La humedad del amanecer aún se aferraba a las piedras de Corinto cuando Lucas, el alfarero, encendió el horno. El olor a arcilla húmeda y a leña verde era su mundo, un universo reducido a la rotación lenta del torno y al fuego transformador. Más allá de su taller, en la casa de Cayo, la comunidad se reunía. Lucas no iría. Su don, pensaba mientras amasaba la greda con furia sorda, era invisible, intangible. ¿Qué era moldear cántaros comparado con las palabras ardientes de Apolos, o con la sabiduría serena que emanaba de Priscila? Su silencio en las asambleas era un muro tan grueso como los de su taller.
Aquella mañana, la discusión en la casa de Cayo había dejado un regusto amargo. Sobre la mesa, tras el partimiento del pan, se habían acumulado no solo migajas, sino también quejas veladas. Téfilo, cuyo conocimiento de las escrituras hebreas era profundo, se había sentido menospreciado cuando una palabra de exhortación, apasionada pero algo confusa, lo había interrumpido. Marta, cuya manos sanaban fiebres con un toque y una oración fehaciente, miraba con cierta desconfianza a quienes hablaban en lenguas durante la plegaria, un sonido que a ella le resultaba estéril, un ruido de mercado lejano. Y entre todos, un susurro, una pregunta ponzoñosa que nadie formulaba en alto pero que todos respiraban: ¿quién era, en verdad, más necesario?
Lucas no supo de esto directamente. Se lo contó Marcos, el tejedor, que llegó a su taller al caer la tarde con un rostro desencajado. “Es como si el Espíritu nos hubiera dado dones distintos para dividirnos”, dijo, acariciando sin ver la curva perfecta de un ánfora recién horneada. “Cada uno cree que su luz es la que mejor alumbra. Y los que, como tú, callan, parecen no tener luz alguna”.
La frase se le clavó a Lucas como una esquirla. Trabajó hasta tarde, sus dedos siguiendo el ritmo de un malestar profundo. Al día siguiente, era día de asamblea. Contrario a su costumbre, fue. No se sentó entre la multitud, se quedó al fondo, apoyado en el dintel de la puerta, con las manos manchadas de barro seco, como un espectador ajeno.
Vio entonces el cuerpo, no la teoría. Vio a Téfilo explicar con paciencia infinita un pasaje de Isaías, hilando conceptos como perlas en un collar. Vio a Marta acercarse a un niño que tosía con un sonido seco, tomar su rostro entre sus manos, y orar en un susurro; la tos cesó como un fuego apagado por la lluvia. Escuchó a Apolos, cuyas palabras eran como antorchas, encender los corazones de unos jóvenes que llegaban con dudas. Observó a una mujer, Rút, que sin decir casi nada, parecía saber siempre quién necesitaba una vasija de agua, un pan, una mirada de consuelo que llegaba justo a tiempo. Y en un momento de silencio cargado, un hombre sencillo, un cargador del puerto, comenzó a hablar en una lengua áspera y musical, y al lado, Ana, la esposa de Cayo, encontró de pronto las palabras para traducir ese torrente sonoro en un canto de alabanza que hizo llorar a más de uno.
Desde su rincón, Lucas lo vio todo. Y vio, sobre todo, las conexiones invisibles. La sabiduría de Téfilo daba fundamento al fuego de Apolos. La sanación de Marta liberaba al cuerpo para que el alma pudiera escuchar la enseñanza. El servicio callado de Rút sostenía el espacio para que los dones más visibles pudieran florecer. Y aquella lengua ininteligible, traducida, expresaba lo que el razonamiento no podía capturar. Era un organismo. Un cuerpo.
Al final, fue Priscila quien habló. No con un discurso preparado, sino como quien resume una verdad que ha estado latiendo en la sala. “Hermanos”, dijo, su voz clara como agua de manantial. “Mirad vuestras propias manos. ¿Puede el oído decir a la mano ‘no te necesito’? ¿O el ojo, arrogante, despreciar al pie porque no contempla la belleza? Un cuerpo tiene muchos miembros, y todos son necesarios. Los que parecen más débiles, son en verdad indispensables. Los que consideramos menos presentables, los vestimos con mayor cuidado. Porque el Espíritu no se reparte por categorías de honor. Sopla donde quiere. Y a cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común”.
Lucas miró sus propias manos. Manos que no sanaban, que no explicaban, que no hablaban lenguas. Manos que tomaban el barro informe y, con una presión sabia, paciente, lo convertían en un recipiente capaz de contener algo. Un vaso para el agua que calmaría la sed del que enseña. Una copa para el vino de la fiesta. Un jarro para llevar aceite al que estaba débil.
Al salir, el sol de la tarde doraba las calles de Corinto. Marcos caminaba a su lado, aún rumiando las palabras. “Yo tejo lana”, dijo, casi para sí mismo. “¿Qué don es ese?”.
Lucas se detuvo frente a su taller. El olor a arcilla lo recibió como una verdad antigua. “¿Tu manto no abrigó a Téfilo la noche que estuvo enfermo? Sin él, quizás su voz se habría apagado por la fiebre. Tu tejido lo cubrió. Mi barro contiene. El fuego de Apolos calienta, pero necesita un hogar donde encenderse. Las palabras de Priscila iluminan, pero requieren oídos que las escuchen, y cuerpos presentes para escucharlas. No hay don pequeño. Solo miopía nuestra”.
Entró en su taller. Al día siguiente, sin decir nada a nadie, comenzó a trabajar en una pieza distinta. No un cántaro utilitario, sino una lamparilla de aceite, de una forma bella y delicada. La modeló con esmero, pensando en la luz que contendría. No era la luz. Solo era el barro que la sostenía. Pero sin él, la luz se derramaría en el suelo y se apagaría. Cuando la hubo horneado, la pulió con cariño y la llevó a la casa de Cayo. La colocó, vacía aún, en un nicho de la pared.
Nadie hizo comentarios. Pero esa noche, cuando Ana la llenó de aceite y encendió la mecha, una llama cálida y constante iluminó los rostros reunidos. Y Lucas, sentado ahora entre ellos, no como espectador, sino como miembro, supo que sus manos, calladas y llenas de cicatrices, tenían su lugar exacto, su porción sagrada, en el cuerpo vivo que, unido por un mismo Espíritu, latía en la penumbra de Corinto. La lamparilla de barro cocido ardía, firme, sin pretender ser el fuego, pero siendo, en su humilde fidelidad, indispensable para que el fuego no se perdiera en la oscuridad.




