La piedra del patio del templo conservaba aún el frescor de la noche, un alivio efímero bajo las sandalias de Jotam. Desde el pórtico, su mirada se perdía hacia el norte, más allá de las murallas de Jerusalén, hacia donde el reino de Israel se desangraba en sombras. Su padre, el rey Azarías, permanecía recluido en una casa apartada, leproso, un rey fantasma que aún gobernaba a través de él. Jotam administraba los asuntos del pueblo, pero el peso de la corona era ligero comparado con el peso de la profecía que oscurecía el horizonte.
En Samaria, la sangre parecía haberse vuelto un agua común. Zacarías, hijo de Jeroboam, apenas llevaba seis lunas en el trono cuando Salum, hijo de Jabés, lo mató a la vista de todos, en Ibleam. No hubo lamento por la casa de Jehú; la profecía se cumplía con una precisión macabra. Pero Salum, a su vez, sólo conoció el poder durante un mes. Menajem, un capitán de Tirsa, llegó como un viento de estío, abrasador y sin piedad. Tomó Samaria, y a Salum lo mató sin ceremonia. Luego, para afianzar su dominio, marchó sobre Tifsah, una ciudad que se atrevió a no abrirle sus puertas. Lo que sucedió después se contaba en susurros, incluso en Jerusalén: Menajem arrasó la ciudad y desgarró a sus mujeres encintas. Una brutalidad que helaba la sangre, un eco antiguo y maldito.
Jotam, en la quietud de Jerusalén, recibía las noticias con un nudo en el estómago. Mientras, su padre, tras los muros de su reclusión, seguía quemando incienso en el templo. Azarías había hecho lo recto a los ojos del Señor, como su padre Amasías. Pero el pecado de los lugares altos no fue removido; el pueblo aún sacrificaba y quemaba incienso en las colinas, un humo terco que se elevaba junto al del altar legítimo. Y ahora, la lepra. Un juicio callado, privado. Jotam a veces lo visitaba. El rostro del rey, marcado por la enfermedad, tenía una serenidad extraña, como si en su desgracia personal vislumbrara el desastre mayor que se cernía sobre todos.
Menajem, en Samaria, buscó consolidar su reinado de terror. Cuando llegaron noticias de que Pul, el rey de Asiria – un nombre que empezaba a infundir un temor nuevo y glacial – ponía sus ojos en la tierra, Menajem no dudó. Reunió a los hombres principales de Israel y exigió un tributo de cincuenta siclos de plata por cabeza. Una fortuna arrancada con dolor para comprar una paz venenosa. Sesenta mil hombres pagaron. Con ese peso de plata, Menajem sobornó a Pul, y el asirio se retiró, por un tiempo. El reino respiró, pero era el aliento corto de un hombre herido de muerte. Menajem hizo lo malo, y su hijo Pecajías heredó un trono podrido. Dos años le duró el reinado antes de que su propio capitán, Pecaj, hijo de Remalías, lo asesinara en la ciudadela real, con cincuertos hombres de Galaad a sus espaldas. La travesía ya no tenía ley.
Y Pecaj fue peor. Reinó veinte años, un período de oscuridad estable. Su alianza con Rezín, rey de Siria, sería más tarde una espina clavada en el costado de Judá. Pero eso era futuro. El presente era una sucesión de caras ensangrentadas en el trono de Samaria, un baile de sombras donde cada paso era una puñalada.
En Judá, la muerte llegó de forma distinta. No fue el acero, sino el silencio de la enfermedad. Azarías, el leproso, se durmió con sus padres después de cincuenta y dos años de reinado. Lo enterraron en la ciudad de David, pero no en el panteón real; su tumba estaba aparte, un detalle que hablaba de su condición impura. Jotam, por fin, fue coronado rey. Había aprendido a gobernar desde la sombra de la aflicción. Edificó la puerta superior de la casa de Jehú, fortificó los muros del Ofel, construyó ciudades en las montañas de Judá y torres en los bosques. Fue un rey activo, prudente. Hizo lo recto, repitiendo la frase que ya sonaba a ritual, a esperanza frágil. Pero los lugares altos persistían. Jotam no los derribó. Era como si una fuerza mayor, una inercia del corazón humano, fuera más fuerte que la voluntad de un solo rey. El pueblo seguía oficiando allí sus sacrificios, aferrado a una religiosidad cómoda, mezclada.
Mientras Jotam construía, en el norte la tormenta se cerraba. En los días de Pecaj, Tiglat-pileser, el rey de Asiria – el mismo Pul con otro nombre, más poderoso, más hambriento – bajó como un lobo del invierno. Tomó Ijón, Abel-bet-maaca, Janoa, Cedes, Hazor, las tierras de Galaad y Galilea, toda la tierra de Neftalí. Fue una cosecha de hierro y fuego. Deportó a los habitantes a Asiria, un destierro que resonaba como el final de un mundo. Fue el primer gran desgarro.
Pecaj, el asesino, vio su reino reducirse a poco más que Samaria y sus alrededores. La desesperación lo enloqueció. Veinte años de maldad culminaban en la ruina. Y entonces, Oseas, hijo de Ela, tramó una conjura y lo hirió de muerte, apoderándose del trono. Uno más. El último. Jotam, desde Jerusalén, lo supo. No hubo sorpresa, sólo una profunda y cansada tristeza.
Cuando Jotam murió, después de dieciséis años de reinar en solitario, lo enterraron con sus padres. Le sucedió su hijo Acaz. Una nueva generación, un nombre nuevo. Pero el aire que respiraba Acaz ya estaba envenenado por los vientos del norte, cargados de ceniza y de clamor. Los reinos caminaban, a ciegas, hacia el abismo. Y en los lugares altos, el incienso seguía subiendo, una columna frágil que pretendía llegar al cielo, pero que apenas lograba elevarse sobre el humo de las ciudades quemadas.




