El relato de Eleazar, el hijo de Silón, recogido por su nieto en Hebrón, años después de la partición de la tierra.
Nunca olvidaré el peso de aquel día. No era el calor, aunque el sol de la llanura de Moab nos aplastaba con su familiar aspereza. No era el hambre, aunque las provisiones escaseaban. Era otra cosa, una presión en el pecho, como si el aire mismo, cargado del polvo de nuestro vagar, se hubiera hecho espeso y difícil de respirar. Todos estábamos allí, desde el más anciano, cuyo rostro era un mapa de arrugas profundas como los wadis del desierto, hasta el niño más pequeño, que se aferraba a los faldones de su madre sin entender el silencio.
Y en medio de aquel mar de carpas desteñidas y rostros curtidos, estaba él. Moisés. No el príncipe de Egipto, no el guerrero que derribó a un capataz, no el fugitivo de Madián. Este era un hombre distinto, consumido por una llama que no se veía. Su barba, blanca como la nieve del Horeb, caía sobre su pecho. Se apoyaba en un bastón nudoso, pero su voz… su voz no necesitaba apoyo. Surgía de lo más hondo de su ser y se extendía sobre nosotros como una sombra fresca y a la vez como un trueno lejano.
“Escucha, Israel,” comenzó, y la palabra nos atravesó. No era un ruego. Era un hecho. Éramos Israel, y estábamos obligados a oír. “Escuchen los estatutos y decretos que yo les enseño, para que los pongan por obra, a fin de que vivan y entren a tomar posesión de la tierra que el Señor, el Dios de sus padres, les da.”
Hubo un murmullo, un suspiro colectivo. La tierra. La palabra zumbaba en nuestros oídos desde la cuna. Era la promesa que endulzaba el agua amarga de Mara, que daba fuerza a las piernas temblorosas en Refidín. Pero aquel día, no habló primero de uvas gigantescas ni de leche y miel. Habló de algo más frágil y más valioso.
“No añadirán a la palabra que yo les mando, ni quitarán de ella,” dijo, y sus ojos, velados por los años pero terriblemente lúcidos, recorrieron a la multitud. “Guarden los mandamientos del Señor su Dios que yo les mando. Miren, yo les he enseñado estatutos y decretos como el Señor mi Dios me mandó, para que hagan así en medio de la tierra en la cual van a entrar para poseerla.”
Y entonces, vino la memoria. No fue un discurso, fue una evocación. Nos hizo volver atrás, a la negrura del Horeb, a la montaña que humeaba como un horno gigantesco.
“Recuerden el día en que estuvieron ante el Señor su Dios en Horeb,” su voz se hizo baja, íntima, como si contara un secreto aterrador. “El Señor me dijo: ‘Reúne al pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, a fin de que aprendan a temerme todos los días que vivan sobre la tierra, y las enseñen a sus hijos.’ Y ustedes se acercaron y permanecieron al pie del monte. El monte ardía en fuego hasta el mismo cielo, con tinieblas, nubes y densa oscuridad.”
Yo era joven entonces, pero lo recordaba. Vaya si lo recordaba. No era el fuego de una hoguera, ni el resplandor de un rayo. Era como si la propia creación se estuviera desgarrando, y en la grieta, la gloria del Creador fuese un fuego devorador que no consumía, sino que revelaba. El suelo temblaba bajo nuestros pies. El sonido del cuerno retumbaba, y cada nota nos partía el alma. Y aquella voz… “El Señor les habló de en medio del fuego; oyeron ustedes el sonido de las palabras, pero no vieron figura alguna; sólo percibieron una voz.”
Moisés hizo una pausa, dejando que el eco de aquel recuerdo se instalara en nuestros huesos. “Él les declaró su pacto, el cual les mandó poner por obra: los diez mandamientos. Y los escribió en dos tablas de piedra.”
Luego, su tono cambió. La solemnidad dio paso a una urgencia grave, una advertencia tallada en el corazón. “Guarden, pues, mucho sus almas. Puesto que no vieron figura alguna el día en que el Señor les habló en Horeb de en medio del fuego, no sea que se corrompan y hagan para ustedes una imagen tallada, semejanza de cualquier figura.”
Nos describió la tentación con una claridad que daba miedo. La forma de un hombre o una mujer, de cualquier animal, de lo que vuela o se arrastra, de los peces. “No sea que alces tus ojos al cielo y, al ver el sol, la luna y las estrellas, todo el ejército del cielo, te dejes arrastrar, te inclines ante ellos y les rindas culto.”
Sus palabras pintaban nuestra propia fragilidad. Él nos conocía. Sabía que el misterio nos abruma, que el Dios invisible, el que habla desde el fuego sin forma, puede resultar demasiado grande para nuestra pequeñez. Y que, en nuestra torpeza, cambiaríamos la gloria del incorruptible por la imagen de algo creado. Un becerro de oro no era sólo un error, era el síntoma de una enfermedad del alma.
“El Señor tu Dios es fuego consumidor, un Dios celoso,” dijo, y el celo del que hablaba no era la envidia mezquina de los hombres, sino el fuego santo que exige la totalidad porque Él es la Totalidad.
Pero entonces, como el amanecer después de la noche más oscura, vino la otra cara. Si la idolatría era el camino del olvido y la muerte, había un camino hacia la vida. “Pero si desde allí buscas al Señor tu Dios, lo hallarás, si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma.”
Nos habló de la misericordia que se extiende más allá del castigo. “Porque el Señor tu Dios es Dios misericordioso; no te dejará ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que juró a tus padres.”
Y así, hilando advertencia y promesa, nos llevó al presente. “A ti te fue mostrado, para que sepas que el Señor es Dios; no hay otro fuera de Él.” Nos señaló a nosotros, a los que habíamos visto las plagas, el mar abierto, el maná, la roca que brotaba agua. Éramos la generación del testimonio ocular. “Desde los cielos te hizo oír su voz para disciplinarte; y sobre la tierra te hizo ver su gran fuego, y oíste sus palabras de en medio del fuego.”
La tarde comenzaba a caer, tiñendo de púrpura y oro las montañas de Moab al otro lado del Jordán. Moisés, con un último esfuerzo que parecía arrancado de lo más profundo de su ser, nos entregó la carga y la herencia. “Guarda, pues, sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios te da para siempre.”
No eran sólo reglas. Era sabiduría. “Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está el Señor nuestro Dios cada vez que lo invocamos? ¿Y qué nación grande hay que tenga estatutos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy pongo delante de ustedes?”
Cuando calló, el silencio fue absoluto. No era el silencio del vacío, sino el de una plenitud abrumadora. Habíamos sido colocados en una encrucijada, no ante dos tierras, sino ante dos caminos: la vida y el bien, la muerte y el mal. La elección era nuestra. La promesa, también.
Moisés se dio la vuelta lentamente, su figura recortada contra el cielo crepuscular. No entraría con nosotros. Lo sabíamos. Pero en ese discurso, había traspasado el Jordán mil veces. Nos había dado algo más duradero que un río que se abriera: una ley, una memoria, un fuego que no debía apagarse jamás en el corazón.
Al regresar a mi tienda, el aire seguía pesado, pero ahora el peso tenía un nombre: responsabilidad. Y también una dulzura: pertenencia. Éramos un pueblo. Teníamos una ley. Y al otro lado del río, nos esperaba una tierra que sólo sería un hogar si llevábamos con nosotros el fuego de aquella voz.




