El sol de Harán era un manto pesado y polvoriento sobre los hombros de Jacob. Había caminado semanas, guiado por la promesa de su madre y el eco de la bendición robada. La tierra de sus antepasados le recibió con una sequedad que le recordaba a su propia sed: no solo de agua, sino de un nuevo comienzo. El olor a tierra agrietada y a hierbas aromáticas quemadas por el calor llenaba el aire. A lo lejos, divisó un pozo, una boca de piedra rodeada por el desgaste de generaciones, y tres rebaños de ovejas agrupados en la sombra escasa de unas rocas. Los pastores, con sus rostros curtidos y sus voces ásperas, observaban con indolencia el paso del tiempo.
Jacob se acercó, y su voz sonó extraña incluso para sus propios oídos después de tanto silencio solitario.
—Hermanos míos, ¿de dónde sois?
—Somos de Harán —respondió uno, escueto.
—¿Conocéis a Labán, hijo de Nacor? —preguntó Jacob, y notó cómo un hilo de esperanza se tensaba en su pecho.
—Sí, le conocemos.
—¿Goza de paz?
—Paz tiene. Y mirad, ahí viene su hija Raquel con las ovejas.
Jacob alzó la vista. Una figura se recortaba contra la luz cegadora del atardecer, avanzando con la gracia tranquila de quien conoce cada piedra del camino. La vio acercarse, y algo se quebró dentro de él. No fue solo su belleza, que era notable, sino el aura de frescura que traía consigo, como si llevara un pedazo de la mañana en medio del día calcinante. Las ovejas balaban a su alrededor, y ella las guiaba con una vara ligera, hablándoles en tono bajo. Jacob sintió una urgencia que no entendía del todo. El pozo estaba cubierto con una piedra enorme, una costumbre del lugar para preservar el agua hasta que todos los pastores se reunieran.
Sin pensarlo, con una fuerza que brotó de un pozo aún más profundo que el de piedra, Jacob se acercó a la losa. Los músculos de sus brazos, fortalecidos por el viaje, se tensaron. La piedra cedió con un gruñido áspero sobre el brocal, y rodó lejos de la boca del pozo. Él mismo se sorprendió. Los pastores murmuraron, pero Jacob ya estaba dando de beber al rebaño de Labán, sacando agua con el cántaro una y otra vez, hasta que los animales saciaron su sed. Todo lo hizo sin apartar los ojos de Raquel por mucho tiempo.
Luego, se acercó a ella. El polvo se le pegaba a la piel, y el sudor le corría por las sienes. Tomó su mano y la besó suavemente. Y lloró. No fueron lágrimas de dolor, sino la liberación de una tensión acumulada desde que había cruzado el vado del Jaboc. Le dijo quién era, el hijo de Rebeca, hermana de su padre. Y Raquel, con los ojos muy abiertos, salió corriendo a dar la noticia.
Lo que siguió fue un mes de días que se confundían unos con otros, de trabajo hecho con un fervor que Labán observaba con astucia. Jacob cuidaba los rebaños como si fueran suyos, reparaba cercados, se levantaba antes del alba. Y en cada tarea, buscaba la compañía de Raquel. La amaba con una sencillez que le desarmaba. Hablaban poco, pero en los silencios compartidos mientras las ovejas pastaban, Jacob encontraba un refugio que no había conocido nunca.
Al cabo de un mes, Labán, hombre práctico y dueño de una sonrisa que no siempre llegaba a los ojos, le llamó.
—No porque seas mi pariente has de servirme de balde. Dime, ¿cuál será tu salario?
Jacob no lo dudó.
—Te serviré siete años por Raquel, tu hija menor.
Los años pasaron con la lentitud de las nubes en el cielo de Harán. Para Jacob, fueron como siete días. Cada amanecer lo acercaba a ella. La veía crecer, cambiar, y su amor se hacía más profundo, arraigando en lo más íntimo de su ser como un árbol junto a aguas corrientes. Trabajaba bajo el sol y la lluvia, soportaba los inviernos crudos de la meseta, y en cada noche fría, el pensamiento de Raquel le calentaba el pecho.
Finalmente, llegó el día. La fiesta fue ruidosa, con vino y música, con parientes y vecinos que llenaron la casa de Labán. Jacob bebió, bailó, y su corazón latía al ritmo de los tambores. Al caer la noche, borracho de felicidad y de vino, Labán le llevó a la tienda nupcial. La oscuridad era profunda, el cansancio del festejo pesaba en sus párpados. Se encontró con su esposa en la intimidad de la luna velada, y consumó el matrimonio.
Pero el sol de la mañana reveló una verdad cruel, una herida que nunca del todo cicatrizaría. A su lado no estaba el rostro de gracia y frescura de Raquel, sino otro rostro, dulce y triste, con unos ojos que la gente decía eran suaves, pero que a Jacob, en ese instante, le parecieron los de una extraña. Era Lea, la hermana mayor.
Un frío más intenso que cualquier helada del desierto se apoderó de él. Salió de la tienda, tambaleándose, y se dirigió a la casa de Labán. El aire de la mañana olía a humo de hogueras apagadas y a decepción.
—¿Qué me has hecho? —le espetó a Labán, y su voz temblaba de raía y desconsuelo—. ¿No te he servido por Raquel? ¿Por qué me has engañado?
Labán no se inmutó. Su expresión era la de un hombre que ha jugado una jugada maestra dentro de las reglas no escritas de su mundo.
—En nuestro lugar no se acostumbra a dar la menor antes que la mayor. Cumple la semana nupcial con esta, y luego te daremos también la otra, a cambio de que me sirvas otros siete años más.
Jacob miró a Lea, que permanecía a la entrada de su tienda, cubierta con su velo, un espectro silencioso de un pacto que ella no había buscado. Sintió lástima, pero era una lástima ahogada en la marea de su propia amargura. Y luego pensó en Raquel. En sus ojos, en su risa baja, en el modo en que caminaba. Siete años más. Una eternidad. Pero la quería. La quería con una obstinación que venía del mismo lugar de donde había salido la fuerza para mover la piedra del pozo.
Así lo hizo. Cumplió la semana con Lea, días grises y mecánicos. Y luego, por fin, recibió a Raquel por esposa. La amó más que a Lea, con una pasión que era a la vez gozo y protesta. Pero el Señor, viendo que Lea era menospreciada, le concedió hijos. Rubén, Simeón, Leví, Judá… Cada nacimiento era para Lea un pequeño triunfo, una palabra de consuelo en su soledad de amada a medias. Raquel, la amada, permanecía estéril, y su dolor era un silbido agudo y constante en el alma de Jacob, recordándole que incluso los amores más puros viven bajo la sombra de la pérdida y el designio inescrutable.
Y Jacob sirvió. Los catorce años se cumplieron, día a día, bajo el mismo sol implacable de Harán. Había llegado como un fugitivo, y ahora era un hombre marcado por el amor, el engaño, y el peso de una promesa que, sin saberlo, seguía tejida en el gran tapiz de la Alianza. Todo había comenzado junto a un pozo, con un acto de fuerza impulsado por el corazón. Ahora, el agua que bebía sabía a sal, a lágrimas de dos mujeres y a la perseverancia de un hombre que aprendía, lentamente, que las bendiciones a veces llegan envueltas en piel de carnero, y que Dios escribe derecho incluso con los renglones torcidos de los hombres.




