Biblia Sagrada

La Consagración de los Levitas

El aire en el campamento olía a polvo, a humo de leña resinosa y al aroma penetrante del incienso que, como una memoria constante, flotaba desde la Tienda del Encuentro. Eleazar, el hijo de Aarón, se pasó la mano por el rostro, sintiendo la fina capa de arena que todo lo cubría en este desierto. El sol, todavía bajo, proyectaba largas sombras de las densas aglomeraciones de tiendas de pelo de cabra, pero su calor ya se anunciaba en el aire quieto.

Había pasado la noche repasando mentalmente los detalles, una y otra vez. Las palabras de su padre, Aarón, y las instrucciones precisas que el Señor había dado a Moisés, resonaban en él con el peso de una piedra de molino. No se trataba solo de encender las lámparas del candelabro, un ritual ya cotidiano para él. Hoy era diferente. Hoy tocaba la purificación de los levitas.

Desde su posición, veía acercarse al grupo. No era un ejército, pero avanzaban con la solemnidad de quienes se saben elegidos para algo que trasciende la comprensión inmediata. Hombres en la flor de la vida, otros con las primeras canas en las sienes, sus rostros estaban marcados por la expectación y una sombra de inquietud. Eran los hijos de Leví, los suyos, separados de entre todas las tribus. Eleazar pensó en los primogénitos de Egipto, en la noche de terror y liberación que su padre le contaba con voz quebrada. Estos hombres, ahora, eran la redención viviente de aquellos primeros hijos de Israel. Su servicio sería el precio de rescate, una sustitución perpetua.

Moisés salió de la Tienda. Su presencia, aun silenciosa, imponía un respeto que hacía que el murmullo del campamento se apagara en un radio amplio. A su lado, Aarón, con sus vestiduras sacerdotales limpias y planchadas, parecía absorber la pálida luz del amanecer. La ceremonia comenzó sin proclamas. El primer gesto fue de una crudeza simbólica que hizo que a Eleazar se le encogiera el estómago. Los levitas fueron llevados hacia la entrada de la Tienda, y ante toda la asamblea congregada, unos hombres desconocidos, elegidos de entre el pueblo, les pasaron por todo el cuerpo una navaja de afeitar. El sonido era seco, áspero, un raspado metódico que eliminaba todo vello. No era un acto de humillación, lo sabía, sino de radical separación. El cabello, a menudo signo de fuerza y vanidad, caía al polvo, mezclándose con la tierra común. Luego, vinieron las abluciones. Agua fresca, traída de no sabía qué fuente secreta del desierto, corrió por sus cuerpos, lavando no una suciedad física, sino la adherencia de lo profano. Eleazar observaba cómo el agua se llevaba consigo el polvo del campamento, de los trabajos cotidianos, dejando la piel limpia y brillante, como una página en blanco.

Después llegó el momento de los sacrificios. El toro, un animal joven y fuerte, fue conducido con tranquila dignidad hacia el altar de holocausto. Su destino era doble, un reparto sangrante y significativo. Una parte sería consumida por el fuego, ofrenda total al Señor. Otra, la destinada al sacrificio por el pecado, tenía un camino más complejo. Eleazar ayudó a su padre a realizar los gestos ancestrales: la imposición de manos sobre la testuz del animal, transfiriendo simbólicamente las faltas de la comunidad; el cuchillo afilado; la sangre caliente y oscura que brotaba con un olor a cobre y vida. Esta sangre no se arrojaba toda al altar. Una parte fue recogida en una palangana de bronce.

Y entonces, Aarón se volvió hacia los levitas. Con una rama de hisopo, su padre tomó de aquella sangre y, con movimientos deliberados, la salpicó sobre ellos. Gotas carmesí cayeron sobre hombros, brazos, torsos limpios. No era un baño, sino una aspersión ritual, una marca. La sangre del rescate, de la expiación, los tocaba. Era el signo visible de una transferencia: la vida del animal por la consagración de los hombres. De algún modo, en la economía misteriosa de lo sagrado, los levitas quedaban teñidos por ese acto de sustitución.

Luego vino el gesto que a Eleazar siempre le parecía más íntimo y potente. Los levitas, aún húmedos de agua y marcados por la sangre, se acercaron. Aarón, y después Moisés, extendieron sus manos y las posaron sobre las cabezas agachadas. No era una bendición general, sino una por una. Eleazar pudo ver la tensión en los hombros de su padre, el peso físico y espiritual del acto. Al colocar sus manos sobre ellos, los presentaban formalmente, los ofrecían como ofrenda mecida ante el Señor. Eran una ofrenda viva, moviente, hecha de aliento y huesos y voluntad. De los israelitas para Dios, y de Dios, de vuelta, para el servicio de todos.

El resto del día tuvo un ritmo distinto. Los sacrificios completados, la grasa quemándose hacia el cielo en una columna de humo grasiento y aromático, los levitas fueron puestos bajo la autoridad de Aarón y sus hijos. Eleazar les explicó, con una voz que trataba de sonar más segura de lo que se sentía, los contornos de su servicio: custodiar la Tienda, desmontarla, transportar sus piezas sagradas en las marchas, armarla de nuevo. Serían manos que evitarían que el pueblo común, por curiosidad o descuido, se acercara demasiado y muriera. Una barrera viva de misericordia.

Al caer la tarde, cuando el sol se convertía en una brasa en el horizonte occidental, Eleazar entró en el Lugar Santo. El aire aquí era denso, cargado de incienso y aceite. Se acercó al candelabro de oro puro, sus siete brazos como las ramas de un árbol de luz. Tomó las tenazas y, con cuidado, recortó las mechas de lino. Luego, con un cucharón de oro, añadió aceite de oliva puro, triturado, a cada copa. El líquido era claro y ámbar. Finalmente, tomó el pedernal y la yesca. El chispazo fue breve, brillante. La llama prendió en la mecha central y, de allí, con la punta de un dedo protegido, la fue transmitiendo a las otras seis.

Las siete llamas ardieron, estables y claras, iluminando la mesa de los panes de la proposición y el altar del incienso. Su luz no era para iluminar el camino a Dios, sino para hacer visible, en la penumbra sagrada, la presencia constante del cuidado divino. Y mientras las llamas crepitaban suavemente, Eleazar pensó en los levitas. Ellos, ahora, eran como aquellas lámparas. Consagrados, limpiados, ofrecidos. Su vida, desde este día, no sería suya. Arderían con el aceite del servicio, iluminando no con luz propia, sino con la que se les había encomendado mantener. Una luz funcional, sagrada, y a la vez profundamente humana, sujeta al desgaste, necesitada de aceite fresco y de mechas recortadas.

Salió de la Tienda. La noche desértica, fría y estrellada, lo envolvió. A lo lejos, en una sección del campamento ahora demarcada, vio los fuegos de los levitas y sus familias. No eran diferentes a los demás. Pero él sabía que algo había cambiado para siempre en ellos, y en todo Israel. El rescate ya no era un recuerdo en una noche de pánico. Caminaba, respiraba y servía, vestido de lino simple, entre el polvo y la Gloria.

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