Biblia Sagrada

Cimientos en la Roca

El aire olía a polvo, a hierba seca y al humo lejano de las primeras hogueras de la tarde. Yo caminaba hacia la colina, arrastrando los pies, con el peso de los días en los hombros. No era el único. Una corriente silenciosa de gente subía por la misma senda: pescadores con las manos cuarteadas, mujeres con los rostros serenos y cansados, mercaderes que hablaban en voz baja. No había prisa, pero sí una expectativa densa, como el aire antes de la tormenta.

Él ya estaba allí. No en un trono, ni en una plataforma, sino sentado en una piedra grande, plana, como otra más del paisaje. Sus ropas no eran distintas a las nuestras, pero algo en su postura, en la quietud que lo rodeaba, hacía que el espacio a su alrededor pareciera diferente. Más claro, quizás. O más profundo. Empezó a hablar, y su voz no tronaba. Llegaba, sencilla, hasta el último rincón de la pendiente.

No habló de leyes nuevas al principio. Habló de la mirada. «No juzguéis, para que no seáis juzgados». Las palabras cayeron sobre mí como agua fría. Yo era un hombre que medía a los demás con el mismo rigor con el que contaba monedas. Veía la paja en el ojo ajeno con una facilidad pasmosa. La viga en el mío… esa nunca la sentía. Recordé a Rebeca, la viuda del alfarero, y cómo la semana anterior había murmurado sobre su duelo, demasiado breve a mi entender. En mi mente, yo era el defensor de la decencia. Pero bajo esas palabras, sentí el filo de otra verdad: mi juicio no era justicia, era un arma que me hacía sentir superior. Una losa que colocaba sobre otros para elevarme a mí mismo. Y Él lo sabía. Dijo que con la medida con que medimos, seremos medidos. Una aritmética del alma, justa y terrible.

Luego habló de lo sagrado. «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos». Algunos a mi lado asintieron con gravedad, pensando, seguramente, en los romanos o en los fariseos hipócritas. Pero yo pensé en mis propias perlas: la confianza que mi hijo pequeño depositaba en mí, las historias sagradas que mi madre me contó, la fe sencilla que a veces anidaba en mi pecho. ¿Cuántas veces las había malgastado, buscando aprobación en charlas vanas, o las había guardado con avaricia, negando su consuelo a quien lo necesitaba? No se trataba sólo de enemigos externos. Se trataba de reconocer el valor de lo que llevamos dentro y no profanarlo con indiferencia o con un celo estúpido.

La voz siguió, fluyendo como un río que encuentra su cauce. «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá». Aquí, su tono se tiñó de una bondad tan vasta que resultaba casi desconcertante. Puso el ejemplo de un hijo que pide pan. ¿Qué padre le daría una piedra? La lógica era aplastante en su sencillez. Pero mi corazón, entrenado en la desconfianza, se resistía. Yo había pedido, muchas veces. Y a veces, lo que llegó se parecía más a una piedra áspera que al pan tierno que anhelaba. Miré su rostro. No prometía la satisfacción inmediata de caprichos. Hablaba de un Padre. Y un padre sabe que a veces el pan duele, que crecer duele, que la respuesta verdadera no es siempre la que esperamos. Pero es respuesta. Y es buena. La certeza no estaba en la forma del regalo, sino en la mano que lo daba.

Entonces vino la imagen que nos hizo a todos contener la respiración. «Entrad por la puerta estrecha». La describió con una precisión de carpintero: ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición. Y muchos son los que entran por ella. Pero, ¡ay!, qué angosta es la puerta y qué estrecho el camino que lleva a la vida. Y pocos son los que la hallan. No dijo que el camino ancho fuera de fiesta y desenfreno. Lo pensamos nosotros. Quizás el camino ancho es simplemente el de la inercia, el del «siempre se ha hecho así», el del juicio fácil, el de la oración mecánica, el de la fe cómoda que no cuestiona ni arriesga. La puerta estrecha exige doblar la espalda, soltar equipaje, pasar de uno en uno. No es popular. No es masiva.

Un escalofrío me recorrió cuando empezó a hablar de los falsos profetas. Los comparó con lobos hambrientos disfrazados con pieles de oveja. Dijo que los reconoceríamos por sus frutos. No por sus palabras elocuentes, ni por sus milagros espectaculares, ni por la multitud que los sigue. Las uvas no salen de los espinos, ni los higos de los abrojos. Un árbol bueno da fruto bueno. La prueba es lenta, silenciosa, agrícola. Es en el día a día, en la cosecha paciente, donde se ve la verdad de un corazón. Muchos me dirán «Señor, Señor», advirtió, y hablarán de profecías y exorcismos hechos en su nombre. Y Él les dirá: «Nunca os conocí». Esa frase resonó en el silencio de la colina con el eco de un portazo eterno. No es suficiente gritar su nombre. Hay que hacer la voluntad del Padre. Hay que construir.

Y así llegó al final, a la historia que selló todo como un anillo de hierro. «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las pone en práctica…». Contó de dos hombres. Uno sabio, que edificó su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y arremetieron contra aquella casa. Pero no cayó. Porque estaba fundada sobre la roca.

El otro hombre, insensato, edificó su casa sobre la arena. La misma lluvia, los mismos ríos desbordados, los mismos vientos furiosos. Y la casa cayó. Y grande fue su ruina.

Al terminar, no hubo aplausos. No hubo gritos de «¡Hosanna!». Hubo un silencio denso, cargado. La multitud comenzó a dispersarse, lenta, cavilando. Yo me quedé sentado un rato más, viendo cómo las sombras de la tarde se alargaban. Sus palabras no eran un muro de reglas, sino los cimientos de una casa. Una casa que tenía que construir yo, ladrillo a ladrillo, elección a elección. Juzgar menos, pedir con fe, buscar la puerta angosta, desconfiar de las apariencias fáciles, obedecer.

El camino de vuelta a Cafarnaúm me pareció distinto. Ya no era el mismo hombre que había subido. Llevaba conmigo los planos, claros y exigentes, para una casa que debía levantar sobre la roca. Y la roca, lo supe entonces, no era un conjunto de ideas, ni siquiera sus palabras. La roca era Él. Todo lo demás era arena movediza. La tormenta, tarde o temprano, llegaría. Y entonces se vería sobre qué había construido mi vida.

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