Biblia Sagrada

La Entrada y la Higuera Estéril

La mañana había amanecido clara y fría sobre Betania, con ese aire limpio que precede a la gran fiesta. Jesús salió temprano de la casa de Lázaro. Sus pasos sobre la tierra apisonada del camino parecían medidos, no por la prisa, sino por el peso de un conocimiento interno que enturbiaba sus ojos. Desde la cima del Monte de los Olivos, la visión de Jerusalén, con el fulgor del templo recortándose contra el cielo azul pálido, no le provocó el júbilo del peregrino, sino un suspiro hondo, casi ahogado.

Sus discípulos, un grupo expectante y algo nervioso, le seguían hablando entre ellos en voces bajas. La multitud crecía alrededor, gentes de Galilea que habían venido para la Pascua y que, al reconocerle, empezaban a congregarse. Pero él parecía absorto en otro pensamiento. De pronto, se detuvo cerca de una pequeña alquería, Betfagé creo que era, y volviéndose a dos de ellos, les dijo con una calma que no admitía discusión:

—Id a la aldea que tenéis enfrente. Al entrar, encontraréis atado un pollino en el que nadie ha montado jamás. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, decid simplemente: «El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto».

Los dos hombres se miraron, una fracción de segundo de incertidumbre, pero partieron. Jesús esperó, apoyado en el tronco rugoso de un olivo viejo, sus dedos recorriendo sin pensar las grietas de la corteza. Todo esto, pensaba, estaba escrito, se estaba desenvolviendo como un rollo de pergamino que alguien, desde siempre, hubiera estado leyendo en voz alta. No había azar, solo cumplimiento. Un cumplimiento que sabía a hiel.

Los discípulos regresaron, no sin cierta tensión en los hombros, conduciendo al animal. Era joven, su lomo bajo y su andar aún inseguro. Alguien, efectivamente, había objetado, pero las palabras «El Señor lo necesita» habían obrado un silencio respetuoso, casi temeroso. Sobre el lomo del animal echaron sus mantos, improvisando una montura pobre y real a la vez. Jesús se acercó. Puso una mano en el cuello del pollino, sintiendo el temblor del animal bajo su palma, un calor vivo y asustado. Con un movimiento sereno, se sentó. El burro dio un paso titubeante, luego otro. La escena era de una profunda sencillez, y de una enormidad abrumadora.

Entonces comenzó el descenso por la ladera occidental del monte, hacia la Puerta Dorada. Alguien, no se supo quién, extendió su manto sobre el camino polvoriento. Otro más hizo lo mismo. Y de pronto, fue como si se rompiera un dique. Gritos de júbilo, ramas de olivo y de palma cortadas a la carrera y agitadas en el aire. El gentío, ahora una masa compacta que se unía a ellos desde los senderos laterales, coreaba con una fe explosiva:

—¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!

El clamor era atronador, un rugido de esperanza largamente reprimida. Los mantos y las ramas verdes alfombraban el camino, tapizando la tierra árida. Los discípulos, eufóricos, caminaban con el pecho hinchado, sonriendo. Este era el momento, por fin. La revelación. El reconocimiento. Pero él, sentado en aquel humilde pollino, no sonreía. Su mirada, serena y triste a la vez, recorría la muchedumbre exultante, las paredes de la ciudad, las torres del templo. Ellos veían un rey entrando en triunfo; él veía el precio final. «Hosanna», gritaban. «Sálvanos, ahora». No entendían que la salvación tendría un rostro muy distinto al que ellos imaginaban.

La procesión atravesó la puerta y se disolvió en el laberinto de calles abarrotadas de la ciudad. El eco de los «hosannas» se fue apagando, absorbido por el bullicio mercantil de la urbe. Jesús, tras desmontar, se quedó un momento observando el atrio de los Gentiles. El día avanzaba, y la fatiga del viaje pesaba. Con una mirada que lo abarcaba todo —el gentío, los peregrinos, los mercaderes—, decidió retirarse. No era la hora. No aún. Sin decir palabra, regresó con los doce a Betania, bajo la mirada curiosa y algo decepcionada de algunos que esperaban un gesto más definitivo.

A la mañana siguiente, volviendo a Jerusalén con el estómago vacío, tuvo hambre. A lo lejos, junto al camino, vio una higuera frondosa, cubierta de hojas. Desde la distancia, prometía fruto, pues la época temprana de higos suele coincidir con el follaje. Se acercó a ella con la esperanza natural del caminante. Pero al examinar las ramas, solo encontró hojas. Muchas hojas, un follaje exuberante y engañoso, pero ningún fruto. Ni siquiera los higos verdes y pequeños que suelen preceder a la cosecha. Nada.

Entonces, con una voz clara que no alzó más de lo necesario, pero que sus discípulos oyeron con total nitidez, dijo a la árbol:

—Nunca jamás coma nadie fruto de ti.

La frase cayó en el silencio de la mañana con una solemnidad extraña. No hubo gesto dramático, ni maldición ampulosa. Fue una declaración, simple y terminante. Los discípulos se miraron, perplejos. No dijeron nada, pero la escena les quedó grabada: el hambre del Maestro, la higuera ostentosa y estéril, y esas palabras finales que parecían congelar el aire. Continuaron el camino en silencio.

Al llegar de nuevo a Jerusalén, fue directo al templo. Y lo que allí encontró no era la casa de oración, sino una cueva de ladrones en el más pleno y ofensivo sentido de la palabra. El atrio de los Gentiles, el único espacio donde los no judíos podían acercarse a Dios, había sido convertido en un bullicioso mercado al aire libre. El balido de los corderos, el mugido de los bueyes, el olor acre del estiércol, el regateo estridente de los cambistas sentados tras sus mesas, el tintineo de las monedas… Todo aquel caos mercantil ahogaba cualquier posibilidad de recogimiento, de oración.

Una ira santa, fría y terrible, le invadió. No era el arrebato de un fanático, sino la indignación medida y poderosa del Hijo ante la profanación de la casa de su Padre. Comenzó a echar fuera a todos. Volcó las mesas de los cambiantes, y las monedas de plata y bronce rodaron y saltaron por el suelo con un ruido metálico y vergonzoso. Derribó los asientos de los que vendían palomas. A los que traficaban con bueyes y ovejas, con una autoridad que nadie osó desafiar, les ordenó que sacaran a los animales de allí.

—¿Acaso no está escrito —gritó, y su voz por primera vez retumbó bajo los pórticos, cortando como un cuchillo todo el barullo—: «Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones»? ¡Pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos!

Su figura, sola en medio del desorden que él mismo había creado, emanaba una autoridad tan absoluta que los mercaderes y cambistas, hombres rudos y acostumbrados al tumulto, retrocedieron y empezaron a recoger sus cosas en silencio, bajo su mirada incendiaria. Los peregrinos, desde los rincones, observaban con asombro. Algunos fariseos y escribas, que habían presenciado la escena con rostros severos, cuchicheaban entre sí, buscando la manera de perderle, porque todo el pueblo estaba pendiente de sus palabras y se maravillaba de su enseñanza. Pero aquel día no se atrevieron. El temor a la gente, que le consideraba un profeta, era más fuerte que su indignación.

Al caer la tarde, salieron de la ciudad nuevamente. La noche anterior había sido de hosannas; esta prometía ser de murmullos y conspiración en los palacios de los poderosos.

Al día siguiente, muy de mañana, pasaban otra vez por el mismo camino, de regreso a la ciudad. Pedro, siempre impulsivo, se detuvo en seco y exclamó, señalando con el dedo:

—¡Rabí, mira! La higuera que maldijiste se ha secado.

Todos alzaron la vista. Allí estaba, el mismo árbol que dos días antes exhibía un follaje vigoroso. Ahora, desde las raíces hasta la más fina ramita, estaba completamente seco, mustio, muerto. Las hojas, mustias y pardas, colgaban como trapos. Era una muerte repentina y total, un espectáculo sobrecogedor.

Jesús, ante el asombro pintado en sus rostros, les dijo:

—Tened fe en Dios. En verdad os digo que si alguien dice a este monte: «Levántate y échate al mar», y no duda en su corazón, sino que cree que lo que dice sucederá, le será concedido. Por tanto, os digo que todo lo que pidáis en oración, creed que lo habéis recibido, y lo obtendréis. Y cuando estéis orando, si tenéis algo contra alguien, perdonadlo, para que vuestro Padre que está en los cielos os perdone también a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en el cielo perdonará vuestras ofensas.

La lección no era sobre el poder de maldecir higueras. Era sobre la fe auténtica, la que no se contenta con las apariencias —con hojas, como la higuera; con rituales, como el templo—, sino que busca el fruto. La fe que mueve montañas de incredulidad y de obstáculo. Y esa fe, les decía, solo puede operar en un corazón reconciliado, libre de la gangrena del rencor. La higuera seca era un signo mudo pero elocuente del juicio sobre toda esterilidad espiritual, sobre toda religiosidad de fachada. El templo, purificado a fuerza de indignación, era la otra cara de la misma moneda: la casa de Dios no podía ser un mercado, ni la vida del creyente un mero follaje sin fruto.

Mientras se alejaban, el rumor de la ciudad los envolvía de nuevo. Pero ahora, cada uno llevaba dentro una pregunta más honda, y el recuerdo de una higuera muerta, y el eco de unas palabras sobre la fe que todo lo puede, si de verdad es fe, y si el corazón no miente.

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