El sol se derramaba como cobre fundido sobre las torres de Sodoma, pero su luz no calentaba. Caía en diagonal, filtrada por una neblina que olía a humo de hornos de ladrillo y a algo más, algo rancio y dulzón que se pegaba al paladar. Lot se encontraba sentado en la bancada de piedra a la entrada de la ciudad, como solía hacer al final de la tarde. No era un lugar cómodo. La piedra, gastada por siglos de trasiego, guardaba aún el calor del día y transmitía una vibración sorda, el rumor constante de la urbe a sus espaldas: risas estridentes, discusiones, el chasquido de las sandalias contra el empedrado. Pero desde allí se dominaba el camino, la llanura que se extendía hasta perderse en la bruma violácea del horizonte. Era un puesto de observación, un último vínculo con el mundo de afuera.
Observaba, sin ver realmente, el ir y venir de las caravanas menores, los últimos mercaderes apresurándose a franquear las puertas antes de que los guardias las cerraran con sus gruesos travesaños. Su mente estaba en otra parte, en la conversación de la mañana, en las palabras entrecortadas y los rostros graves de aquellos dos hombres que habían llegado a la tienda de Abraham. Un malestar sordo, familiar, le anudaba las entrañas. Era la misma opresión que sentía cada noche cuando los gritos y los cánticos desentonados ascendían desde los barrios bajos, atravesando las altas murallas de su propia casa como un vaho ponzoñoso.
Entonces los vio.
Aparecieron de repente, como surgidos del parpadeo del calor sobre el camino. Dos figuras altas, de ropajes sencillos pero impecables, que avanzaban con un paso firme y ajeno al polvo que levantaban. No llevaban equipaje, ni bastón, ni la mirada curiosa del viajero. Su mirada era recta, penetrante, y al posarse en Lot, un escalofrío le recorrió la espalda. No eran hombres. O sí lo eran, pero de una manera que desmentía toda naturaleza conocida. Una quietud los envolvía, una pureza que hacía que el aire a su alrededor pareciera más limpio, más difícil de respirar.
Sin saber por qué, Lot se puso en pie. Un impulso visceral, más fuerte que la prudencia, más urgente que el miedo, le hizo adelantarse. Se inclinó profundamente, hasta que su frente casi rozó el suelo polvoriento.
—Señores míos —dijo, y su voz le sonó ronca, ajena—. Os ruego que vengáis a la casa de vuestro siervo. Pasa la noche, lavaos los pies, y al amanecer seguiréis vuestro camino.
Ellos se detuvieron. No hubo sorpresa en sus rostros, sólo una evaluación serena.
—No —respondió uno, con una voz clara como agua de manantial—. Pasaremos la noche en la plaza.
La plaza. El corazón de Lot dio un vuelco. La imagen de aquellos seres en medio del foro, rodeados por la multitud crepuscular, le produjo una náusea instantánea. Suplicó entonces, con una vehemencia que le nació de las entrañas, insistiendo, rogando, hasta que ellos, con una lentitud que parecía deliberada, accedieron. No por convencimiento, eso lo supo Lot en ese mismo instante. Accedieron como quien cede a un ruego infantil, movidos por una piedad que trascendía la situación.
La caminata hasta su casa fue corta pero eterna. Lot sentía las miradas como puntas de lanza en su espalda. Murmullos serpenteaban desde los umbrales de las casas, desde los tenderetes que comenzaban a recoger sus mercancías. La noticia, en una ciudad como Sodoma, volaba más rápido que el viento del desierto.
Su mujer, una mujer de rostro afilado y ojos siempre un poco desconfiados, no dijo nada al verlos. Preparó el pan sin levadura, los dátiles, el cordero sencillo, moviéndose con una tensión silenciosa. La cena transcurrió en un mutismo casi absoluto. Los invitados comieron poco, apenas probaron los manjares. No contaron historias de caminos, no preguntaron por los precios del grano o los rumores de las tierras lejanas. Su presencia llenaba la estancia, haciéndola parecer más pequeña y, al mismo tiempo, infinitamente frágil, como una vasija de barro ante una tempestad de bronce.
Fue entonces cuando llegó el estruendo.
No fue un golpe aislado. Fue un aluvión, un bramido compuesto por decenas, cientos de voces. Un golpear de puños y palos contra la robusta puerta de madera de roble que Lot había hecho reforzar personalmente años atrás. La casa entera pareció estremecerse sobre sus cimientos. Los gritos eran indistinguibles al principio, un rugido de fiera enfurecida. Luego, las palabras se abrieron paso, claras, obscenas, exigentes.
