El aire en Cesarea olía a sal y a polvo. No era el olor de Roma, a humo denso y piedra caliente, sino algo más áspero, cargado de la promesa del mar y la desazón de una provincia lejana. Yo, Porcio Festo, acababa de pisar ese suelo, con el peso del gobierno de Judea sobre mis hombros y el eco de las advertencias de Roma en mis oídos. Todo aquí era transacción y tensión contenida.
Mi predecesor, Félix, me esperaba con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Se le notaba el alivio por partir, pero también una inquietud sorda, como la de un hombre que deja un asunto sin cerrar. En los saludos protocolarios, entre vasos de vino aguado, su conversación derivó, casi sin querer, hacia un asunto concreto.
—Hay un prisionero —dijo, jugando con el borde de su taza—. Un tal Pablo, de Tarso. Los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos presentaron acusaciones contra él cuando estuve en Jerusalén. Reclamaban sentencia de muerte.
Aquello despertó mi interés. Los problemas de jurisdicción eran el pan nuestro de cada día. —¿Y de qué se le acusa?
Félix hizo un gesto vago, evasivo. —Cuestiones de su ley, de un tal Jesús, ya sabes. Y de sedición, claro. Siempre alegan sedición. Lo he tenido aquí, bajo custodia ligera. Un hombre peculiar, te lo aseguro.
Peculiar. La palabra resonó en mí durante los días siguientes, mientras tomaba posesión de mi despacho y olía el pergamino de los informes pendientes. Una semana no había pasado cuando, tal y como Félix me había anticipado, una delegación de Jerusalén descendió sobre Cesarea. Venían con pompa y severidad: el orador Tertulo, de labios ungidos de retórica barata, y Ananías, el sumo sacerdote, con sus vestiduras de lino impecable y una mirada dura como el pedernal.
La audiencia se celebró en la sala de audiencias. La luz entraba a raudales por las ventanas altas, iluminando el polvo que danzaba en el aire. Tertulo comenzó su discurso con una adulación tan excesiva que resultó grotesca. “Viviendo en gran paz gracias a ti, y reformándose esta nación por tu prudencia…” Parecía un actor de una mala comedia. Luego vino el meollo: Pablo, según él, era una plaga, un promotor de sediciones entre todos los judíos del mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos; que incluso había intentado profanar el templo.
Los otros asentían con rostro grave. Yo observaba. Había visto muchos acusadores en mi carrera, y estos tenían la vehemencia del rencor personal, no la frialdad de la justicia.
Entonces, hice señas a Pablo. El hombre que se levantó no se parecía en nada al agitador que Tertulo había pintado. Era de baja estatura, con la frente amplia y los ojos de una intensidad desconcertante. No había miedo en ellos, sino una atención serena. Cuando habló, su voz era clara, sin la teatralidad de su acusador.
—Conozco que desde hace muchos años eres juez de esta nación, así que con buen ánimo haré mi defensa.
Su discurso no fue una apelación emotiva, sino una enumeración meticulosa de hechos. No había perturbado a nadie, ni amotinado multitudes en el templo o en las sinagogas. No blasfemaba. Su creencia, afirmó, era en el Dios de sus padres, siguiendo el Camino que ellos llamaban una secta. Creía en la Ley y en los Profetas. Tenía una esperanza en Dios, la misma que sus acusadores también abrigaban: la resurrección de los justos y de los injustos.
—Por eso —dijo, clavándome esos ojos— yo mismo procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.
Hubo algo en la manera en que dijo “conciencia” que me hizo reflexionar. No era la palabra de un político o un revolucionario. Era la de un hombre para quien lo interior y lo exterior eran un mismo territorio. Luego, se refirió a su viaje a Jerusalén para llevar limosnas y ofrendas, a su purificación en el templo, y a cómo unos judíos de Asia, que no se presentaban ahora aquí, lo habían acusado falsamente. Su relato tenía una coherencia interna que la acusación de Tertulo carecía.
La cuestión teológica, la de la resurrección, fue lo que dividió a la sala. Vi cómo Ananías y los suyos se ponían tensos. Pablo, con astucia, había situado el debate en un terreno donde sus enemigos no estaban unidos. Algunos fariseos, si es que estaban allí, quizás simpatizaran en ese punto.
Todo aquello era demasiado judío para mí. Yo no estaba allí para dirimir disputas sobre profetas o resurrecciones. Mi trabajo era el orden. Y en el relato de Pablo no había una amenaza para el orden romano. La acusación de sedición se desvanecía como humo. No había testigos de cargo, solo rumores y odios teñidos de religión.
Félix, que había estado escuchando con una pasividad estudiada, tomó entonces la palabra. No queriendo enredarse más en aquel laberinto, aplazó la decisión. —Cuando descienda el tribuno Lisias —dijo—, decidiré vuestro asunto.
Fue una excusa pobre. Lisias probablemente nunca sería llamado. Era una forma de ganar tiempo, de dejar el problema en suspenso. Ordenó que Pablo permaneciera bajo custodia, pero con cierta libertad y sin impedir que sus amigos lo asistieran.
Los días se hicieron semanas. A veces, en la intimidad de sus aposentos, Félix mandaba llamar a Pablo, acompañado de su esposa Drusila, que era judía. Lo escuchaban hablar sobre la fe en Cristo Jesús. Pablo no adulaba. Hablaba de justicia, de dominio propio, y del juicio futuro. Recuerdo una tarde que pasé por allí; la puerta estaba entreabierta y oí su voz, firme y sin concesiones: “Al discurrir Félix sobre estas cosas, se espantó…”
Félix se espantaba, sí. Pero no se convertía. Había en él una curiosidad malsana y una ambición mezquina. En una ocasión, insinuó que con un soborno adecuado, Pablo podría encontrar la libertad. La mirada de desprecio silencioso del prisionero debió de quemarle más que cualquier reproche. Pablo se limitó a negar con la cabeza, un gesto que contenía toda la distancia infinita entre un alma que teme a Dios y un hombre que solo teme perder su puesto.
Así pasaron dos años enteros. Dos años de visitas esporádicas, de conversaciones que dejaban a Félix intranquilo, y de un prisionero que escribía cartas, recibía visitas y, según mis informes, convertía a algunos de sus propios guardias con su conducta y sus palabras. Félix, al final, dejó el asenso en el aire, como un problema sin resolver, un sabor amargo que legaba a mí. Cuando partió, dejó a Pablo en la cárcel, como un regalo envenenado para su sucesor, para ganarse el favor de los judíos.
Ahora el problema era mío. Aquel hombre seguía en su celda, con sus pergaminos y su inquebrantable paz. Yo caminaba por las murallas al atardecer, viendo cómo el mar se teñía de púrpura. ¿Qué hacer con un hombre cuyo único delito era creer en una resurrección y predicar una vida recta? Las acusaciones eran débiles, la ley no hablaba claro. Pero liberarlo sería prender una mecha en el polvorín de Jerusalén.
El aire seguía oliendo a sal y a polvo. Y en el corazón de la fortaleza, un hombre pequeño, con ojos de fuego tranquilo, esperaba. No suplicaba. Solo esperaba. Y en su esperar, sin saberlo yo aún, estaba escribiendo con su paciencia una página más larga y más profunda que todos los edictos de Roma. Una página que yo, Porcio Festo, tendría que leer muy pronto, cuando un tal rey Agripa llegara a visitarnos. Pero esa es otra historia.




