El sol de la tarde, un disco de bronce fundido, se aplastaba contra las colinas de Judea. No era el calor lo que ahogaba, sino el peso del silencio. Antes, el aire vibró con cantos; ahora, solo zumbaban moscas persistentes alrededor de los pozos secos. Yo, un hombre de los hijos de Coré, me encontraba lejos, tan lejos de Jerusalén que hasta el recuerdo de su piedra blanca parecía desdibujarse, convertido en una mancha dolorosa detrás de los ojos.
Aquí, en esta tierra áspera al norte, el agua sabe a polvo. La bebes y la sed permanece, un hueso seco en la garganta. Es una sed distinta. No es la del cuerpo, que se calma con un trago, sino la del alma, que anhela algo que no nombra esta tierra. Me acuerdo, a veces sin querer, como un espasmo, de las procesiones. Del estruendo gozoso, del pueblo apiñado como un racimo vivo subiendo a Sion. Yo iba al frente, con los demás porteros y cantores, y mi voz se fundía con el salterio y el címbalo en una sola alabanza que parecía levantar los muros mismos. Ahora mi voz es este susurro ronco, este dialogo que sostengo con la tierra yerma y con el cielo, tan azul e indiferente.
Los días son largos y planos, como la llanura que se extiende hasta donde la vista se cansa. Y por la noche, cuando el frio baja de las montañas y se cuela por los resquicios de esta cabaña de piedra, es cuando llega el verdadero desierto. No el exterior, sino el interior. Una voz surge entonces, no es la mía, pero habla dentro de mí. Es áspera, cínica. “¿Dónde está tu Dios?”, susurra. Y la pregunta no flota en el aire; se hunde como una piedra en el barro de mi pecho. La escucho en el aullido lejano de los chacales, en el crujido de la madera contra el frio, en el latido de mi propia sangre cuando todo está en calma. Es la pregunta de mis enemigos, sí, esos que ahora se atreven a mofarse: “¿Dónde está tu Dios, cantor de Sion?”. Pero lo más terrible es que se ha vuelto mi propia pregunta, un estribillo envenenado que repite mi sombra.
Entonces me revuelvo en el jergón. Y hago memoria. No un recuerdo pasivo, sino un acto violento, como quien cava en un pozo seco con la esperanza desesperada de encontrar un hilo de humedad. Recuerdo no solo las fiestas, sino la sensación. El rocío de la mañana en el atrio, fresco bajo los pies descalzos. El olor a incienso y a pan recién horneado mezclándose en el aire quieto antes del alba. El sonido del velo al ondular, un suspiro gigante. Y sobre todo, recuerdo la presencia. No la veía, pero la sentía como se siente la corriente de un río profundo: en la paz que llenaba el lugar, en la certeza que enderezaba la espalda, en el gozo que brotaba sin esfuerzo, como el agua de la roca.
Es entonces cuando la metáfora nace, no como un adorno, sino como una verdad fisiológica: “Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhela a ti, oh Dios, el alma mía”. Lo veo claramente, al animal noble, su lomo cubierto de polvo, su lengua pegada al paladar, hundiendo el hocico en el barro reseco de un arroyo muerto. Su cuerpo entero es un solo deseo, tenso, doloroso, dirigido hacia algo que no está. Así es mi alma. No es un pensamiento piadoso; es la descripción exacta de un estado de sitio. Tengo sed de Dios, del Dios vivo. No de una idea, no de un consuelo filosófico. De Él. De su rostro. ¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?
Las lágrimas han sido mi pan, de día y de noche. No lloro por la lejanía, sino por la ausencia. Y la gente de aquí, con una curiosidad ruda, me pregunta siempre: “¿Dónde está tu Dios?”. Ellos tienen sus ídolos de madera y piedra, siempre allí, mudos y presentes. Los míos son invisibles, y a veces, como en estas noches interminables, inaudibles. Pero entonces, en lo más hondo del pozo, surge otro movimiento. Es como un oleaje lejano. Una memoria más profunda aún. Me hablo a mí mismo, regaño a mi propia alma con una fuerza que me sorprende: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” Es un mandato, un acto de fe que se impone a la evidencia de la sequía. “Espera en Dios, porque aún he de alabarle”. Es la salida. La única. La salida no hacia una solución inmediata, sino hacia una postura. Esperar. No es pasividad; es anclar el barco en medio del huracán a un cabo que no se ve, pero que se sabe firme. “Es la salvación de mi rostro, y mi Dios”.
El día vuelve, con su sol implacable. Camino por el pedregal y el viento caliente me golpea. La sed física arrecia. La otra sed, también. Pero algo ha cambiado. Una fracción, apenas. Ya no es solo el recuerdo del pasado, sino la certeza de un futuro alabanza. Lo repito, como un hombre que camina marcando el paso: “Espera en Dios, porque aún he de alabarle”. Y en el torbellino de la duda, en medio del ruido de los abismos que parecen gritar que todo es un engaño, percibo, no con los oídos, sino con el hueso del alma, una canción antigua. Es la canción de las fiestas de otoño, de las peregrinaciones. Es el murmullo de una corriente en la profundidad de la tierra, bajo mis pies resecos. Su bondad no se ha extinguido. Su misericordia no es un cuento. De día mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo. La oración, al fin, ya no es solo un grito. Es un diálogo, sostenido por una promesa que no depende de mi sentir. La roca, aunque no la vea, está allí. Y mi esperanza, débil y golpeada como una llama al viento, se aferra a esa verdad. Mi alma sigue sedienta, sí. Pero ahora sabe, en alguna parte secreta y firme, hacia dónde mirar.




