El alba aún no había rasgado el cielo plomizo sobre los tejados de Roma, pero yo ya estaba despierto. El frío de la piedra de la insula se colaba por las suelas de mis sandalias. En el cuarto, apenas iluminado por la lámpara de aceite que pestañeaba con parsimonia, el rollo de pergamino desplegado sobre la mesa me esperaba. Había prometido a Tertio, el amanuense, una copia limpia de la carta, pero mis propios pensamientos, enredados como raíces viejas, no me dejaban trazar las primeras líneas.
No escribía de oídas. No transcribía frías doctrinas. Aquellas palabras, las de Pablo, el apóstol, resonaban dentro de mí con el eco de un choque de armas en un callejón cerrado. “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. La pluma se me quedó suspendida sobre el tintero. Un carro pasó con estrépito por la callejuela de abajo, pero el ruido mayor estaba dentro de mi cabeza.
Me vi, de pronto, no como el copista Metros, ciudadano romano de mediana edad y cierta educación, sino como un niño en Tarso muchos años atrás. Bajo la tutela del severo Rabí Eliezer, la Ley era un edificio majestuoso, de líneas puras y cimientos inquebrantables. Cada precepto, una piedra perfecta. “No codiciarás”. La frase era clara como el agua de un manantial. Yo la amaba. En su rectitud encontraba una belleza terrible, un reflego de la santidad del Dios Único. Anhelaba vivir dentro de esos muros, donde todo tenía un orden, un sí y un no sin sombras.
Y entonces, sin entender cómo, la pared más íntima de aquel edificio comenzó a resquebrajarse. No fue un asalto exterior, no fue la rebeldía de la juventud. Fue la Ley misma la que, al iluminar cada rincón de mi alma, mostró la sombra que antes no veía. “No codiciarás”. Y al pronunciar la prohibición, una fuerza oscura y terca dentro de mí se estiraba, como un animal dormido que despierta al oír su nombre. La mirada hacia la esposa de mi vecino, un brillo de envidia por la finca de las afueras que heredó mi primo, la rabia sorda ante un desaire público que roía mi orgullo por dentro… La Ley señalaba el pecado, sí, pero con ese dedo acusador, parecía despertarlo de un letargo, darle forma y nombre. La prohibición se volvía, de algún modo perverso, un imán para mi voluntad torcida.
Sumergí la pluma en la tinta negra y comencé a trazar las letras griegas con una calma que no sentía. “Y yo, sin la ley, viví en un tiempo; pero al venir el mandamiento, el pecado revivió y yo morí”. Revivió. Esa era la palabra justa. No era que el pecado llegara de fuera. Estaba allí, agazapado, inerte, como la semilla podrida bajo la tierra invernal. La Ley fue el primer rayo de sol de la primavera. Y al calentar la tierra, lo que brotó no fue vida, sino la flor amarga de la trasgresión consciente. Yo morí. La muerte de la inocencia, la muerte de la ilusión de poder alcanzar, con solo desearlo, la altura de aquellos muros gloriosos.
Un escalofrío me recorrió la espalda, a pesar del sayo de lana. Me levanté y caminé hasta la pequeña ventana. Roma empezaba a desperezarse. Un vendedor de agua pregonaba su mercancía. Una mujer regañaba a un niño. Vida mundana, simple, que seguía su curso. Y yo me sentía como un espectro atrapado entre dos reinos. Por dentro, una guerra civil desoladora. Mi mente, mi parte más noble, se aferraba a la Ley y la reconocía como buena, santa y justa. “Yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios”. Esa era la verdad. En lo profundo, en el santuario de mis pensamientos más claros, quería aquel bien. Anhelaba la paz, la integridad, la pureza.
Pero había otro principio, otra ley, que no era un conjunto de normas, sino una fuerza de gravedad corrupta en mis mismos miembros. “Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente”. Los miembros. Las manos que podían ser generosas o avaras. La lengua que podía bendecir o mentir. Los ojos que podían admirar la creación o convertirla en objeto de lujuria. Ese “yo” que habitaba mi carne era un aliado traidor. No era un extraño. Era yo, y sin embargo, no era el yo que quería ser. Era como tener dos almas en un solo cuerpo, y la más débil, la más baja, tenía las riendas de la casa.
Volví a la mesa, la frustración apretándome el pecho. Seguí escribiendo, casi con rabia. “Y el que hago, no lo entiendo”. ¿Cómo podía explicarlo? No era como el borracho que bebe sabiendo que se arruinará, ni como el ladrón que planea su crimen. Era algo más profundo, más humillante. Era la acción que brotaba casi antes de que la pensara, el impulso mezquino que vencía a la noble intención, la caída que seguía, con lógica aplastante, al momento de mayor seguridad en mí mismo. Era como caminar hacia un precipicio con los ojos abiertos, sabiendo que estaba allí, deseando con toda el alma dar media vuelta, y sin embargo, seguir avanzando, paso a paso, hasta el vacío.
El día había llegado por completo. Un haz de luz polvorienta se colaba por la ventana e iluminaba las palabras recién escritas. Las miré, y me pareció ver en ellas no solo la tinta, sino mi propia sangre. Esta era la condena de la que Pablo hablaba. No la condena de un juez externo, sino la condena autoinfligida del que se juzga a sí mismo y se halla culpable una y otra vez. La Ley era el espejo impecable que me mostraba la fealdad de mi rostro, pero no me daba agua para lavarme. Me dejaba allí, contemplando mi propia miseria, con las manos sucias.
Un sollozo seco me sacudió. No era de autocompasión, sino de un agotamiento del alma. La lucha era diaria, agotadora, y sin esperanza de victoria final. Mis mejores esfuerzos terminaban en derrota. Mis más sinceros propósitos, en ceniza. Me incliné sobre el pergamino, la frente casi tocando la superficie áspera, y murmuré las palabras que ahora copiaba, las palabras que nacían de lo más hondo de aquel conflicto: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”
Allí se detuvo mi pluma. El grito quedó suspendido en el aire del cuarto, mezclándose con el olor a aceite de la lámpara y a polvo. Era un final, pero no una conclusión. Era el abismo abierto. La confesión de una bancarrota total. Ya no había orgullo que proteger, ni argucias que esgrimir, ni fuerza propia en la que confiar. Solo la desnudez absoluta del que ha peleado hasta el cansancio y yace vencido en el campo de batalla, sin aliento ni esperanza.
Miré por la ventana hacia el cielo, ahora de un azul pálido. El grito, sin embargo, no se perdía en el vacío. La pregunta—“¿Quién me librará?”—llevaba en su misma formulación la semilla de una respuesta. No era “¿qué?” o “¿cómo?”, sino “¿quién?”. La liberación, si es que llegaba, no sería una teoría, una nueva disciplina, una ley más exigente. Sería una persona. Un libertador.
Dejé la pluma a un lado. La copia estaba incompleta, pero yo ya no podía seguir. Había descendido a las profundidades de la letra, y me había encontrado allí. El sol de la mañana calentaba ya el umbral de piedra. Afuera, la vida de Roma, con su bullicio y sus pasiones, seguía su curso, ignorante de la guerra silenciosa librada en el corazón de un hombre cualquiera, en una habitación cualquiera. Yo seguía siendo aquel hombre dividido, pero el grito, una vez formulado, ya no era solo mío. Lo había arrojado al universo, y en ese acto desesperado, había comenzado, sin saberlo, a esperar una respuesta.




