Biblia Sagrada

La noche de Endor

La llanura de Jezreel, en aquellos días finales, olía a tierra húmeda y a miedo. Una niebla baja, pegajosa, se aferraba a los olivares y a las colinas como un sudario. En el campamento de Israel, apostado junto a la fuente de Jezreel, el silencio no era de calma, sino de una tensión que crispaba los nervios. Los filisteos, innumerables como la arena del mar, habían acampado en Sunem. Su sola sombra, proyectada desde las alturas del monte Gilboa, parecía ahogar el valor de los hombres.

Saúl, dentro de su tienda, sentía ese peso como una losa de piedra sobre el pecho. La tienda era amplia, olía a cuero aceitado y a lana húmeda, pero para él era la celda más angosta. Sus ojos, antes vivos y penetrantes, ahora recorrían sin ver las pieles de carnero que hacían de lecho. La corona, un simple aro de metal, yacía en un rincón como un trasto olvidado. Había enviado mensajeros, había consultado a sus capitanes, había escudriñado el cielo desde el amanecer. Nada. El cielo era de plomo, mudo, impenetrable.

“Yahveh no me responde”, murmuró para sí, su voz ronca por la falta de sueño. Lo intentó por sueños, pero solo encontraba pesadillas fragmentadas de carros de hierro y espadas relucientes. Consultó los Urim, los sagrados lotes del sumo sacerdote, pero ni una chispa, ni un atisbo de respuesta brotó del efod. El Silencio era ahora una presencia tangible, más aterradora que el clamor de cualquier ejército. Era el silencio de una puerta cerrada, de una relación rota. Él lo sabía, lo había sabido desde aquel día en Guelboé, cuando la desobediencia se hizo irrevocable. Samuel se lo había dicho con una mirada que aún le quemaba el alma: “Yahveh te ha desechado.”

Pero el instinto de conservación, ese animal cegado por el pánico que anida en el pecho de todo hombre, se agitaba. Recordó entonces, con una claridad punzante, el decreto que él mismo había promulgado años atrás, en un arranque de celo religioso: había expulsado del país a los nigromantes y a los que invocaban espíritus. Los había perseguido. Ahora, en su desesperación, aquella ley le parecía una burla cruel, una trampa que él mismo había tendido. Sin profetas, sin sueños, sin oráculos… solo quedaba la sombra, el camino prohibido.

“Hay aún una mujer en Endor”, dijo de pronto, en voz tan baja que casi fue un suspiro. Su siervo, un hombre de rostro demarcado y lealtad estoica, se acercó. “Una mujer que evoca a los muertos. Hablan de ella en susurros.”

El siervo lo miró, y en sus ojos se reflejó el horror de la proposición. “Señor, tú has eliminado a esos practicantes de Israel. Es un riesgo…”

“El riesgo mayor es esperar aquí a que la luna nos alumbre para la matanza”, cortó Saúl, con brusquedad. La decisión, una vez verbalizada, tomó la fuerza de un destino. Se despojó de sus vestiduras reales, de la púrpura desvaída. Se vistió con ropas sencillas, toscas, de un aldeano. Tomó un manto oscuro y se cubrió hasta las cejas. Dos hombres lo acompañarían, nada más. Salieron de la tienda como sombras, escabulléndose entre las hogueras medio apagadas y los guardias adormilados.

El camino a Endor era tortuoso, flanqueado por peñascos que en la oscuridad tomaban formas de gigantes agazapados. El aire era frío y cortante. Saúl, acostumbrado a la comitiva real, sentía cada piedra suelta a través de las suelas de sus sandalias. No hablaban. Solo el jadeo de su respiración y el crujir ocasional de una rama seca bajo los pies rompían el silencio. Él, el rey ungido, se arrastraba ahora por senderos de contrabandistas para suplicar a una hechicera. La ironía le sabía a hiel.

Endor era un puñado de casas de piedra aferradas a la ladera de una colina. Olía a humo de leña húmeda y a estiércol de cabra. La casa de la mujer no era distinta a las demás, excepto por una tenue rendija de luz que se filtraba bajo la puerta de madera. Tocaron, un golpe seco y rápido.

La mujer que abrió era mayor, delgada, con ojos que parecían haber visto demasiado en la penumbra. Su mirada escrutó a los tres hombres, deteniéndose en la complexión poderosa de Saúl, mal disimulada bajo la pobre tela.

“¿Qué queréis a esta hora, en esta noche?” Su voz era áspera, desconfiada.

Saúl habló desde la oscuridad de su capucha. “Necesito que invoques a un espíritu. Que hagas subir a quien yo te nombre.”

La mujer retrocedió un paso, y el miedo genuino cruzó su rostro. “¿Buscáis perderme? Sabéis lo que el rey Saúl ha decretado. Los que evocan a los muertos son sentenciados a muerte. ¿Sois una trampa?”

Saúl alzó una mano, un gesto cansado. “Por la vida de Yahveh”, dijo, y el nombre, en sus labios, sonó a juramento vacío, “que no habrá castigo para ti por esto.”

Ella dudó aún, sus ojos brillando como los de un animal acorralado. Pero algo en la desesperación muda del hombre más alto, en la urgencia que emanaba de él, la convenció. O quizás era la necesidad de su oficio, un oficio que, a pesar de todo, aún ejercía. Los hizo pasar.

