Biblia Sagrada

El Peregrino y el Templo del Regreso

El camino polvoriento ardía bajo el sol. No era el calor lo peor, ni la sed que rasgaba la garganta, ni siquiera la fatiga que pesaba en los huesos. Era el vacío, una sensación de lejanía que se hacía más profunda con cada paso que nos alejaba de las colinas de Judea. Mi nombre es Eliab, de la tribu de Benjamín, y llevaba tres lunas en la llanura costera, negociando con fenicios por telas y aceites. Los negocios habían sido buenos, prósperos incluso. Pero el alma… el alma estaba sedienta.

Caminaba ahora de regreso, solo, precediendo a la caravana. Era un viaje que hacía desde niño, pero esta vez la nostalgia tenía un filo cortante. Recordaba las palabras del salmo que los levitas cantaban en las gradas del Templo, aquel que habla de la añoranza de los atrios del Señor. «¡Qué amables son tus moradas, oh Señor de los ejércitos!». La frase me rondaba como un zumbido persistente, más constante que el rumor de los insectos en los matorrales secos. Anhelaba no la piedra dorada ni el incienso, sino la *shalom*, esa paz densa y tangible que se respiraba en los patios, esa certeza de estar, por fin, en el único lugar donde el corazón no era un forastero.

Atravesé el valle de los Robles, un lugar sombrío y húmedo que siempre me helaba la sangre. La tradición decía que por aquí había pasado el patriarca Jacob rumbo a un encuentro incierto. Era un valle de lágrimas, de esos que el salmo nombra y transforma. «Pasan por el valle de lágrimas y lo convierten en manantial». Yo no veía manantial alguno, solo barro seco y peñas desnudas. Pero al pensar en la meta, en Sión, algo se movía dentro de mí. La pena del viaje, la angustia de la distancia, empezaba a cambiar, a convertirse en la misma fuerza que empujaba mis pies. No era un escape del valle, sino una forma de santificarlo, de verlo ya no como maldición, sino como la primera parte del camino hacia la fiesta.

Al caer la tarde, encontré un pequeño grupo de peregrinos que descansaba junto a un pozo medio cegado. Eran de Hebrón, un viejo, su hija y dos niños pequeños. Compartimos pan y aceitunas saladas. El anciano, de ojos muy claros, señaló a unos pájaros que trazaban círculos veloces sobre nuestras cabezas, buscando un lugar para pasar la noche entre las grietas de un peñasco.

—Mira —dijo, con voz ronca por el polvo y los años—. El gorrión ha hallado una casa, y la golondrina un nido para sí, donde ponga sus polluelos. Ellos no dudan. Buscan, encuentran, reposan. Nosotros, que tenemos un altar y una promesa, a menudo vagamos como si nada nos llamara.

Sus palabras eran un eco directo del canto. Yo asentí, sin hablar. El gorrión y la golondrina. Criaturas frágiles, insignificantes, que sin embargo conocían el secreto: pertenecían. Y en su pertenencia, encontraban descanso. ¿No era esa la verdadera bienaventuranza? «Dichosos los que habitan en tu casa; te alabarán sin cesar». La bienaventuranza no era solo para los levitas que servían día y noche, pensé. Era para cualquiera que pusiera en Dios su fuerza, que tuviera los caminos en su corazón.

Al despedirnos al amanecer, el anciano me tomó del brazo. —La fortaleza aumenta a medida que se camina —musitó—. No es que uno sea fuerte para emprender el viaje, es que el viaje, si se hace hacia Él, te va haciendo fuerte.

Los siguientes días fueron una ascensión lenta, dolorosa, exultante. El aire empezó a cambiar, a hacerse más ligero y fresco. La vegetación se tornó más verde, aparecieron las primeras viñas en las laderas. Y entonces, una mañana brumosa, tras una última curva del camino, la vi. Allá arriba, envuelta en una neblina dorada por el sol naciente, la ciudad de David. Y en su centro, sobre el monte Moria, el Templo. No era un simple edificio; desde la distancia, parecía un corazón de luz latiendo en medio de las piedras grises. Una conmoción me sacudió el pecho, un sollozo seco que no llegó a romper en llanto. Allí estaba. El atrio, el altar, el lugar del propiciatorio.

La última legua la subí como en un sueño. Las piernas ya no dolían. El polvo de mis sandalias parecía sagrado. Al cruzar la puerta de las Ovejas y entrar al patio de los Gentiles, el mundo exterior se desvaneció. Un rumor bajo, un zumbado de oraciones, el leve tintineo de los címbalos de los levitas, el olor a pan de la proposición y a cera derretida… una sinfonía de lo sacro. Me acerqué al patio de Israel, donde solo podían llegar los varones. No dije nada. Me postré, tocando con la frente el suelo frío y pulido. No había palabras, solo una presencia abrumadora, dulce y terrible a la vez.

Un sacerdote anciano, al verme postrado tanto tiempo, se acercó y puso su mano un temblorosa sobre mi hombro. —Hermano —dijo suavemente—, levántate. Has llegado.

Al alzar la vista, mis ojos se encontraron con los suyos, llenos de una comprensión milenaria. «Un día en tus atrios vale más que mil fuera de ellos», murmuré, citando el final del salmo. El sacerdote sonrió, una sonrisa que parecía resumir todas las peregrinaciones de Israel.

—Prefiero estar en el umbral de la casa de mi Dios —contestó, completando el verso— que habitar en las tiendas de la maldad.

Y era cierto. No necesitaba estar en el Santo de los Santos. Bastaba con este umbral, este lugar de tierra firme bajo los pies después de tanto caminar incierto. El Señor de los ejércitos era sol y escudo. Él daba la gracia y la gloria. Y al hombre recto, al que confía, como a mí en ese instante, no le niega ningún bien.

Me incorporé. La fatiga del viaje se había transmutado en una paz profunda, un gozo silencioso y arraigado. Miré alrededor. Otros peregrinos llegaban, con sus rostros marcados por el camino y los ojos brillando con la misma luz que ahora sentía en los míos. No éramos espectadores. Éramos parte de la morada. Gorriones y golondrinas que, tras volar por valles áridos, por fin habían encontrado el nido. Y supiéramos, sin sombra de duda, que habíamos llegado a casa.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *