Biblia Sagrada

La siega final y el cántico nuevo

El aire en la altura era distinto, no solo más frío, sino más delgado, como si cada aspiración llevara consigo un fragmento de eternidad. Yo, Juan, me encontraba de nuevo arrebatado, mis pies sobre una arena que no era de este mundo, ante una montaña cuya cima se perdía en un fulgor que lastimaba la vista. No era el destello cegador del sol, sino una luz propia, serena y terrible, que emanaba de la misma roca. Y en lo alto, sobre la cumbre, una presencia se recortaba. No era un solo ser, sino una multitud inmóvil y cantante.

No se podían contar, pero su número resonaba en el espíritu: ciento cuarenta y cuatro mil. No estaban de pie como soldados en formación, sino como árboles arraigados en un suelo de luz, cada uno en su lugar, un bosque humano de rostros transformados. No había en ellos señal de tormento, sino la palidez tersa de la piedra pulida por tormentas ya pasadas. Sus frentes llevaban un nombre, no grabado a fuego, sino como si siempre hubiera estado allí, fundido con su ser: el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. Era una posesión íntima, un sello de pertenencia que no se veía con los ojos del cuerpo, sino con los del alma.

Y cantaban. Oh, ese canto. No era un himno que hubiera oído antes. No surgía de sus bocas, sino de su mismo centro, como un río que mana de la tierra. Era un sonido nuevo, una melodía que el oído no podía retener, solo experimentar. Era como el rumor de muchas aguas, pero también como el estruendo de un trueno lejano, y a la vez, la cuerda más delicada de un arpa rozada por el viento. Yo entendía las palabras sin que mi mente las tradujera: era el cántico de los redimidos, un canto que solo ellos, comprados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero, podían aprender. Intentar describirlo es como querer apresar el aroma de la lluvia en un puño; se escapa, dejando solo la huella de su paso, una congoja dulce y una alegría punzante en el pecho.

Mientras el eco de aquella música sin fin se fundía con la luz, mi vista fue arrastrada desde la montaña hacia el firmamento abierto sobre la gran ciudad que yace sobre muchas aguas, sobre todos los pueblos. Y vi volar en medio del cielo a un ángel. No con alas de pájaro, sino con la majestad de un mensajero cuyo solo movimiento desplaza el aire con propósito. Tenía un evangelio eterno para predicar a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

Su voz no era un grito, sino una declaración que llenaba la bóveda celeste, grave y clara como una campana de bronce en el silencio de la madrugada. “Temed a Dios,” decía, “y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.” Las palabras caían sobre el panorama de la tierra como gotas de plomo, pesadas, inevitables. Era un último llamado, despojado de toda ambigüedad. La hora no venía; estaba ya aquí, resonando en el aire.

Tras él, un segundo ángel siguió su ruta en el cielo despejado. Y su anuncio fue la consecuencia, el lamento por una caída consumada. “¡Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad!” proclamaba, y en su tono no había triunfo, sino una solemnidad fúnebre. “Porque ella ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación.” Vi, en un instante de percepción, no piedras derrumbándose, sino el entramado de seducciones, de lujos sofocantes, de mentiras doradas y poder corruptor, quebrándose como un vidrio fino al que le llega su hora. Era un sistema, un aroma espiritual podrido, que se desvanecía ante la sentencia pronunciada en el cielo.

Y vino un tercero, volando con una firmeza aún más terrible. Este no solo hablaba; llevaba en sí la advertencia tangible de la elección. “Si alguno adora a la bestia y a su imagen,” clamaba con una voz que cortaba como hierro frío, “y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en la copa de su indignación.”

El lenguaje se volvía de una crudeza apocalíptica. No hablaba de muerte dormida, sino de tormento consciente. “Y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y delante del Cordero. Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos.” La imagen no era de aniquilación, sino de una separación eterna y agonizante de la fuente de toda vida, presenciada por aquel mismo Cordero inmolado. El ángel añadió, casi como un suspiro de advertencia final que contenía un eco de infinita paciencia: “Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, y cualquiera que recibe la marca de su nombre.”

Un silencio se hizo entonces, más pesado que todo el ruido del mundo. Un silencio de espera. Y en ese silencio, una voz llegó a mis oídos, no de los ángeles voladores, sino desde un lugar más íntimo, como si la tierra misma susurrara. “Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor.” La frase era simple, un epitafio glorioso. “Sí, dice el Espíritu, que descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” No eran obras que compraban el descanso, sino que lo acompañaban, como el aroma de una vida gastada en amor perdura después del último aliento.

Entonces, he aquí, una nube blanca, y sobre la nube sentado uno semejante al Hijo del Hombre. Llevaba en la cabeza una corona de oro, no de espinas, y en la mano una hoz aguda. Su rostro era a la vez familiar y completamente otro, lleno de una paciencia consumada y de una determinación final. Y del templo, del lugar santísimo mismo, salió otro ángel, clamando a gran voz al que estaba sentado sobre la nube: “Mete tu hoz, y siega, porque la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura.”

Y el que estaba sentado sobre la nube metió su hoz en la tierra, y la tierra fue segada. No fue un acto de violencia ciega, sino de cosecha. Vi cómo lo bueno, lo maduro, lo que había crecido bajo el sol y la lluvia de la gracia y la prueba, era recogido. Era un movimiento de culminación, de reunión.

Surgió entonces otro ángel, también con una hoz aguda. Y otro ángel más, que tenía poder sobre el fuego, salió del altar y clamó al de la hoz: “Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque sus uvas están maduras.” Esta vez la imagen cambiaba. No era mies, sino viña. El ángel arrojó su hoz, y vendimió la viña de la tierra. Lo que se recogió no fueron gavillas, sino racimos. Y los echó en el gran lagar de la ira de Dios.

Y fue pisado el lagar fuera de la ciudad. La descripción se volvía casi insoportable. La sangre salió del lagar, y subió hasta los frenos de los caballos por un espacio como de mil seiscientos estadios. No era una medida de distancia, sino de plenitud, de un juicio que se extendía hasta los confines de lo creado, dejando claro la magnitud de la rebelión y la integridad de la respuesta divina. Era el final de un camino, la cosecha de una siembra de maldad que había alcanzado su punto de maduración total.

La visión se desvaneció entonces, dejándome en la isla, con el sabor salado del mar en los labios y el eco del cántico nuevo y del estruendo del lagar mezclados en un único y tremendo silencio dentro de mí. No había más que añadir. Todo estaba dicho. La misericordia había clamado. La paciencia había dado su fruto y su advertencia. La elección, con su marca invisible o visible, mostraba su desenlace. Y en medio de todo, la bienaventuranza de los que duermen en el Señor, y la visión del Cordero, coronado, dueño de la siega, que un día pondrá fin a toda lágrima, separando para siempre la mies de su granero de los racimos del lagar. Y supiendo que esto es verdad, el corazón se estremece, y a la vez encuentra un descanso extraño y profundo.

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