Había un hombre en Masá, un lugar áspero donde el viento soplaba trayendo consigo el polvo del desierto y el susurro de antiguas historias. Se llamaba Agur, hijo de Jaqué, y sus palabras no eran como las de los demás sabios. No se sentaba en los pórticos de las ciudades importantes; su escuela era el umbral de su propia choza, bajo un cielo infinito y despiadadoamente claro.
Sus ojos, surcados de arrugas profundas como lechos de ríos secos, habían visto demasiado y entendido muy poco, o al menos eso decía él. Los jóvenes que a veces se acercaban, buscando un proverbio pulido, se encontraban en cambio con un hombre que escupía fatiga y asombro en igual medida.
“¡Ay, estoy más cansado que una bestia de carga!” comenzaba, y su voz era áspera, sin la melodía de los cantores. “Soy el más torpe de los hombres, y no tengo la inteligencia de un ser humano. No he aprendido sabiduría, ni conozco la ciencia de los santos.”
Callaba, y el silencio pesaba más que sus palabras. Uno de los jóvenes, un muchacho de nombre Eliab, se atrevió a murmurar: “Pero maestro, tú nos enseñas…”
Agur lo miró, y en su mirada no había complacencia, sino una hondura de piedra. “¿Quién subió al cielo y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un manto? ¿Quién afirmó todos los confines de la tierra? Dime su nombre, y el nombre de su hijo, si lo sabes.”
La pregunta quedó flotando, como un halcón inmóvil en el aire caliente. No era un acertijo para resolver, sino un muro contra el que estrellar la propia certeza. Eliab bajó la cabeza. Agur suspiró, un suspiro que venía de los huesos. “Toda palabra de Dios es acrisolada; él es escudo para los que en él confían. No añadas a sus palabras, no sea que te reprenda, y seas hallado mentiroso.”
La enseñanza no venía en parábolas adornadas, sino en imágenes grabadas con fuego. “Dos cosas te he demandado; no me las niegues antes que muera: aleja de mí la falsedad y la mentira; no me des pobreza ni riqueza; manténme con el pan necesario. No sea que, estando saciado, te niegue y diga: ‘¿Quién es Jehová?’ O que, siendo pobre, hurte y blasfeme el nombre de mi Dios.”
Era una oración extraña, práctica, que olía a tierra y a sudor. No pedía elevaciones místicas, sino el equilibrio precario de un día tras otro, la línea tenue donde un hombre podía permanecer fiel.
Luego, su mente, ágil a pesar de sus protestas de ignorancia, comenzaba a vagar por el mundo que lo rodeaba. No era la sabiduría de los libros, sino la de la mirada atenta. “Hay generación que maldice a su padre y a su madre no bendice,” murmuraba, viendo quizás, en el polvo del camino, la huella de unos pies jóvenes que huían del hogar. “Generación limpia en su propia opinión, pero no se ha lavado de su inmundicia.” Sus ojos se posaban en los mercaderes arrogantes que pasaban por el camino, vestidos de lino fino y autosatisfacción.
“Generación cuyos ojos son altivos, y cuyos párpados son alzados.” Lo decía mirando fijamente a los oficiales del rey que alguna vez galoparon por allí, sin ver la tierra ni a los que en ella vivían.
“Generación cuyos dientes son espadas y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra y a los menesterosos de entre los hombres.” Aquí, su voz se teñía de una amargura antigua, y su mano, callosa y nudosa, se cerraba lentamente.
Entonces, como si el horror de lo humano fuera demasiado, volvía su mirada a lo pequeño, a lo humilde, donde encontraba un orden que lo consolaba. “Tres cosas hay que nunca se sacian; aun la cuarta nunca dice ‘¡Basta!’: el sepulcro, la matriz estéril, la tierra que no se sacia de agua, y el fuego que nunca dice ‘¡Basta!’”
Los jóvenes lo seguían, intentando ver el mundo con sus ojos. Veían la avispa que zumbaba, el insecto que se arrastraba. “Tres cosas me son ocultas; aun la cuarta no la entiendo: el rastro del águila en el aire, el rastro de la serpiente sobre la peña, el rastro de la nave en alta mar, y el rastro del hombre en la doncella.”
Eliab sonrió ante esto último, un destello de juventud en medio de tanta gravedad. Agur no sonrió. Lo decía con la misma seriedad con que hablaba de Dios. Todo misterio, grande o pequeño, merecía respeto.
Y llegaban las listas, esas enumeraciones que son como un catálogo de la creación observado por un poeta cansado. “Tres cosas hay de excelente andar; aun la cuarta pasea muy bien: el león, fuerte entre todos los animales, que no vuelve atrás por nadie; el lebrel, irónico; el macho cabrío; y el rey a quien nadie resiste.”
No eran moralejas obvias. Eran destellos. El andar seguro del león, la agilidad del galgo, la majestad inapelable del chivo liderando el rebaño, y la fuerza terrible de un rey. Agur los unía no por moral, sino por una cualidad pura de ser: la presencia irrevocable.
Luego, bajaba la vista. “Tres cosas hay que andan bien; aun la cuaternary anda muy bien: el águila, la serpiente, el barco en el corazón del mar, y el hombre con la doncella.” Era el eco del misterio anterior, pero ahora celebrando la gracia del movimiento, la belleza de un propósito cumplido.
Su voz se suavizaba, pero no perdía filo. “Tres cosas hay cuya marcha es stately, cuatro que se mueven con porte majestuioso: el león, el más fuerte de los animales, que no retrocede ante nada; el gallo, segura de sí; el macho cabrío; y un rey con su ejército.”
Y entonces, la advertencia, súbita como un latigazo. “Si has sido necio en enaltecerte, o si has pensado mal, pon la mano sobre tu boca. Porque como batir la leche produce mantequilla, y como torcer la nariz produce sangre, así el provocar la ira produce contienda.”
La lección terminaba así, sin florituras. Con la imagen tangible, casi violenta, de las consecuencias. Agur se levantaba, sus huesos crujiendo, y se dirigía hacia el interior de su choza, dejando a los jóvenes con el sabor áspero de la verdad, no digerida, no adornada, sino presente como una piedra en la mano.
Nadie escribió sus palabras aquel día. Pero mucho después, cuando el viento de Masá ya no llevaba su voz, alguien recordó. Alguien que había estado allí, quizás Eliab, ya anciano también, las puso por escrito, respetando su aspereza, sus repeticiones, sus saltos de un tema a otro. No las suavizó. Porque en esa aspereza, en esa fatiga y en ese asombro que se negaba a ser domado, estaba la sabiduría más profunda: la del hombre que, mirando al abismo de su propia ignorancia, encontró, justo allí, la roca de una palabra en la que apoyarse. Una palabra que no era suya, pero que le fue prestada para el camino.




