El alba no llegó con estruendo, sino con un susurro. Sobre las colinas de Judá, el último velo de la noche se rasgó en una línea fina y pálida, como el borde de un cántaro de plata. Elías, ya viejo, con los huesos doloridos por el frío de la piedra donde había dormitado, abrió los ojos. No era el sueño lo que lo había despertado, sino una quietud tan profunda que parecía un sonido en sí misma. Se incorporó lentamente, la manta áspera resbalando de sus hombros. El rebaño, a sus pies, todavía era un conjunto de bultos grises y quietos.
Desde allí arriba, todo parecía esperar. No había viento. Las estrellas, esas fieles centinelas, empezaban a desteñirse. No se apagaban de golpe, no; era como si retrocedieran, cediendo el espacio con una solemnidad antigua. Elías recordó las palabras del salmo que su padre le enseñó, aquellas que hablaban de los ejércitos celestiales. “Alabadle, sol y luna.” Las pronunció en voz baja, y su aliento se hizo vapor en el aire frío. Y entonces, como si hubieran estado aguardando esa señal, el sol asomó.
No fue un disco anónimo. Fue una aparición. Primero, un fulgor que doró las nubes más altas, esas que parecen hilachas de lana sucia. Luego, un arco de fuego líquido que se derramó sobre la cresta de la montaña de enfrente, prendiendo las rocas de granito como si fueran carbones. Elías contuvo la respiración. Era una alabanza. No hacía falta que el astro gritara; su mera presencia, ese fuego silencioso y constante que todo lo bañaba, era un himno. Una declaración de ser, de orden, de fidelidad a un curso establecido desde antes de los siglos.
Y la luna, pálida y trémula en el cielo que aún era índigo en el poniente, no huyó avergonzada. Se quedó, suspendida como una moneda de plata desgastada, compañera discreta en este traspaso de guardia. “Alabadle, lumbreras todas.” Pensó Elías. Sol y luna, dueños del día y la noche, uno en su fuerza, otra en su reflejo, ambos cantando sin palabras la gloria del que los puso allí.
El rebaño comenzó a moverse. Un balido ronco, el choque de un cencerro. La vida en la tierra despertaba. Y con ella, el viento. No sopló de pronto; nació de las laderas, un rumor que creció desde las profundidades de los valles, trepando por las laderas como una exhalación del suelo mismo. Jugueteó con las matas de tomillo y romero, liberando una fragancia agria y dulce a la vez. Acarició la barba cana de Elías, le secó la humedad de los ojos. “Vientos de tempestad, alabadle.” Este no era el viento destructor del desierto, sino el aliento de la tierra, el mensajero que llevaba el olor de la flor de almendro y el sabor salado del mar lejano.
Y de las grietas de las rocas, de las ramas de los escasos pinos retorcidos, empezó el coro. No fue un concierto organizado. Un gorrión comenzó, con un trino abrupto y alegre. Le respondió, desde un matorral más denso, el silbido claro de un mirlo. Luego, el graznido áspero de una chova piquirroja, cruzando el valle como una flecha negra. “Aves todas, alabadle.” Elías sonrió. Cada una con su voz discordante, su ritmo propio, su motivo. Unas gorjeaban por el simple gozo del día nuevo; otras, quizás, por la comida, por el amor, por el territorio. Pero en la garganta de cada una, en ese instinto ciego y perfecto que las hacía romper a cantar con la luz, había alabanza. Era una sinfonía desordenada y bella, ofrecida sin saberlo al Creador que les dio la voz.
El sol ya estaba alto, y el mundo se revelaba en todo su esplendor. Elías bajó con el rebaño hacia un pequeño valle donde un arroyo, alimentado por las lluvias primaverales, aún corría. El agua no era un espejo quieto; cantaba también. Golpeaba las piedras, se arremolinaba en pozas, susurraba sobre la grava. “Fuentes, alabadle.” Y alrededor del agua, la vida se agolpaba. Las higueras extendían sus hojas, grandes y ásperas, como manos abiertas. Los cipreses se alzaban, rectos y oscuros, como columnas de un templo natural. “Montes y collados, árboles frutales y cedros.” No había distinción. La roca desnuda y dura, eterna, alababa con su permanencia. La flor efímera del azafrán silvestre, con su púrpura audaz, alababa con su fugacidad gloriosa.
Y llegaron las bestias. Un grupo de gacelas, tímidas, bajó a beber al otro lado del arroyo. Sus movimientos eran pura gracia, un ballet de músculos y nervios bajo el pelaje leonado. Una serpiente, un látigo de sombra, se deslizó entre las piedras, desapareciendo en su mundo de grietas. “Bestias y ganados, reptiles y volátiles.” Todo. Lo hermoso y lo que causa temor, lo dócil y lo salvaje. Todo proclamaba, con su mera existencia, la imaginación vasta y el poder fundacional de Dios.
Elías se sentó a la sombra de una roca, el corazón lleno de una emoción que no era suya solamente. Se sentía parte de un coro demasiado grande para abarcar. Él, un hombre viejo y cansado, con las manos curtidas y el alma marcada por pérdidas, era un verso más en este salmo cósmico. No el más importante. Quizás solo una nota baja, un suspiro en medio del gran himno. Pero incluido. “Los reyes de la tierra y todos los pueblos.” El salmo lo decía. Desde el sol incandescente hasta el gusano bajo la piedra, desde los ángeles en las alturas hasta el pueblo sencillo de Israel. Todo estaba convocado.
Cerró los ojos. Ya no veía solo con ellos. Percibía el latido de la creación, un pulso inmenso y diverso que era, en esencia, una sola palabra extendida en el tiempo: ¡Aleluya! No era un caos, sino un orden profundísimo. Una armonía donde el rugido del león lejano y el zumbido de la abeja próxima encontraban su lugar. Donde la nieve de los montes de Hermón y el vapor que subía de este valle judío eran parte de la misma respiración de la tierra.
Al atardecer, de regreso al redil, la alabanza cambiaba de tono, pero no cesaba. El cielo se encendía en rojos y naranjas, una despedida tan majestuosa como la llegada. Las primeras estrellas titilaban, tímidas al principio, luego con confianza. “Alabadle, cielos de los cielos.” Elías entendió entonces que esto no paraba. Su turno de vigilia, el de su vida, pronto terminaría. Pero el coro continuaría. Las aguas sobre el firmamento, los monstruos en las profundidades del abismo, las generaciones humanas por venir… todo estaba unido en esta inextinguible acción de gracias.
Se detuvo en la puerta de la cabaña, volvió la mirada al manto estrellado. Un hombre pequeño bajo un cielo infinito. Pero no se sintió insignificante. Se sintió invitado. Había pasado el día no pastoreando ovejas, sino escuchando. Escuchando el gran Salmo 148 hecho realidad, palabra por palabra, criatura por criatura. Y en su pecho, un viejo corazón de pastor latió con un ritmo nuevo, mezclándose, humilde pero cierto, con la sinfonía eterna de la alabanza.




