Biblia Sagrada

Desde la celda, con gozo

El pergamino estaba frío bajo sus dedos, no como el mármol pulido de las sinagogas, sino con la aspereza áspera de una superficie mal alisada. Pablo apoyó la espalda contra la pared de piedra de la celda, un gesto ya habitual que buscaba un mínimo de sostén. El olor a humedad y aceite de oliva rancio se mezclaba con el tenue aroma del incienso que llegaba desde alguna casa cercana. No era Jerusalén. No era Tarso. Era una parada forzosa en otra ciudad del imperio, otra habitación prestada que olía a encierro y a espera.

Respiró hondo, y el aire le recordó la pesadez de los días. Pero en su mente no había pesadez, sino una claridad extraña, punzante, como la luz del mediodía sobre el camino de Damasco. La quería fijar, esa claridad, para ellos, para los hermanos en Filipos, cuya generosidad reciente le había traído no solo provisiones, sino un torrente de gratitud y preocupación. Debía escribirles. Debía explicarles.

“Finalmente, hermanos míos, regocijaos en el Señor”. La pluma arañó el papiro con un sonido áspero. ¿Regocijarse aquí? Sí. Precisamente aquí. Porque el gozo no era un adorno para los días fáciles, era el cimiento para los días como este. Siguió escribiendo, amonestaciones breves, cariñosas. Pero sentía que había algo más, una advertencia urgente que nacía de su propio pasado, un espectro que rondaba las jóvenes congregaciones.

La pluma se detuvo. Miró la llama de la lámpara de aceite, bailando en la corriente de aire que se colaba por la rendija de la puerta. Y de repente, no vio la celda. Vio el patio de la escuela de Gamaliel en Jerusalén. Olía a polvo caliente y a pergamino envejecido. Se vio a sí mismo, Saulo, joven, con la frente ardiente de convicción y los hombros derechos bajo el peso de una herencia intachable. Podía enumerarla, esa herencia, como quien cuenta monedas de oro: hebreo de pura estirpe, de la tribu de Benjamín, fariseo estricto, irreprensible en cuanto a la justicia que la Ley demandaba. La lista era su escudo, su corona, el título de propiedad de su alma ante Dios y los hombres.

Un escalofrío, no de frío, sino de una vergüenza sagrada, le recorrió la espalda. Esas credenciales, por las que había sudado, por las que había perseguido a la iglesia con celo feroz, creyendo hacer un servicio a Dios… ahora le parecían trapos. Trapos sucios y gastados. La palabra vino a su mente con una crudeza que le hizo fruncir el ceño. No era una metáfora elegante de rabino, era el lenguaje de un comerciante que descarta lo inservible, de un soldado que tira el envoltorio roto de sus viejas raciones. “Trapos de inmundicia”. Lo que él había considerado ganancia, lucro espiritual, ahora lo veía con total claridad: era pérdida. Pérdida total.

No era un desprecio a su pueblo, no. Era algo más radical. Era el descubrimiento de que todo aquello, por sí solo, no le acercaba un ápice a Dios. Era ruido, era actividad, era un currículum impresionante para la corte religiosa de los hombres, pero que dejaba intacto el abismo entre el Creador y la criatura. El celo que lo había llevado a aprobar la muerte de Esteban, aquella cara serena llena de un perdón que él no podía comprender entonces… ese celo era la prueba más amarga de la bancarrota de su justicia propia.

Entonces, ¿qué? La pluma comenzó a moverse de nuevo, más rápido, con la urgencia de quien debe contar un secreto que le salva la vida. “Y ciertamente, aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”. No era una filosofía, era una persona. Cristo. Conocerle a Él. No los datos sobre Él, no la teología sistemática acerca de Él, sino a Él. Ese conocimiento era como haber encontrado, después de años de coleccionar mapas y descripciones de un tesoro, el tesoro mismo. Y al tenerlo, todos los mapas perdían su valor. Solo el tesoro contaba.

Pero ese conocimiento tenía un precio, una forma. “Para conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte”. Pablo miró sus propias manos, marcadas por golpes, por el frío, por el trabajo. No eran las manos de un rabino teórico. Eran las manos de un hombre que participaba, día a día, en los padecimientos del Mesías que había rechazado. Aquella unión con Cristo no era mística y vaporosa; tenía el sabor áspero del pan duro, el dolor de las cadenas, la soledad de la noche en la cárcel. Participar de sus padecimientos era la contraparte inevitable de compartir su vida. Era la misma moneda. Y extrañamente, era allí, en esa participación, donde el poder de la resurrección se hacía más real, más tangible, como un latido de vida indestructible en medio de la muerte que lo rodeaba.

No quería que pensaran que ya lo había alcanzado. La pluma se volvió insistente, casi podía oír su voz áspera dictando las palabras. “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto”. La perfección era la meta, sí, pero la meta estaba al final de una carrera. Y él todavía corría. Había olvidado lo que quedaba atrás. Su pasado farisaico, sus éxitos, sus fracasos incluso, ya no tiraban de él. Y se extendía hacia lo que estaba delante. La metáfora del atleta le venía bien: el cuerpo tenso, los ojos fijos solo en la línea de meta, el esfuerzo que quema los músculos pero que no se detiene. “Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Algunos, lo sabía, vivían de otra manera. Su voz mental se endureció un poco al pensar en ellos. “Porque muchos andan así… enemigos de la cruz de Cristo”. Los describió sin nombrarlos, con pinceladas sombrías: su dios era el vientre, su gloria estaba en su vergüenza, solo pensaban en lo terrenal. Eran la antítesis de la carrera. Se habían estacionado en lo inmediato, en lo sensual, en la auto-satisfacción. Ellos no tenían la mirada puesta en una patria celestial. Su ciudadanía, su *politeuma*, era de este mundo y terminaba con él.

Él, Pablo, ciudadano romano por nacimiento, había descubierto una ciudadanía infinitamente más profunda. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos”. Y desde allí, como un gobernador esperado, aguardaban al Salvador. Esa espera no era pasiva. Era la espera tensa y gozosa de quien sabe que el ser amado está por llegar. Y cuando Él viniera, transformaría. Esa era la esperanza final, la que daba sentido a cada paso de la carrera, a cada trago de los padecimientos compartidos. Transformaría el cuerpo de la humillación de Pablo, este cuerpo cansado, magullado, encarcelado, en un cuerpo conforme al cuerpo glorioso de Cristo. Era una promesa física, tangible, para un hombre que sufría físicamente. No era un escape del mundo, sino la redención total de todo lo que era.

Un ruido de pasos en el corredor lo sacó de su concentración. La llama de la lámpara osciló. Pablo dejó la pluma, flexionó los dedos entumecidos. El rollo estaba casi lleno. Releyó las últimas líneas, una exhortación tierna y firme a permanecer unánimes, a sostenerse en el Señor. Había escrito desde el hueso de su experiencia, desde la cicatriz de su conversión, desde el cansancio y la certeza de su celda. No era un tratado. Era un trozo de su vida, un mapa de su corazón, enviado a través del mar y las legiones a unos hermanos a los que amaba.

Doblando el papiro con cuidado, pensó en la carrera que aún faltaba. El premio seguía brillando delante de él. Y, por un instante, en el silencio de la celda, el frío del suelo y el peso de las cadenas no fueron una carga, sino parte del camino, la dura y preciosa participación que, de una manera misteriosa, lo unía más a Aquel que había sido clavado en una cruz y que ahora le daba fuerza para seguir corriendo. Con un suspiro que no era de derrota, sino de profunda expectación, preparó el rollo para su viaje.

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