Biblia Sagrada

De Listra a las Piedras

La polvareda del camino, mezclada con el calor ya pesado de la primavera en la meseta, se les adhería a la ropa y a la garganta. Pablo se ajustó la túnica sobre el hombro, sintiendo la aspereza de la tela gastada. Bernabé caminaba a su lado, en un silencio cómodo y sudoroso. Iconio había quedado atrás, una ciudad de ecos divididos: rostros iluminados por una fe nueva y otros contraídos por una sospecha antigua. El aire allí se había enrarecido, cargado de murmullos y de la amenaza sorda de una pedrada. Al final, habían tenido que partir. No era huida, se decía Pablo mientras una piedra pequeña se metía en su sandalia y la sacudía con fastidio; era avanzar. El Espíritu los empujaba siempre hacia adelante, aun cuando el adelante fuera incierto.

La llanura se abría, austera y dorada, hasta chocar con las primeras estribaciones de las montañas de Licaonia. Su destino era Listra, una colonia romana alejada de las grandes rutas, más rural, más pegada a la tierra y a sus viejos dioses. Al entrar por su puerta, el ambiente era distinto. No había la agitación comercial de Antioquía ni la tensión religiosa de Iconio. Aquí el tiempo parecía moverse al ritmo lento del ganado y del ciclo de las cosechas. Se respiraba un aire de provincialismo leal a Roma, pero profundamente anclado en las supersticiones locales. Encontraron posada en una casa humilde cerca del foro, donde el dueño, un hombre de manos callosas y mirada directa, les cobró unas monedas escasas a cambio de un rincón bajo techo y un plato de gachas de cebada.

Los primeros días fueron de una calma engañosa. Comenzaron, como siempre, en la sinagoga, pero aquí la comunidad judía era minúscula, casi testimonial. Así que su auditorio natural se volvió la plaza, el espacio abierto donde convergían campesinos, soldados veteranos avecindados, y mercaderes de paso. Pablo hablaba junto a una de las fuentes públicas, su voz áspera por el polvo pero clara, desgranando la historia de un Dios único que no habitaba en templos hechos por manos humanas, que había tolerado con paciencia los tiempos de ignorancia, pero que ahora llamaba a todos, en todas partes, al arrepentimiento. Hablaba de Jesús, de su muerte y de su resurrección como hecho tangible, como el eje sobre el que giraba la historia del mundo. Bernabé lo secundaba, con su presencia serena, hablando con los que se acercaban después, uno a uno, deshaciendo nudos de incredulidad con una paciencia de labrador.

Fue allí, en esa plaza, donde ocurrió. Un hombre, paralítico de nacimiento, escuchaba día tras día desde el umbral de una tenería. Sus piernas, delgadas e inútiles, estaban dobladas bajo su cuerpo. Sus ojos, sin embargo, seguían cada gesto de Pablo con una atención voraz. No pedía limosna; solo escuchaba. Un sábado, cuando el sol caía a plomo y la sombra de la fuente empezaba a alargarse, Pablo, en mitad de su discurso, clavó la mirada en él. Sintió algo, un impulso claro e irresistible que no venía de su propia compasión, sino de más allá. Dejó de hablar. El silencio se hizo pesado. Todos los presentes volvieron la cabeza hacia donde miraba el predicador.

Pablo entonces, con una voz que no era un grito, sino una afirmación cargada de un poder extraño, dijo: “Levántate. Ponte derecho sobre tus pies”.

Y ocurrió lo imposible, lo que rompía la rutina inmutable del mundo. El hombre, sin vacilar, como si solo hubiera estado esperando esa orden para recordar que podía cumplirla, miró a Pablo fijamente, y luego, con un movimiento torpe al principio pero que ganó en firmeza, se impulsó. Los músculos que nunca habían sostenido peso temblaron, pero se tensaron. Los huesos que nunca habían cargado con el cuerpo encontraron su función. Y se puso en pie. Dio un paso. Luego otro. Y otro más, cada vez más seguro, hasta caminar, hasta saltar, rodeando la plaza en una danza de puro asombro, golpeando el suelo con sus pies ahora vivos, mientras un grito de júbilo, ronco e inarticulado, le salía del pecho.

La plaza estalló. Pero no en alabanza al Dios de Pablo. La conmoción fue demasiado profunda, el milagro demasiado evidente y, para aquella mentalidad impregnada de los mitos clásicos, demasiado familiar. Un murmullo, que empezó en un grupo y se contagió como reguero de pólvora, recorrió a la multitud: “¡Los dioses han bajado a visitarnos en forma de hombres!”. Alguien, recordando las viejas leyendas locales que todos habían escuchado desde niños, gritó: “¡Bernabé es Zeus, el padre de los dioses!”. Y señalando a Pablo, cuya elocuencia les resultaba evidente como el don de la palabra divina: “¡Y Pablo es Hermes, el mensajero, porque es el que lleva la voz principal!”.

