Biblia Sagrada

El Eco de las Siete Iglesias

Recuerdo la primera vez que oí las palabras. No llegaron en rollos de pergamino finamente caligrafiados, ni fueron proclamadas por un heraldo en el foro. Llegaron con Demas, el mercader de lana, cuyo rostro estaba curtido por los caminos de Asia Menor como el cuero viejo de su zurrón. Traía noticias, y algo más. Traía un fuego contenido en la mirada, un eco de la voz del anciano que ahora vivía desterrado en esa isla rocosa del mar Egipcio, Patmos.

Fue en Éfeso, al atardecer, cuando el olor a pescado seco y especias se mezclaba con la brisa salada que subía del puerto. Nos habíamos reunido en la casa de Claudia, arriba, en la sala que daba a un pequeño patio donde un laurel intentaba crecer. Demas no era un orador. Tomó un sorbo de agua, se limpió la boca con el dorso de la mano y empezó a hablar, no como quien recita, sino como quien intenta sacar de su memoria un tesoro frágil y teme romperlo.

“Para el ángel de la iglesia en Sardis escribe”, murmuró, y su voz se hizo más grave. Y entonces vinieron las palabras, duras como el pedernal. “Tienes nombre de que vives, y estás muerto.” Se hizo un silencio espeso. No era una condena a los perseguidores, ni a los paganos furibundos. Era para nosotros. Para los que nos dormíamos en la reputación de los primeros días, cuando los milagros eran como pan cotidiano y la fe un riesgo gozoso. Ahora Sardis era una ciudad que vivía de glorias pasadas, construida sobre una colina que ya había sido tomada dos veces por sorpresa en su historia. Y su iglesia era igual: una fortaleza que creía estar segura, pero cuyas sentinelas dormían. “Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.”

Demas hizo una pausa, observándonos. Sus ojos se posaron en Marcos, el platero, cuyo negocio iba tan bien que apenas podía asistir a los encuentros del primer día de la semana. En Lidia, cuya caridad se había vuelto más rutinaria que compasiva. No dijo nada. Las palabras ya lo habían dicho todo. Respiró hondo y continuó.

Pero luego, su tono cambió. Una suavidad, como de brisa temprana, entró en su voz. “Y escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia.” Ahí, en esa ciudad joven, fundada para ser un centro de cultura y lealtad imperial, había un pequeño grupo que no tenía “ninguna fuerza”, según el mundo. Perseguidos, probablemente por el gremio de los comerciantes y por la sinagoga local que los acusaba de herejía. Y sin embargo, a ellos les decía: “He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar.” No una promesa de riqueza, ni de poder. Una puerta. Una oportunidad fiel. Él conocía sus obras. “Has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.” Y la recompensa era una firmeza inquebrantable: “Yo también te guardaré de la hora de la prueba.” Y la promesa de hacerlos columnas en el templo de Dios, con nombres nuevos escritos sobre ellos. No serían aplastados por la grandiosidad de la ciudad. Serían parte permanente de la arquitectura del cielo.

Demas dejó que esa dulzura se posara en la habitación. Se podía casi tocar la esperanza que traían esas palabras para los pequeños, los ignorados, los que se sentían agotados de mantener la fe en un ambiente hostil. Luego, su expresión se tornó compleja, una mezcla de dolor y severidad.

“Y al ángel de la iglesia en Laodicea escribe.” Y aquí su voz adquirió un timbre metálico, incómodo. Las palabras que siguieron eran las más desgarradoras de todas. No había elogio. Ninguno. “Yo conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”

Todos conocíamos Laodicea. Rica, autosuficiente. Famosa por su escuela de medicina, sus bancos, sus tejidos de lana negra lustrosa. Se enorgullecían de no haber necesitado ayuda ni de Roma ni de nadie cuando un terremoto los devastó años atrás. Se reconstruyeron con su propio dinero. Y esa era, precisamente, su maldición espiritual. “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.”

La imagen era brutal. Una comunidad cristiana que se había fundido tan bien con el éxito material de su ciudad que había perdido toda conciencia de su propia miseria espiritual. Confundían la prosperidad económica con el favor divino. Y el Consejo era paradójico, hermoso en su humillación: “Te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.”

Todo lo que Laodicea producía con orgullo –oro, tejidos, colirio para los ojos– era, espiritualmente, de una calidad tan inferior que necesitaban comprar la versión auténtica de Cristo. Era un llamamiento a reconocer la bancarrota interior y acudir al único que podía suplirla.

Y entonces, la frase más íntima, la que aún hoy, años después, me hace temblar. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” El Señor de la gloria, fuera. Excluido por la autosatisfacción de su propio pueblo. No forzando la entrada. Llamando. Con la paciencia de un amor que no se impone.

Demas terminó. No hubo una conclusión grandilocuente. Solo el sonido de la ciudad allá abajo, y el suspiro colectivo de la habitación. Las palabras no eran un mapa detallado del fin del mundo. Eran un espejo. Para Sardis, la sombra de la muerte en medio de la actividad religiosa. Para Filadelfia, la puerta abierta en medio de la debilidad. Para Laodicea, el llamado urgente a despertar del sueño dorado de la autosuficiencia.

Salí de la casa de Claudia cuando ya las estrellas punteaban el cielo de Éfeso. El aire era fresco. Las palabras resonaban dentro de mí, no como un decreto lejano, sino como un diagnóstico preciso y personal. ¿En cuál de estas iglesias vivía yo? ¿Dormitaba como en Sardis, confiado en una ortodoxia sin vida? ¿Me sentía pequeño y fiel como en Filadelfia, aferrándome solo a su nombre? ¿O había permitido que el bienestar y la respetabilidad de mi vida en una gran ciudad me volviera tibio, ciego a mi propia necesidad?

La revelación de Juan no era, en ese momento, sobre bestias y cataclismos. Era sobre la voz de uno que camina en medio de los candeleros, que conoce el estado real de cada llama. Y que, con una mezcla de ternura infinita y pureza implacable, nos dice la verdad. Para que, quien tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Aquella noche, en el silencio de mi habitación, intenté afinar el mío.

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