Biblia Sagrada

El Renuevo del Tocón de Jesé

El calor aquel verano fue de los que quedan en la memoria de los huesos. El polvo, un manto pesado sobre Judá, se colaba por las rendijas de las casas y secaba la garganta hasta el sollozo. Desde mi ventana, en lo que quedaba de la casa de mi padre, veía el valle morir lentamente. Los olivos, retorcidos como ancianos en agonía, apenas daban sombra; las viñas se aferraban a la tierra agrietada con un tesón desesperado. No era solo la sequía. Era el reino mismo, podrido desde la raíz como un tronco carcomido. Hablaban los ancianos en la plaza, con voces quebradas, de los días de David, de una gloria que a nosotros nos sonaba a fábula. Yo, Ammiel, hijo de un carpintero que tallaba leones en las vigas de las casas de los ricos, solo sabía tallar la esperanza en astillas cada vez más pequeñas.

Mi abuelo, ciego ya, pasaba las tardes en el umbral. Sus ojos lechosos parecían mirar más allá de las colinas calcinadas. Una tarde, mientras el sol se derretía en un cielo de cobre, su mano, nudosa como la raíz de una encina, se cerró sobre mi muñeca.
—No es el fin, niño —murmuró, y su voz era el crujir de pergamino viejo—. El hacha está puesta a la raíz de los árboles, sí. Pero de aquel tocón seco, del tocón de Jesé, brotará un vástago.
Yo no supe qué responder. Jesé, el padre del rey David. Ese linaje era ahora un árbol caído, olvidado bajo el polvo de los reinos poderosos. Pero en sus palabras había un eco, una vibración extraña que no venía de él, sino de algo más hondo, como si la tierra misma susurrara por su boca.
—Un retoño —insistió—. Y sobre él reposará el Espíritu. No el espíritu de los reyes que has conocido, de espada y de intriga. Otro. El espíritu de sabiduría y de inteligencia, el de consejo y de poder, el de conocimiento y de temor del Señor.

Aquella frase, como una semilla llevada por el viento del desierto, se me quedó enterrada. La vi cada día al recoger leña: el tocón seco del viejo almendro, talado hacía años, junto al cual, sin que nadie lo plantara, había brotado un renuevo tierno y obstinado. No era metáfora; era un hecho terco de la tierra.

Los tiempos se encrudecieron. El rey de Asiria era un nombre que pronunciábamos en voz baja, como una enfermedad. La injusticia campaba en las puertas de la ciudad; el pobre cambiaba su manto por un pedazo de pan rancio, y el juez se untaba las manos con aceite de soborno. La violencia era un animal suelto, olisqueando en cada callejón. Yo mismo, una noche, me escondí entre los toneles del mercado al oír los gritos de los soldados borrachos. El mundo era un lobo, y nosotros, las ovejas mudas.

Hasta que llegó Elías, el profeta errante. No era como los otros. No gritaba maldiciones desde lo alto de una roca. Se sentaba junto al pozo, al anochecer, y hablaba. Hablaba de un hombre que vendría. No con ejércitos, sino con un soplo en los labios. Un hombre que juzgaría, sí, pero no con espada, sino con una vara de su boca. Con la vara de sus palabras. Juzgaría con justicia a los pobres, y daría un veredicto honrado en favor de los humildes de la tierra. Con el aliento de sus labios, decía Elías con una calma aterradora, mataría al malvado. Lo imaginé, sentado en un trono que no era de oro, tal vez bajo la sombra de aquel almendro renacido. No pronunciando sentencias, sino exhalando verdad, y esa verdad, al tocar la mentira, la disolvía como el viento disuelve el humo.

Y entonces, Elías contó lo imposible. Lo contó con los ojos brillantes, no con frenesí, sino con una certeza serena que helaba la sangre. Dijo que llegaría un día en que el lobo viviría con el cordero. Que el leopardo se echaría con el cabrito. Que un niño pequeño los guiaría a todos. Que una vaca y una osa pacerían juntas, y sus crías dormirían en el mismo suelo. Que el león comería paja como el buey. Y que un niño de pecho jugaría junto al agujero de la cobra, y un recién destetado metería la mano en la guarida de la víbora.

La gente calló. Algunos sonrieron con condescendencia. Yo miré mis manos, callosas por la gubia y el martillo. Pensé en los lobos que aullaban en los montes de Moab, en el brillo feroz de sus ojos al robar un corderito. Eso no era paz. Era un milagro mayor que la creación misma. Era la naturaleza desandando su camino, volviendo a un jardín del que solo quedaba el eco en nuestros sueños más profundos.

—No harán daño ni estrago en todo mi santo monte —dijo Elías, levantándose, y su sombra fue larga en el crepúsculo—. Porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar.

Se fue al día siguiente, rumbo al norte. Yo me quedé mirando el valle. El mismo polvo, el mismo calor, los mismos olivos sedientos. Pero nada era igual. La promesa no era un escudo contra el presente; era una raíz de agua viva bajo el desierto. Un día, el renuevo del tocón de Jesé crecería. Su justicia sería un manto que cubriría la tierra, no hecho de hilos, sino de actos. Y entonces, de algún modo que mi mente de carpintero no podía tallar, el lobo y el cordero compartirían la sombra. No por pacto, sino porque la esencia misma del lobo habría cambiado. Porque el conocimiento de Dios no sería una ley escrita, sino una realidad tan palpable, tan envolvente, como el aire que respiraríamos.

A veces, al atardecer, me acerco al almendro nuevo. Pongo la mano sobre su corteza aún lisa. Y espero. No con la ansiedad del que aguarda un ejército, sino con la paciencia del que ha visto brotar vida de la madera muerta. Espero el día en que la justicia sea el horizonte, y la paz, el suelo que pisemos. Un día que no es de este tiempo, pero que echa ya, desde algún lugar oculto del futuro, una larga y fresca sombra sobre nuestro presente calcinado.

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