La estancia era pequeña, baja de techo, ahumada. Un fuego chisporroteaba en un rincón. Olía a hierbas secas, a tierra, a algo dulzón y rancio. La mujer se movió con una rapidez nerviosa, preparando cosas que Saúl no quiso mirar. Le pidió el nombre.

“Hazme subir a Samuel”, dijo Saúl, y el nombre del profeta muerto resonó en la habitación como un trueno lejano.

La mujer comenzó sus murmullos, una cantinela baja y gutural que no era hebreo, o era un hebreo tan antiguo y deformado que resultaba irreconocible. Saúl cerró los ojos, sintiendo el vértigo de la transgresión absoluta. Había cruzado un umbral del que no habría retorno. Esperaba un engaño, una farsa, la aparición de algún espectro fingido. Cualquier cosa menos lo que sucedió.

De repente, la mujer lanzó un grito agudo, ahogado, y se arrojó al suelo, cubriéndose el rostro. “¡Tú eres Saúl!”, gritó, su voz temblorosa de un terror sobrenatural. “¿Por qué me has engañado?”

Pero Saúl no le prestó atención. Sus ojos estaban clavados en la figura que ahora se alzaba, imponente, desde la penumbra más allá del fuego. No era un espectro vago. Era sólido, real, vestido con el manto habitual del profeta. Era Samuel. Y su rostro no era de paz, sino de una severidad infinita, de un juicio ya consumado.

“¿Por qué me has perturbado haciéndome subir?”, dijo la voz de Samuel. No salía de la boca de la mujer. Era su voz, la misma que Saúl recordaba, grave, implacable, atravesando los años y la muerte.

Saúl, el rey, se postró rostro en tierra. El pánico de antes se había transmutado en un pavor religioso, primigenio. “Estoy en gran angustia”, dijo, con la boca contra el polvo del suelo. “Los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí. Ya no me responde, ni por profetas ni por sueños. Por eso te he llamado, para que me declares qué debo hacer.”

Hubo un silencio, más pesado que toda la noche de Endor. Cuando Samuel habló de nuevo, sus palabras cayeron como losas sobre el pecho de Saúl.

“¿Y para qué preguntas a mí, si Yahveh se ha apartado de ti y se ha hecho tu enemigo? Ya te lo dijo Yahveh por mi boca: Él ha arrancado el reino de tus manos y se lo ha dado a otro, a David. Porque no obedeciste a Yahveh, no cumpliste el ardor de su ira contra Amalec. Por eso Yahveh te ha hecho esto hoy.”

La sentencia estaba confirmada. No había apelación. Pero Samuel no había terminado. Y lo que vino después fue el anuncio concreto del fin.

“Mañana, tú y tus hijos estaréis conmigo. Y Yahveh entregará también el campamento de Israel en manos de los filisteos.”

Las palabras resonaron en la quietud de la habitación. *Estaréis conmigo*. No era una promesa de consuelo. Era la constatación fría de la muerte. La derrota total. El fin de su dinastía. El peso de esas palabras derribó a Saúl de una manera física. Cayó de largo sobre la tierra, sin fuerzas, como si todos sus huesos se hubiesen disuelto. El terror, el ayuno de todo el día y la noche, la abrumadora realidad del juicio divino, se aliaron contra él.

La mujer, viendo aquel espectáculo, recuperó algo de su coraje práctico. El rey, el poderoso Saúl, yacía hecho un ovillo, sin sentido, en el suelo de su choza. Se acercó, y con una fuerza que no parecía poseer, logró sentarlo. Le habló, su voz ahora mezcla de lástima y de pragmatismo de campesina.

“Mira, tu sierva ha obedecido tu voz. He puesto mi vida en riesgo por lo que me pediste. Ahora, te ruego que tú también escuches la voz de tu sierva. Déjame poner un bocado de pan delante de ti; come, para que tengas fuerzas para seguir tu camino.”

Saúl negó con la cabeza, un movimiento débil. “No comeré.”

Pero sus siervos, que también habían oído la profecía y veían a su señor deshecho, se unieron a la petición de la mujer. Insistieron. Y Saúl, vacío por dentro, sin presente ni futuro, cedió. Se levantó del suelo y se sentó en la cama, un lecho sencillo de paja y pieles.

La mujer se apresuró. No tenía pan de lujo. Mató un ternero cebado que debía ser su tesoro, tomó harina, amasó y coció panes sin levadura, allí mismo, sobre las brasas. El olor a carne asada y a pan recién hecho, olores de vida simple y cotidiana, llenó la estancia donde acababa de pronunciarse la sentencia de muerte. Fue un contraste desgarrador.

Saúl comió. Sus siervos comieron. Y al alba, cuando los primeros jirones grises empezaron a rasgar la negrura del cielo, se levantaron y partieron. La mujer los vio marchar, tres siluetas que se perdían en la niebla matinal, camino del campamento, camino de Gilboa, camino del cumplimiento de la palabra que ni la más hábil nigromante podría haber alterado. El pan en el estómago de Saúl ya era ceniza. Solo quedaba, resonando en sus oídos con cada paso, el eco de la voz de Samuel, anunciando que al caer la noche, él y todo lo que había sido, pertenecerían al reino del silencio.

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