto cómo ese ardor se apagaba en el desierto, convertido en el miedo que los condenó a vagar cuarenta años. Conocía el corazón humano, su capacidad infinita para olvidar. Por eso, en lugar de celebrar, su rostro se ensombreció aún más.

“No podéis servir al Señor,” dijo, y sus palabras cayeron como piedras en un estanque calmado. Un estupor incrédulo se extendió. “Porque él es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará vuestras rebeliones ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, él se volverá y os traerá el mal, y os consumirá después de haberos hecho bien.”

Era la advertencia final, despojada de todo romanticismo. Servir a Yahvé no era un rito conveniente ni un amuleto para la victoria. Era un yugo, una alianza exigente con un Dios que no podía ser domesticado, que demandaba todo o nada.

Pero el pueblo, conmovido o atemorizado por el relato de lo que Dios había hecho, insistió con vehemencia. “¡No! ¡Serviremos al Señor!”

Josué asintió, lentamente. No era un asentimiento de alegría, sino de resolución. “Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis escogido servir al Señor.”

“¡Somos testigos!” gritaron.

“Pues entonces,” dijo Josué, y su voz recuperó por un momento el timbre del general que daba una orden decisiva, “quitad los dioses extraños que hay entre vosotros, e inclinad vuestro corazón al Señor, Dios de Israel.”

Hubo un movimiento, no una estampida, sino un removerse inquieto. Algunos bajaron la mirada. Otros, con determinación, se tocaron el pecho o el costado, donde quizás llevaban alguna pequeña imagen o amuleto, una herencia escondida de Egipto o un trofeo peligroso de la guerra. Josué lo vio, y supo que la orden no se cumpliría del todo, no allí y entonces. La idolatría era una hierba con raíces profundas.

Sin esperar a que el momento se disolviera, procedió. Aquello no podía quedar solo en palabras arrebatadas por la emoción del discurso. La palabra debía encarnarse. Hizo que se acercaran representantes de las tribus, de los ancianos, de los jueces. Y allí, a la vista de todos, bajo la encina que era testigo mudo de siglos, escribió las palabras de la ley en un rollo. No era un acto burocrático. Era la formalización del pacto, la transferencia de la promesa de Abraham a la comunidad congregada. La tinta sobre el pergamino los ataba.

Luego, tomando su bordón, señaló la gran piedra que estaba junto al santuario.

“Esta piedra será testigo contra nosotros,” declaró, su voz ahora cargada de una fatiga profética. “Porque ha oído todas las palabras que el Señor nos ha hablado. Será testigo contra vosotros, para que no mintáis a vuestro Dios.”

La piedra, áspera e inmóvil, pareció adquirir una presencia ominosa. No era un dios. Era lo opuesto: un recordatorio mudo de la fidelidad divina y de la volubilidad humana. Sería el juez silencioso de sus descarríos.

Después, despidió al pueblo. No con un festejo, sino con la solemne instrucción de volver a sus heredades. Josué se quedó allí, junto a la piedra y la encina, viendo cómo la multitud se disgregaba, formando grupos que se alejaban en diferentes direcciones, llevando consigo el eco del juramento y el peso de la advertencia. El polvo se levantó de nuevo.

Años después, cuando Josué murió, a una edad muy avanzada, lo enterraron en los límites de su heredad, en Timnat-sera. Y mientras aún vivían los ancianos que lo habían visto reunir al pueblo en Siquem, Israel sirvió al Señor. Fue un tiempo de paz relativa, un respiro. Pero la piedra en Siquem seguía allí, esperando. Porque el pueblo, como Josué había intuido con dolorosa claridad, tenía la memoria corta. Y los dioses extraños, aquellos a los que sus padres habían servido al otro lado del Río, aguardaban en la sombra de los altares cananeos, en la comodidad de la asimilación, en el silencio olvidadizo del corazón humano. La historia no terminaba en Siquem. Solo alcanzaba un punto y seguido.

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