—¡Lot! ¡Saca a los hombres que han venido a tu casa esta noche! ¡Los queremos conocer!
El pánico, frío y metálico, le llenó la boca a Lot. Una mirada a sus hijas, pálidas como la cera, que se habían abrazado en un rincón. Otra a su mujer, que se había quedado inmóvil, una jarra de agua aún en la mano, los ojos clavados en la puerta que se combaba levemente con cada embate. Los invitados no se habían inmutado. Permanecían sentados, y en la penumbra de la lámpara de aceite, sus perfiles parecían tallados en una piedra más antigua que el mundo.
Lot actuó sin pensar. Abrió la pequeña ventana posterior, saltó al patio interior, y corriendo como un loco, dio la vuelta hasta la puerta principal. No salió. Se asomó apenas, por la rendija que dejaba el quicio. La muchedumbre era un mar de rostros distorsionados por la antorcha que chisporroteaba en el centro. Hombres jóvenes y viejos, desde el muchacho que barría el establo hasta el anciano magistrado, todos unidos por una misma lujuria depredadora.
—Hermanos míos, por favor, no hagáis tal mal —gritó Lot, y su voz se quebró, débil contra el tumulto—. Mirad, tengo dos hijas que no han conocido varón. Os las traeré, y haced con ellas como bien os parezca. Pero a estos hombres no les hagáis nada, pues han venido a la sombra de mi techo.
El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. Un silencio cargado de desprecio, de una furia que ahora tenía un blanco más preciso. Una voz, ronca y ebria, estalló desde las sombras.
—¡Quítate de en medio! ¿Este forastero viene ahora a sentarse como juez entre nosotros? ¡A él también lo conoceremos! ¡Mejor a él que a sus hijas!
La marejada humana se abalanzó. Lot sintió cómo unas manos fuertes y sudorosas se cerraban sobre su túnica, tirando de él hacia la oscuridad. Iba a caer, a ser tragado, despedazado. Pero entonces, la puerta se abrió de par en par.
No fue Lot quien la abrió. Cedió de golpe, como si un gigante invisible la hubiera arrancado de sus goznes. Y en el umbral, bañados por la luz cálida del interior, estaban los dos hombres. Su aspecto había cambiado. Ya no eran viajeros cansados. Una luz propia, fría y terrible, parecía emanar de ellos. Extendieron las manos, y un gesto sencillo, casi despreocupado, bastó.
La turba enmudeció. Un grito ahogado, colectivo, se elevó. No era de rabia, sino de un pánico ciego, animal. Los hombres más cercanos a la puerta se llevaron las manos a los ojos, cegados por un resplandor que no provenía de ninguna antorcha. Tropiezan, caen, se arrastran. El ímpetu de la multitud se revierte en un instante, convertido en una estampida caótica. Buscan a tientas, chocando unos con otros, alejándose a tropezones de la casa, de la luz, de aquella santidad que les quemaba la vista y el alma.
Lot, temblando, fue conducido al interior. La puerta se cerró. No hubo cerrojo que echara, pero todos supieron que nada ni nadie volvería a traspasarla. Uno de los hombres, el que había hablado antes, se dirigió a Lot. Su voz ya no era agua de manantial. Era el trueno distante que precede al diluvio.
—¿A quién más tienes aquí? Yerno, hijos, hijas, todo el que sea tuyo en la ciudad, sácalo de este lugar. Porque vamos a destruir este sitio. El clamor contra él ha crecido tanto delante del Señor, que Él nos ha enviado para destruirlo.
Lot, aturdido, salió corriendo. Fue a la casa de sus yernos, aquellos jóvenes prometidos a sus hijas que aún veían en Sodoma una tierra de oportunidades. Les habló entrecortado, les narró el ataque, la ceguera, la advertencia. Ellos lo miraron entre la incredulidad y la burla. Pensaron que bromeaba. Sus risas, nerviosas al principio, luego francas, resonaron en la noche como un último insulto. Lot regresó a su casa, derrotado. El alba empezaba a teñir de gris pálido los bordes del cielo, una raya sucia sobre la negrura.
Los hombres, los mensajeros, lo urgieron.
—Levántate, toma a tu mujer y a tus dos hijas que se encuentran aquí, para que no perezcas en el castigo de la ciudad.
