La última palabra se había posado sobre nosotros como el polvo de un camino seco, pegándose a la piel, metiéndose en la boca. Silencio. No el silencio de la paz, sino el que viene después del grito, denso y cargado de ecos. En Mizpa, habíamos jurado. Un juramento temerario, brotado del dolor y de la furia santa por la atrocidad de Gabaa. «Ninguno de nosotros dará su hija por mujer a los de Benjamín». Las palabras, una vez dichas, se hicieron piedra. Y ahora, ante el humo del incienso que se elevaba frío en el tabernáculo, nos mirábamos unos a otros, los ancianos de Israel, y la realidad de aquella piedra nos aplastaba.
Porque Benjamín, nuestro hermano, había quedado reducido a un puñado de hombres. Seiscientos, dicen los registros. Seiscientos que se habían refugiado en la peña de Rimón, como chacales acorralados. Y nosotros, el resto de Israel, los habíamos diezmado. La guerra, aunque justa, ahora mostraba su otro rostro: la desolación. Una tribu entera a punto de borrarse de las doce tribus, de la promesa. El peso de ello era más insoportable que la culpa por el juramento.
Recuerdo el olor de aquel día: tierra removida, lino sudado, y el aroma agrio del miedo. No miedo al enemigo, sino a Dios, a haber ido demasiado lejos. Lloramos hasta que no quedaron lágrimas, hasta que los ojos ardían como ascuas. Ofrecimos holocaustos y ofrendas de paz, pero la paz no llegaba a nuestros corazones. La pregunta danzaba en el aire, no dicha pero palpable: ¿Y ahora qué? Habíamos jurado no darles nuestras hijas. Pero si no tenían mujeres, la tribu se extinguiría. Habíamos jurado también, en otro arranque de fervor, que quien no subiera a Mizpa para el castigo a Benjamín moriría. Y descubrimos, con un golpe seco en el estómago, que los de Jabes de Galaad no habían venido.
Ahí encontraron nuestros pensamientos, atormentados, un desvío terrible. Una luz torcida. Jabes de Galaad no había respondido al llamamiento del pueblo. Era, técnicamente, culpable del juramento de Mizpa. Y su castigo era la muerte. Pero en ellos, en sus mujeres, en sus vírgenes… ¿no había una solución? La lógica se enredaba con la desesperación, formando un nudo ciego. Doce mil hombres, los más duros, partieron hacia Jabes. Las órdenes, dichas en voz baja y áspera, eran claras: matad a todo varón y a toda mujer que haya conocido varón. Las vírgenes, traedlas.
El eco de aquellas espadas llegó hasta Silo como un rumor lejano, un trueno sordo. Y llegaron, cuatrocientas muchachas, con los ojos vacíos, el polvo del viaje pegado a los pliegues de sus túnicas. No venían como botín, sino como un recurso fúnebre. Se las llevaron a los seiscientos benjamitas en la peña de Rimón. Cuatrocientas. No bastaban. Doscientas faltaban. Y el juramento, aquella maldición que nosotros mismos habíamos pronunciado, seguía allí, impidiendo que diéramos el paso simple, humano, de ceder.
Fue entonces cuando la idea, retorcida como una raíz en terreno pedregoso, brotó. La Fiesta de Yahweh en Silo. Cada año, las jóvenes de Israel subían a danzar en los viñedos, cerca del santuario. Una celebración de la cosecha, de la vida. Nosotros, los ancianos, mirábamos aquella tradición con nuevos ojos, con ojos de cazadores. Consejimos a los benjamitas sobrevivientes: «Id, y poned emboscada en los viñedos. Mirad; cuando salgan las hijas de Silo a danzar, salid de entre las viñas, y arrebatad cada uno mujer para sí, y marchaos a tierra de Benjamín».
Lo recuerdo con una claridad que duele. El sol de la tarde, bajo, tiñendo de oro los racimos aún verdes. El sonido de las flautas y de los panderos, alegre, inocente. Luego, el movimiento súbito entre las hojas, las sombras alargadas que se tornaron hombres, los gritos sofocados, no de terror inmediato sino de confusión. Y el silencio de nuevo, después. Un silencio distinto, cargado de vergüenza.
Nosotros, los ancianos, habíamos urdido esto. No habíamos dado nuestras hijas; ellas fueron tomadas. Un sofisma, un quiebro miserable ante nuestra propia palabra. Pero ante nuestros ojos, justificábamos lo injustificable: la tribu sobreviviría. Irían a sus ciudades, reedificarían, tendrían hijos. La promesa a los patriarcas no se quebraría por nuestra mano.
Pero ¿y ellas? ¿Las de Jabes, arrancadas de sus cenizas? ¿Las de Silo, robadas de la danza? Nunca lo sabremos. La crónica sagrada calla sus voces. Solo dice que los hombres de Israel volvieron a sus heredades, y cada uno a su tribu y a su familia. Y que en aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.
Al partir de Silo, miré hacia los viñedos, ya vacíos. El viento mecía las parras. Pensé en las madres de Silo, en su dolor mudo. Pensé en nuestro juramento, convertido en una trampa para los inocentes. Habíamos querido ser fieles, y nuestra fidelidad se había vuelto una serpiente que nos mordía la mano. Habíamos evitado una extinción, pero a un precio que dejaba un regusto a hiel y a tierra. No hubo victoria. Solo un alivio agrio, la sensación de haber salvado algo arrastrándonos por el fango. La memoria de aquellas danzas interrumpidas me persiguió todo el camino a casa, mezclada con el olor del incienso y el polvo de Mizpa. Era el precio de nuestra ceguera, de un tiempo donde la rectitud y el error se trenzaban tan íntimamente que ya no podías distinguir uno de otro sin rasgarte el alma.




