El calor de mediodía en Tekoa no era solo una sensación; era una presencia. Un peso inmóvil que aplanaba las colinas pardas y hacía titilar el aire sobre los pedregales. Yo, un pastor de ovejas como tantos otros, buscaba la sombra escasa de una roca, el agua tibia del odre. Pero esa tarde, la quietud no traía paz. La tierra misma parecía contener la respiración.
Desde hacía tiempo, algo se agrietaba en el reino. No eran solo las noticias que llegaban de Samaria, de lujos absurdos y fiestas interminables en palacios de marfil. Era algo más profundo, un mal olor que subía incluso hasta estas alturas agrestes. Lo veía en los mercaderes que pasaban por el camino, con sus sonrisas afiladas y sus medidas falsas. Lo escuchaba en las oraciones mecánicas de los que subían al santuario de Betel, más preocupados por ser vistos que por ser escuchados. Israel respiraba autoengaño, y el aire se hacía irrespirable.
Fue en ese silencio sofocante donde la Palabra me encontró. No con truenos, sino con una certeza que se enraizó en mis huesos, clara e inexorable como el paso del sol. Era como si el velo de lo cotidiano se rasgara, y yo pudiera ver los hilos que unían causa y efecto, culpa y castigo. Y las preguntas comenzaron a formarse dentro de mí, no como dudas, sino como martillazos de una verdad terrible.
¿Acaso dos hombres caminan juntos si no se han puesto de acuerdo? La respuesta era obvia. Vi en mi mente a los magnates de Samaria y a los sacerdotes de Betel, caminando en una siniestra concordia, pactando en la sombra para oprimir al pobre y prostituir la justicia. Eran cómplices.
¿Ruge el león en la espesura sin haber presa alguna? El rugido que yo sentía era el de la justicia del Santo de Israel, que no podía permanecer callada ante tanta podredumbre. Su presa era una nación renegada.
¿Cae un pájaro en la trampa en tierra si no hay cebo para él? ¡Y cómo se habían tragado Israel el cebo! El cebo de la prosperidad vacía, de la idolatría disfrazada de culto, de la opresión vestida de comercio legítimo. Habían picado, y la trampa, construida con sus propios pecados, estaba a punto de cerrarse.
Las imágenes se sucedían, implacables. El sonido del cuerno de guerra en la ciudad que hacía estremecer a sus habitantes. La calamidad que no viene sin que el Eterno la haya decretado. Porque Él, el Señor de los Ejércitos, no actúa a la ligera. Su revelación a sus siervos los profetas era el último aviso, el toque de trompeta antes del derrumbe.
Y entonces la visión se hizo más concreta, más aterradora. No era una abstracción. Vi, como si estuviera en la muralla, a un enemigo poderoso rodeando a Samaria. No un nombre aún, pero sí su sombra alargada y fría. Y la voz dentro de mí declaró, con una tristeza infinita y una justicia feroz: “Como el pastor arranca del hocico del león dos patas o la punta de una oreja, así escaparán los hijos de Israel que en Samaria se sientan en el borde del lecho y en Damasco sobre tapices”.
El sarcasmo era un puñal. La salvación sería irrisoria, mezquina. No una liberación, sino el rescate de migajas después del desastre. Solo unos pocos, los que vivían en la opulencia más obscena –tendidos en lechos de marfil, despreocupados en sus divanes– lograrían salvar apenas la vida, como esos restos insignificantes que el pastor muestra para probar que la oveja fue devorada. Su lujo sería su testimonio de culpa.
La voz me impulsó a proclamarlo. “¡Id a escuchar, y declamad contra los palacios de Asdod y los palacios de Egipto!”. Que incluso los filisteos y egipcios, paganos y opresores, fueran testigos de la caída de Israel. Que vieran el desorden y la violencia atesorados en aquellos palacios suntuosos. “No saben hacer lo recto –retumbó la palabra–. Atesoran en sus fortalezas violencia y rapiña.”
Por eso, así dice el Señor: “Un enemigo cercará la tierra. Derribará tu poderío, y serán saqueados tus palacios.” La opulencia sería el botín de otros. El marfil, los tapices, los banquetes, todo ardería o sería cargado en carros extranjeros.
Era como si un pastor, al ver el cielo ennegrecerse y oler la tormenta en el viento, supiera con toda certeza que el granizo aplastará los rebaños. Yo lo sabía. Lo veía. La parábola final fue la más desoladora: “Como libra el pastor de la boca del león un par de patas o una punta de oreja, así librarán a los hijos de Israel los que se sientan en Samaria, junto a un rincón del lecho y al final de un diván.”
El sol comenzaba a inclinarse, tejiendo largas sombras sobre las colinas de Judá. El peso de la Palabra seguía sobre mis hombros, una carga dulce y amarga. Me levanté. El rebaño esperaba. La rutina llamaba. Pero nada sería igual. El rugido del León de Judá resonaba en mis oídos, y el silencio que volvía a descender sobre Tekoa ya no era simple quietud. Era la calma tensa y espesa que precede al juicio. Y yo tenía que bajar a decirlo.