Lot vaciló. Sus pies parecían enraizados en el suelo de la casa que había construido, entre los objetos que había acumulado, en la vida que, a pesar de todo, era su vida. La demora era tan palpable, tan humana, que uno de los mensajeros tomó su mano, y la de su mujer, y la de las muchachas, y prácticamente los arrastró fuera, fuera de la ciudad, por calles aún desiertas, bajo un cielo que ahora era de un color plomizo y amenazador.
Cuando estuvieron a cierta distancia, en un repecho que dominaba el valle, uno de ellos habló por última vez.
—Escapa por tu vida. No mires atrás, no te detengas en toda esta llanura. Escapa al monte, no sea que perezcas.
Lot, jadeante, el miedo dándole una lucidez mezquina, objetó.
—Oh, no, señor mío. He aquí ahora tu siervo ha hallado gracia ante tus ojos, y has engrandecido tu misericordia que has hecho conmigo dándome la vida. Pero no podré escapar al monte, no sea que me alcance el mal y muera. Mirad esta ciudad, está cerca para huir allá, y es pequeña. Permitidme que escape allá. ¿No es pequeña? ¡Que viva mi alma!
Hubo una pausa. El mensajero asintió, con una condescendencia que era, en sí misma, un juicio.
—De acuerdo, también te he concedido esto: no destruiré la ciudad de que hablas. Date prisa, escapa allá, porque nada podré hacer hasta que hayas llegado.
Esa fue la última palabra. Lot, su mujer y sus hijas echaron a correr hacia la llanura, hacia la pequeña ciudad de Zoar. Corrían torpemente, tropezando con las piedras del sendero, la ropa rasgada por las espinas. El mundo estaba en un silencio ominoso, solo roto por el jadeo de sus pulmones y el latido furioso de la sangre en sus oídos.
Fue entonces, justo cuando los muros bajos de Zoar empezaban a dibujarse en la distancia, cuando el sol asomó por fin sobre el horizonte. No fue un amanecer. Fue una explosión.
Un fulgor cegador, blanco y amarillo, iluminó la tierra desde atrás, proyectando sus sombras largas y deformes delante de ellos. El calor llegó después, una oleada seca que les quemó la nuca. Y el sonido… un crujido profundo, como si la tierra misma se partiese en dos, seguido de un rugido continuo, el estruendo de un horno gigantesco, de mil tormentas desatadas a la vez.
La mujer de Lot se detuvo.
No fue un tropiezo. Fue una detención voluntaria, un último acto de voluntad. Quizás fue el terror. Quizás la nostalgia por la casa que dejaba, por los cofres de lino fino, por los recuerdos de una vida que, a su manera, había sido próspera. O quizás fue la duda, esa semilla amarga que le había acompañado durante la cena, durante la huida: la duda de si todo aquello era real, si el juicio podía ser tan absoluto, tan feroz. Quiso comprobarlo. Quiso un último vistazo, una confirmación.
Giró el cuello. Sus ojos, aún adaptados a la penumbra del amanecer, recibieron de lleno el horror en toda su plenitud. No vio una ciudad. Vio un cráter de fuego y azufre, una columna de humo negro y espeso que se elevaba hacia el cielo como un pilar inmundo, y lluvia. No lluvia de agua, sino de una sustancia espesa y ardiente que caía sobre lo que había sido Sodoma, sobre Gomorra, sobre toda la llanura, sobre los vergeles y los campos de lino, reduciéndolo todo a una costra humeante y negra.
No hubo tiempo para un grito. Su cuerpo, en pleno movimiento de torsión, se irguió, se tensó, y perdió todo calor, todo ritmo vital. La piel adquirió una palidez grisácea, luego blanca, y empezó a craquelarse con un crujido seco, audible incluso sobre el fragor de la destrucción. Los vestidos se fundieron con la carne en una textura uniforme, áspera. En un instante, donde estuvo la mujer de Lot, quedó una estatua de sal, una figura rígida y grotesca, con la cabeza vuelta hacia la catástrofe, los ojos ciegos y vacíos, salpicada por el polvo ardiente del cielo.
Lot no lo vio. Siguió corriendo, arrastrando a sus hijas, sin mirar atrás, hasta que el polvo y el humo lo ocultaron todo. Sólo al refugiarse tras los muros bajos de Zoar, al desplomarse sobre la tierra



