El aire en la taberna era espeso, cargado con el olor a aceite rancio, vino agrio y el sudor de hombres cansados. Demetrio apoyó los codos en la madera astillada de la mesa, mirando la copa de barro ante él sin verla realmente. A su alrededor, el bullicio de Corinto era un rumor constante, un zumbido de transacciones, disputas y filosofías baratas. Él había venido buscando algo más. Había gastado sus últimos dracmas en escuchar a un filósofo cínico esa mañana, un hombre de verbo afilado y sonrisa despreciativa que había reducido las esperanzas humanas a polvo con retórica elegante. Y Demetrio se sentía, ahora, más vacío que antes.
Su amigo Lucas, un comerciante de telas convertido en seguidor del Camino, lo observaba con paciencia. Lucas no tenía el porte de un orador. Sus manos estaban curtidas por la aguja y la cuerda, su acento era el de un hombre sencillo. Durante semanas, le había hablado a Demetrio de un tal Pablo, un judío que predicaba a un Mesías crucificado. La idea le parecía a Demetrio una locura más, una de esas supersticiones orientales que florecían en el puerto como el moho en un muelle húmedo. ¿Un dios muerto en una cruz? Eso no era sabiduría. Era escándalo. Era debilidad.
—No lo entiendes, Lucas —murmuró Demetrio, por fin alzando la vista—. Lo que busco es *sophia*, la verdadera sabiduría. El principio ordenador del cosmos. No… relatos de ejecuciones.
Lucas no se ofendió. Dio un sorbo a su agua, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
—Pablo llega mañana. Viene de Atenas. Allí, dicen, debatió con epicúreos y estoicos en el Areópago. Habló de un dios desconocido.
—¿Y lo escucharon?
—Algunos se burlaron. Otros dijeron ‘ya te oiremos otra vez’. Unos pocos creyeron. Una mujer llamada Dámaris, un hombre llamado Dionisio. No fueron los más elocuentes, ni los más poderosos.
Demetrio soltó un resoplido. Eso confirmaba sus sospechas. Al día siguiente, más por lealtad a Lucas que por verdadero interés, se encontró entre el pequeño grupo que esperaba en la casa de Cayo, junto al mar. La estancia era simple, iluminada por la luz cegadora que entraba por la puerta abierta, reflejándose en el suelo de tierra apisonada. El aire olía a sal y a pan recién horneado.
Pablo no era imponente. Su aspecto era más bien enfermizo, sus ojos parecían cargar el peso de kilómetros de caminos polvorientos. No había en él ninguna pose, ningún ademán estudiado de orador. Cuando comenzó a hablar, su voz no tenía la modulación teatral de los filósofos de plaza. Era plana, a veces ronca, con la cadencia áspera de quien ha sido apedreado y ha huido de ciudades por la noche.
Había allí algunos judíos de la sinagoga, hombres de rostro ceñudo. Había griegos curiosos, como Demetrio. Había esclavos en los umbrales, sus miradas furtivas y atentas.
—Hermanos —comenzó Pablo, y la palabra sonó extraña, aplicada a aquella mezcla de personas—, cuando vine a vosotros, no vine con excelencia de palabras o de sabiduría para anunciaros el testimonio de Dios.
Demetrio se inclinó hacia adelante. Era un comienzo poco prometedor, una confesión de ineptitud.
—Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna, sino a Jesucristo, y a éste crucificado.
Ahí estaba de nuevo. La cruz. Demetrio esperaba que el hombre pasara rápidamente sobre ese detalle vergonzoso y se elevara hacia conceptos más nobles: la inmortalidad del alma, la virtud, el Logos. Pero Pablo no se movió de allí. Se detuvo en la cruz como un hombre que examina una herida. Habló de debilidad, de temor, de mucho temblor. No ocultó la fealdad del hecho. Y sin embargo, algo en su manera de hablar no era lastimero. Había una extraña firmeza, como la de un hombre que, despojado de todo, ha encontrado un terreno inamovible bajo sus pies.
—Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría —continuó, y su mirada pareció pasar sobre Demetrio como un soplo frío—, sino con demostración del Espíritu y de poder. Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Demetrio sintió un cosquilleo incómodo en la nuca. La ‘sabiduría de los hombres’. Esa era su búsqueda. Esa era la que le había dejado con la copa vacía en la taberna. Pablo hablaba ahora de una sabiduría diferente, que no era de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Hablaba de una sabiduría secreta, de un misterio escondido, que Dios había predestinado antes de los siglos para nuestra gloria.
Las palabras empezaron a entrelazarse de un modo que Demetrio no podía seguir del todo. No eran argumentos encadenados con lógica férrea. Era más bien como si el hombre estuviera desvelando los cimientos de una construcción invisible. Hablaba del Espíritu de Dios, que todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Una imagen le vino a Demetrio, inesperada y vívida: no la de un filósofo analizando un texto, sino la de un hombre en una habitación oscura, conociendo los muebles no porque los haya descrito otro, sino porque su propia mano los ha tocado.
—Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? —preguntó Pablo, y su voz se hizo más íntima, como si hablara a cada uno por separado—. Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.
Y luego, la frase que le dio un vuelco a todo dentro de Demetrio:
—Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido.
El ‘espíritu del mundo’. Demetrio lo respiró cada día en el ágora, en las discusiones de los puertos, en las vanaglorias de los magistrados. Era un espíritu de comparación, de competencia, de sabiduría que se usaba como arma para humillar al otro. Lo que Pablo describía era algo distinto: un conocimiento que no se adquiría, sino que se recibía. Un entender desde dentro, no un diseccionar desde fuera.
La reunión terminó. Pablo se fue, rodeado de unos pocos. Los judíos salieron discutiendo acaloradamente. Los griegos se dispersaron, algunos con gesto de decepción, otros reflexivos. Demetrio se quedó sentado, inmóvil. Lucas se acercó y puso una mano en su hombro, pero no dijo nada.
Al salir, la luz del atardecer era dorada y oblicua, bañando las columnas de mármol de Corinto con una belleza melancólica. Demetrio caminó sin rumbo hacia el mar. Las olas rompían con un ritmo antiguo, eterno. Por primera vez, las palabras de los filósofos, las máximas pulidas, los sistemas elegantes, le parecieron lo que eran: ecos en una cámara vacía. Eran el espíritu del mundo hablando consigo mismo, dando vueltas en un laberinto de su propia creación.
Lo que había oído de Pablo no era elegante. No era sistemático. A veces había sido gramaticalmente tosco. Pero tenía la resonancia de algo verdadero. Como el sonido de una roca golpeando el fondo de un pozo muy profundo, un sonido que certifica la realidad del abismo.
No fue una iluminación súbita. No vio visiones. Pero algo se había quebrado en él, una certeza orgullosa. La sabiduría que tanto anhelaba no era un concepto que dominar, sino un Espíritu que le conocía a él primero. Y ese conocimiento, ese ser conocido en lo más profundo, en la debilidad y en la confusión, producía una especie de sabiduría inversa. Una locura que hacía que la cordura del mundo pareciera la verdadera insensatez.
El sol se hundió en el mar, y las primeras estrellas titilaron, frías y distantes. Demetrio recordó las últimas palabras de Pablo, dichas casi al desgaire, como quien tira una semilla a la tierra: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”.
Allí, en la playa solitaria, con el rumor del mar como único testigo, Demetrio, el buscador de sabiduría, sintió por primera vez que era, simplemente, un hombre natural. Y en esa admisión, tan humillante y tan quieta, nació en él un hambre nueva. No la de comprender, sino la de ser comprendido. No la de alcanzar la luz, sino la de ser tocado por Aquel que conoce las tinieblas. El camino hacia casa, bajo el manto estrellado, pareció más largo y más silencioso que nunca, pero ya no estaba vacío. Había una pregunta distinta, pesando en su pecho no como una losa, sino como una llave.




