Biblia Sagrada

El Lavado de Pies y la Sombra de Judas

El aire en la estancia superior era denso, cargado con el aroma de las hierbas amargas, el pan sin levadura y el vino espeado. Una luz anaranjada y titilante de las lámparas de aceite bailaba sobre los rostros de los hombres reclinados alrededor de la mesa baja, alargando sus sombras sobre las paredes encaladas. Había una tensión sorda, un peso que iba más allá de la solemnidad de la Pascua. Jesús estaba entre ellos, y en sus ojos, a diferencia de otras veces, se podía ver una fatiga profunda, una tristeza antigua y, a la vez, una determinación absoluta.

La conversación era un murmullo disperso. Discutían, como a menudo, sobre quién de ellos sería el mayor en el reino que todos, en el fondo, aún esperaban ver desplegarse con poder en Jerusalén. Judas Iscariote permanecía callado, cerca del maestro, sus dedos jugueteando nerviosos con el borde de su túnica. Pedro, siempre impetuoso, hacía ademanes amplios mientras hablaba en voz baja con Juan, quien, reclinado a la derecha de Jesús, parecía captar cada cambio en la expresión de su maestro.

De repente, Jesús se levantó. La conversación se apagó. Con movimientos pausados, se despojó de su manto exterior, quedándose con la túnica sencilla de trabajo. Todos lo observaron, confundidos. Vio luego una jofaina de barro cocido, cerca de la puerta, y la tomó. Sin pronunciar palabra, fue hacia la gran vasija de agua que habían usado para las abluciones rituales antes de la cena y comenzó a llenar la jofaina. El sonido del agua al caer era el único ruido en la habitación.

Luego, con la jofaina entre sus manos, se acercó a donde estaban reclinados. Se arrodilló. El crujido de sus rodillas contra el suelo de piedra fue un chasquido seco. Tomó los pies de uno de los discípulos, pies cubiertos del polvo seco y el estiércol de las calles de Jerusalén, pies cansados y agrietados. Y comenzó a lavarlos.

No fue un acto ceremonial, rápido y distante. Fue íntimo, minucioso. Con sus propias manos, fuertes de carpintero, enjugó la suciedad. El agua clara se volvió turbia. Los secó con la toalla que se había ceñido a la cintura. El discípulo, probablemente uno de los menores, quizás Felipe o Bartolomé, tenía los ojos llenos de lágrimas, demasiado conmovido para hablar. Un silencio espeso, incómodo, avergonzado, llenó la estancia. Cada hombre miraba sus propios pies, pensando que debió haber sido él quien realizara ese acto de servidumbre, no el maestro.

La secuencia se repitió. Uno a uno. El agua sucia se tiraba y se volvía a llenar la jofaina. El sonido del agua limpia, el roce de la tela áspera sobre la piel. Jesús llegó a Pedro. Pedro, que lo había estado observando con una mezcla de horror y fascinación, no pudo contenerse más.

—Señor —dijo, su voz áspera rompiendo el silencio—, ¿tú me vas a lavar los pies a mí?

Jesús lo miró, y en sus ojos había una ternura infinita. —Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora —respondió, sus palabras cayendo suaves pero firmes—, pero lo entenderás después.

Pedro, con su típica vehemencia, sacudió la cabeza. —¡No! Jamás me lavarás los pies.

Entonces Jesús se quedó quieto, aún arrodillado, y su voz adquirió una gravedad que hizo temblar a todos. —Si no te lavo, no tienes parte conmigo.

La declaración cayó como una losa. No era una cuestión de higiene o cortesía. Hablaba de comunión, de pertenencia, de algo esencial. Pedro, aturdido por la severidad de las palabras, reaccionó con el corazón por delante, como siempre. —¡Señor, entonces no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!

Una sonrisa triste asomó a los labios de Jesús. Mientras reanudaba su tarea, explicó: —El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está todo limpio. Y vosotros estáis limpios… aunque no todos.

Su mirada, por un instante fugaz pero cargado de un dolor insondable, recorrió el círculo y se posó en Judas. Luego bajó la vista de nuevo hacia los pies de Pedro. Los lavó. Los secó. El acto estaba lleno de una tristeza profunda.

Cuando terminó con todos, se levantó, se puso el manto y volvió a su lugar. Su ropa tenía manchas de agua y polvo. Se reclinó de nuevo y los miró a todos, uno por uno. La lámpara hacía brillar la humedad en sus ojos.

—¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? —preguntó, su voz ahora baja, pedagógica—. Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado un ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.

Hizo una pausa, dejando que el peso del acto, ahora transformado en mandamiento, se asentara en sus corazones. No era una sugerencia. Era el fundamento de un nuevo reino, un reino al revés, donde la grandeza se medía en jofainas de agua y toallas sucias.

—En verdad, en verdad os digo —continuó, y la fórmula solemne hizo que se estremecieran—: ningún siervo es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo ponéis en práctica.

El aire pareció aclararse un poco, aunque la sombra de lo no dicho aún planeaba. Juan, el más joven, reclinado a su lado, casi podía sentir el latido del corazón de Jesús, un latido acelerado y pesado. Luego, con un tono que partía el alma de quien lo entendiera, Jesús añadió, hablando ya no del servicio, sino de la traición inminente: —No hablo de todos vosotros; yo sé a quiénes he elegido. Pero tiene que cumplirse la Escritura: «El que comparte mi pan ha alzado contra mí su talón». Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.

Una ola de inquietud, de murmullos incrédulos, recorrió la mesa. «¿Quién? ¿De quién habla?» Pedro, angustiado, hizo una seña a Juan, que estaba más cerca. «Pregúntale de quién está hablando.» Juan, inclinándose ligeramente hacia atrás, hasta apoyar la cabeza en el pecho de Jesús, susurró: —Señor, ¿quién es?

Jesús, con un movimiento casi imperceptible, mojó un bocado de pan en el plato común, un trozo untado en el *harosset*, la mezcla dulce de frutos y vino. Y se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón. El gesto, en otro contexto, habría sido de especial honor y cariño. En ese momento, fue un signo terrible y silencioso. —Lo que vas a hacer —dijo Jesús, sin levantar la voz, en un tono que sólo Judas pudo oír claramente—, hazlo pronto.

Ninguno de los otros comprendió el significado. Algunos pensaron que, como Judas era el tesorero, Jesús le encargaba comprar algo para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas tomó el bocado. Sus ojos se encontraron con los de Jesús por un segundo. En ellos no hubo ira, sino un dolor tan profundo que era como mirar a un abismo. Luego, Judas se levantó con brusquedad. La puerta de madera se abrió y se cerró. Y se fue. Era de noche.

Y cuando se fue, Jesús, con una extraña paz en el rostro, como si un peso se hubiera decidido, dijo a los once que quedaban: —Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en él.

Afuera, en las calles oscuras de Jerusalén, los pasos de Judas se perdieron en la distancia. Adentro, en la estancia superior, el olor a pan y vino se mezclaba con el aroma del agua derramada y la tierra limpia. El maestro estaba con los suyos, y la hora, la hora hacia la que todo había convergido, había llegado por fin.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *