Biblia Sagrada

La Ofrenda de Paz en el Desierto

El sol de la mañana, aún bajo en el horizonte, envolvía el campamento con una luz dorada que hacía brillar las telas de los toldos y polvorientas pieles de cabra. Elishama respiró hondo, sintiendo el olor del desierto mezclado con el humo constante que ascendía del centro del campamento. Allí, el Tabernáculo se erguía, blanco y azul, una presencia solemne en medio del ajetreo cotidiano.

Su padre, Elkanah, estaba junto al pequeño redil familiar. Con mano experta, palpaba los lomos de un cordero macho, un animal de su propio rebaño, sin defecto. La lana era espesa y blanca bajo sus dedos.
—No basta con que sea sin mancha, hijo —dijo sin levantar la vista, su voz un rumor grave—. Tiene que ser de lo mejor. Lo que ofrecemos es nuestra comunión, nuestro *shalom* con el Señor. No es un tributo a un rey lejano. Es compartir la mesa con Él.

Elishama asintió, aunque una parte de él, la parte que recordaba los alegres banquetes familiares tras la siega, se preguntaba cómo podía uno compartir una mesa con el Invisible. Su hermana pequeña, Raquel, había estado enferma toda la semana, y una sensación de pesadumbre se había instalado en la tienda. Esta ofrenda, la *zevaj shelamim*, era también por ella. Una petición de paz, de bienestar completo, que trascendía la mera ausencia de conflicto.

El camino hacia el atrio exterior fue corto pero intenso. Elkanah guiaba al animal con una correa suave. Elishama llevaba un saco pequeño con harina fina amasada con aceite, sin levadura. Al cruzar la puerta de lino azul, púrpura y escarlata, el mundo exterior pareció desvanecerse. El aire olía a sangre seca, a incienso dulce y a tierra chamuscada. Junto al gran altar de bronce, cuyos cuernos se elevaban como promesas hacia el cielo, esperaba el sacerdote de servicio, un hombre joven aún, con su túnica de lino blanco inmaculado. Su rostro era serio, pero no impasible; había una concentración profunda en sus ojos.

Sin mediar palabra, Elkanah puso sus manos sobre la cabeza del cordero, cerca de los cuernos del altar. Elishaba observó cómo los nudillos de su padre se ponían blancos por la presión. No era una transferencia mágica de culpa, como en el sacrificio por el pecado. Esto era distinto. Era una identificación. *Este animal, de mi propiedad, lo mejor de lo mío, representa mi vida, mi gratitud, mi necesidad de paz. Es mío, y ahora será de Dios*.

El cuchillo de bronce brilló un instante bajo el sol. El movimiento de Elkanah fue rápido, certero, un acto pastoral convertido en liturgia. Un jadeo, un temblor, y luego la quietud. El sacerdote tomó el cuenco de bronce y recogió la sangre, que brillaba como granate líquido. Con movimientos rituales y precisos, salpicó la base del altar, pintando de rojo la tierra y el bronce. *La vida está en la sangre*, recordó Elishama las enseñanzas. No se podía consumir. Era sagrada, pertenecía solo al ámbito de lo divino. Aquí, se devolvía simbólicamente al dador de la vida, rociada sobre el instrumento de la reconciliación.

Luego vino el trabajo meticuloso, casi quirúrgico. Con sus manos expertas, el sacerdote abrió el animal. El vapor se elevó en el aire fresco de la mañana. No se trataba de quemarlo todo. Con destreza, separó la grasa que cubría los intestinos, la masa grasa que envolvía las entrañas, los dos riñones con la grasa que tenían sobre ellos, junto a los lomos, y ese lóbulo peculiar del hígado, que extrajo con un cuidado exquisito.

Elishama contempló aquellos trozos brillantes y pálidos, apartados sobre la bandeja de bronce. No eran los cortes más nobles para el paladar humano, pero en la ley, tenían un significado profundo. La grasa era lo mejor, la esencia, la riqueza del animal. No era para los hombres. Era la porción de Yahvé. El sacerdote lo saló, un gesto del pacto perpetuo, y lo colocó sobre la leña ya encendida en el altar. El chisporroteo fue diferente al de la carne; un crepitar más suave, y un humo denso, grasiento y aromático comenzó a elevarse, una columna que se enroscaba hacia el cielo azul. Era un olor que impregnaba la ropa y los recuerdos: el aroma de la entrega, de lo reservado únicamente para Dios.

El resto del animal, la carne limpia y buena, fue devuelto a Elkanah. Esto era lo extraordinario. La ofrenda de paz no terminaba en el altar. Continuaba en casa. La mejor parte era para Dios; el resto, para la comunidad, para la familia, para el celebrante y hasta para el sacerdote, al que se le daba el pecho y la pierna como porción sagrada.

De vuelta a la tienda, el ambiente había cambiado. Raquel, pálida pero con los ojos más brillantes, estaba sentada en una estera. El olor a carne asada, condimentada con hierbas del desierto, comenzó a mezclarse con el humo del altar que aún parecía flotar en la ropa de Elishama. Vecinos y familiares cercanos fueron llegando. La ofrenda de paz era comunitaria. No se podía comer solo; había que compartirla antes de que amaneciera el nuevo día.

Sentados en círculo, Elkanah partió el pan sin levadura y la carne asada. Al tomar su porción, Elishama miró a su hermana, que comía con un apetito tímido pero real. Y entonces, entre risas bajas, relatos del día y el sabor de la carne compartida, lo entendió. La paz no era solo un sentimiento interior. No era la tranquilidad de un desierto sin viento. Era esto. La armonía restaurada con Dios, simbolizada en el humo que ascendía hacia Él. Y esa armonía, inevitablemente, se derramaba. Creaba comunidad, sanaba los lazos entre las personas, traía bienestar a la tienda. La paz con Dios se hacía paz con los demás, y paz incluso en el cuerpo enfermo de una niña.

Mastiqué la carne, tierna y sabrosa, y supo que no era solo alimento. Era un pacto comestible. Una promesa de que el *Shalom* de Dios no era un concepto lejano, sino algo que se podía tocar, oler, saborear y compartir, aquí, en el polvo del desierto, bajo la tienda de lona, mientras el humo del altar se perdía, como una oración aceptada, en el vasto cielo del atardecer.

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