El sol de la tarde, un disco de cobre sobre el polvo, se inclinaba sobre las colinas de Samaría. El aire olía a tierra caliente y a hierba seca. Bajo una encina nudosa, cuyas raíces parecían aferrarse a la roca como dedos ancianos, estaba sentado Tola. No era un hombre que llamara la atención; su túnica era del mismo color terroso del camino, y en sus manos, callosas y surcadas de venas, descansaba un bastón de madera sin pulir. Había pasado veintitrés años juzgando a Israel desde aquella región de Samaría, un silencio entre tormentas. Su gobierno no se recordaba por grandes batallas o proezas, sino por la rara y frágil calma que trajo. La gente podía arar sus campos sin mirar por encima del hombro, y las mujeres llenaban sus cántaros en el pozo sin temblor en las manos. Tola murió como había vivido: sin estruendo, y lo enterraron en su tierra, en Samir, y por un tiempo, la tierra guardó un suspiro de paz.
Pero la memoria del hombre es corta, y el corazón, inquieto. Después de Tola se levantó Jaír, de Galaad. Este era de otra pasta. Hombre de sustancia y de alcance, sus caravanas de asnos cruzaban los valles, sus rebaños manchaban de blanco las laderas. Tuvo treinta hijos, que montaban en treinta pollinos y custodiasen treinta ciudades en la tierra de Galaad. Las llamaron, con una sencillez que delataba orgullo, las Aldeas de Jaír. Era un juez-príncipe, cuya autoridad se medía en cabezas de ganado y en muros de defensa. Gobernó veintidós años, y bajo su sombra, Israel prosperó. Se construyó, se comerció, se acumuló. Pero la prosperidad, como un vino espeso, nubla a veces la visión de lo esencial.
Y sucedió, lentamente, como la gangrena que avanza desde un dedo del pie, que el pueblo olvidó. Olvidó el peso de los ladrillos de Egipto, el grito ahogado en el barro. Olvidó el cruce del mar, un sendero de barro seco entre muros de agua suspensa. Olvidó la voz que tronaba desde el Sinaí, haciendo temblar la montaña hasta sus cimientos. Su corazón, pesado de plata y de trigo, se fue tras otros dioses. No fue una rebelión gritada, sino un deslizamiento. Primero fue curiosidad, luego costumbre, después devoción. Sirvieron a los Baales y a las Astartés, a los dioses de Aram y de Sidón, a los de Moab, a los de los amonitas, a los de los filisteos. Abandonaron a Yavé, el que los sacó de la casa de servidumbre. Ya no le servían.
Entonces la ira de Yavé se encendió contra Israel. Y no fue un castigo inmediato como un rayo, sino uno metódico y devastador como una sequía. Los vendió en manos de los filisteos y en manos de los amonitas. Estos últimos fueron los más crueles. Aquel año, cuando los almendros empezaron a florecer en un susurro pálido, los amonitas cruzaron el Jordán. No venían por botín, sino por destrucción. Asolaron a los judíos de Galaad, y desde allí se expandieron como un fuego negro hacia Benjamín, Efraín, incluso hasta la misma Judá. La tierra que había conocido la paz de Tola y la prosperidad de Jaír se retorció bajo el yugo. Dieciocho años. Dieciocho largos años de siembras pisoteadas, de cosechas robadas, de hijos e hijas arrebatados, de pueblos reducidos a cenizas y silencio.
El clamor, cuando finalmente llegó, no fue un grito de fe, sino de puro dolor animal. Subió desde los valles quemados, desde las cuevas donde se escondían, desde los corazones rotos de madres que ya no tenían lágrimas. “¡Hemos pecado contra ti, porque hemos abandonado a nuestro Dios y hemos servido a los Baales!”, gritaron hacia un cielo que parecía de plomo.
Y la respuesta, cuando vino, no fue de consuelo, sino de una verdad que cortaba más que la espada amonita. La voz de Yavé habló a través del silencio, a través de los profetas descalzos y ojos hundidos que recorrían la tierra: “¿No os salvé yo de los egipcios, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos? Cuando los sidonios, los amalecitas y los maonitas os oprimían, y clamasteis a mí, ¿no os libré de sus manos? Pero vosotros me habéis abandonado y habéis servido a otros dioses. Por tanto, no os libraré más. Id y gritad a los dioses que habéis elegido; que ellos os libren en el tiempo de vuestra aflicción.”
Las palabras cayeron como piedras sobre el pueblo. No había escapatoria. Habían agotado la misericordia. Habían quemado los puentes. Se vieron a sí mismos, desnudos de toda protección, ante la fiera que ellos mismos habían alimentado con su infidelidad. Fue un momento de horror absoluto, un abrir los ojos a un desamparo total.
Entonces hicieron lo único que les quedaba, no por mérito, sino por desesperación pura. Quitaron de en medio los dioses extranjeros, los ídolos de madera y plata, y los arrastraron hasta los barrancos, los hicieron pedazos contra las rocas. Y sirvieron a Yavé. No con la alegría de antes, sino con el corazón hecho trizas, con el peso de saber que su arrepentimiento llegaba tarde, manchado por el miedo.
Y él, desde algún lugar más allá del tiempo, vio la angustia de Israel. La vio no como un juez impasible, sino como un padre que contempla el sufrimiento autoinfligido de un hijo rebelde. El yugo de los amonitas se había hecho insoportable. Se habían congregado y acampado en Galaad, y los de Israel, lo que quedaba de ellos, se reunieron temblorosos en Mizpa, como ovejas acorraladas por lobos.
El relato se detiene aquí, en el umbral. La ira divina ha topado con la compasión infinita. El pueblo, vaciado de todo menos de su quebranto, espera. Y Galaad, la tierra de Jaír, ahora tierra de lágrimas y ceniza, contiene en su seno el germen de una salvación aún no nombrada. El aire, cargado de polvo y desesperación, parece contener la respiración. La historia no termina; se suspende, pendiente de un grito de guerra que aún no ha sonado, de un libertador que aún no ha tomado forma. Solo hay silencio, y la terrible, fértil paciencia de Dios.