Pablo y Bernabé se miraron, y en esa mirada cruzada hubo un relámpago de horror. No era el rechazo lo que temían, sino esto: ser malentendidos, ser absorbidos por la misma idolatría que venían a desterrar. Pero no hubo tiempo para razonar. El entusiasmo era una marea. El sacerdote del templo de Zeus, cuyo santuario se alzaba a las afueras de la ciudad, fue avisado. Y en un acto de devoción pública que aseguraría el favor de los dioses para la ciudad, organizó un cortejo. Pronto llegaron a las puertas de la humilde posada toros adornados con guirnaldas de flores, cuyos cuernos brillaban dorados a la luz de la tarde. El aire se llenó del rumor de la multitud y del fragor de los preparativos para un sacrificio en su honor.

Fue entonces cuando Pablo y Bernabé, al ver los preparativos, hicieron algo que nadie esperaba. No sonrieron con falsa modestia. No aceptaron con regia distancia. Se lanzaron entre la gente, rasgando sus propias túnicas en un gesto dramático de duelo y protesta judía, gritando con todas sus fuerzas, su voz áspera quebrándose por la desesperación:

“¡Hombres! ¿Qué estáis haciendo? ¡Nosotros también somos hombres de igual naturaleza que vosotros! ¡Os anunciamos el evangelio para que os convirtáis de estas cosas vanas al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos!”

Pablo, con los jirones de su túnica colgando, saltó sobre una piedra junto a la fuente, el mismo lugar desde donde había hablado de paz. Ahora su rostro estaba contraído por una angustia genuina. “En las generaciones pasadas,” vociferó, tratando de ahogar el rumor de la multitud, “Dios permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos. ¡Pero no dejó de dar testimonio de sí mismo, haciendo bien, dándoos lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría!”

Sus palabras, tan distintas a los himnos rituales que esperaban oír, actuaron como un balde de agua fría. La alegría desbocada se enfrió, convertida en confusión y luego en un bochorno silencioso. El sacerdote de Zeus, con las guirnaldas en la mano, pareció desinflarse. Los toros, nerviosos, mugieron. La gente comenzó a dispersarse, murmurando, algunos avergonzados, otros decepcionados, otros simplemente perplejos. El momento de gloria pagana se había deshecho en el aire caliente de la tarde.

Pero la herida del orgullo colectivo es profunda. Y los enemigos, los de siempre, los que habían seguido desde Antioquía e Iconio, supieron de lo acontecido. Vieron su oportunidad en el rápido cambio de ánimo de la multitud. Llegaron a Listra, encontraron a ese pueblo ya desencantado, y comenzaron a envenenar los oídos. “Son embaucadores.” “Han blasfemado de nuestros dioses.” “Traen costumbres extrañas.” La misma turba que horas antes quería adorarlos, ahora, manipulada y enfurecida, se volvió una masa violenta.

No hubo juicio. No hubo argumentación. Solo el instinto ciego de la piedra. Agarraron a Pablo, el que había hablado, el que les había hecho sentir tontos con sus negativas, y lo arrastraron fuera de la ciudad. Las piedras, grandes y afiladas, empezaron a golpear su cuerpo. Él dejó de sentir el dolor agudo después de los primeros impactos; solo una presión sorda, un mareo, y luego la oscuridad. Lo dieron por muerto. Su cuerpo maltrecho quedó tendido en el polvo, a la vista de los buitres que ya circulaban en lo alto.

Los discípulos nuevos, los pocos que habían creído, formaron un círculo temeroso a distancia. Cuando los asaltantes se fueron, jactándose de su obra, se acercaron. Bernabé, con el rostro marcado por una rabia impotente y un dolor mudo, estaba entre ellos, arrodillado junto al cuerpo inerte de su amigo. Y entonces, Pablo se movió. Un gemido, casi inaudible. Un dedo que se contraía contra la tierra. Estaba vivo. Con infinito cuidado, lo levantaron. Él abrió los ojos, hinchados y sangrantes, y musitó algo. Bernabé inclinó el oído. “Hay que seguir,” parecía decir. O tal vez era solo un jadeo.

Lo llevaron de vuelta a la ciudad, a la misma posada humilde. Al día siguiente, al romper el alba, cuando la ciudad aún dormitaba bajo el manto de su vergüenza y su violencia, los dos hombres salieron por la misma puerta por la que habían entrado. Pablo caminaba apoyado en Bernabé, cada paso era una agonía, su cuerpo un mapa de hematomas y heridas abiertas. Pero iban. Su siguiente destino era Derbe. Y después, sabían, el camino los llevaría de vuelta. De regreso a Listra, a Iconio, a Antioquía. No como fugitivos, sino como testigos. Para fortalecer a los que habían creído, para recordarles que era necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. El polvo del camino, otra vez, se levantaba a sus pies. Pero ahora se mezclaba con la sangre seca en las heridas de Pablo, y con la semilla, minúscula y tenaz, que habían dejado plantada en tierra difícil.

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