Biblia Sagrada

Job en el Muladar del Desprecio

La memoria es un cuchillo oxidado. No corta limpio, sino que desgarra y deja una herida sucia que se infecta con el recuerdo de lo que una vez fue. Ahora, sentado en el muladar, el polvo de la ceniza mezclándose con el sudor que me corre por las grietas de la piel, recuerdo. Y la herida se abre.

Antes, cuando mis pies pisaban firme y el respaldo de mi silla era el respeto de la ciudad, ellos se apartaban. Eran la sombra de la sociedad, hijos de hombres tan desventurados y hambrientos que ni sus nombres merecían recordarse. Harapientos, de rostros afilados por la escasez, vivían en las grietas del mundo, en los barrancos y en los agujeros de la tierra. Los despreciaba, sí. Con la tranquila indiferencia con la que un hombre mira una piedra en el camino. Eran más débiles que la raíz seca de la chamiza, gente sin brío, sin linaje. Y cuando pasaba, con mi túnica limpia y mi séquito, callaban y se pegaban a la pared. Oía, a veces, el susurro de sus andrajos al huir.

Ahora, ellos son mi espejo.

El calor de este lugar no es el de un fuego, sino el de un horno apagado que aún guarda la ira del hornero. Y en ese calor, ellos han encontrado su momento. Los más jóvenes, aquellos cuyas mejillas aún no han sido completamente talladas por el hambre, se congregan a mi alrededor. Ya no huyen. Me señalan con dedos que más parecen garras. Sus risas no son alegres; son el sonido seco de huesos sacudiéndose en un costal.

“¡Eh, el grande! ¡El que tenía columnas de mármol donde ahora tiene llagas!”, grita uno, y escupe un poco de saliva oscura. Su compañero, un muchacho de ojos febriles, toma una piedra y la arroja. No con fuerza para matar, no. Con precisión para humillar. Me golpea en el hombro, justo donde la piel se ha vuelto una costra negruzca. No me enojo. El dolor físico es ya un idioma que hablo con fluidez.

Pero hay algo nuevo, un veneno distinto. Me cantan. Se ponen en fila, esos espectros andantes, y con voces que imitan la solemnidad de los sabios, entonan una burla dirigida a mi ruina. Inventan coplas sobre mis desgracias. Mi hedor, que atrae a los perros salvajes, es el estribillo. Mi soledad, el verso. Y yo, sentado en este trono de inmundicia, soy el auditorio cautivo.

Lo peor no es la burla. Lo peor es el desprecio físico, la violación de los últimos límites. Se acercan, embriagados por su propia audacia. Ya no temen contaminarse. Uno, con la suela de su pie descalzo y cubierto de tierra, me empuja en el costado, buscando hacerme caer de mi asiento de escombros. Otro, al pasar, me arroja a la cara un puñado del mismo polvo y basura en la que me siento. La tierra entra en mis ojos, se mezcla con las lágrimas que ya no lloro. Y siento, con una claridad que me ahoga, cómo el último escalón de la dignidad humana queda atrás. He descendido por debajo del desprecio. Soy un objeto, un mojón en su camino, algo contra lo que prueban su recién descubierto poder.

Y Dios… Dios guarda silencio.

Esta es la sal en la herida abierta. No sólo me ha despojado de todo, sino que ha soltado las amarras de mi honor. Ha entregado mi respeto a los más despreciables de la tierra. Siento mis huesos como cuerdas de un arpa destensada; cada movimiento es un gemido. Dolores agudos, como espadas, se cruzan en mis entrañas. La noche, que antes era un manto de descanso, es ahora mi verdugo. Me visto de saco, pero no es señal de penitencia, sino la única tela que no se pega a las costras de mi piel. Y aun así, me raspa. Me he convertido en hermano de los chacales, en compañero de los avestruces que huyen en el desierto. Mi piel, negra y colgando de los huesos, se hierva y supura. La fiebre es mi fuego interior, y mi lira, aquella que entonaba cantos de alabanza, sólo conoce ahora el tono del lamento.

Te clamo, oh Dios, y tú no respondes. Me pongo en pie, y tú sólo me observas. Te has vuelto cruel conmigo. Me asaltas con la fuerza de un ejército, me acosas sin tregua. Como un torbellino me arrojas por los aires, y sé que me llevas directo al sepulcro. Busco el bien, y sólo encuentro el mal; espero la luz, y una oscuridad densa se cierne sobre mí.

Lo que más atormenta no es el dolor, sino la sensación de haber sido borrado. Mi grito sale del polvo, pero parece que se ahoga en él antes de llegar al cielo. Me busco a mí mismo dentro de este cuerpo destrozado y no encuentro más que un extraño, un ser que inspira cánticos de burla en los hijos de los mendigos. He caído tan bajo, que el fango del camino parece estar sobre mi cabeza.

Y sin embargo, aún aquí, en este muladar, con la garganta llena de polvo y el corazón hecho trizas, no suelto la hebra. Es fina, áspera, cortante como el filo de una teja. Pero es la única que me une a lo que Tú eres, o a lo que una vez creí que eras. No entiendo tus caminos. Sólo siento su peso, que me tritura. Pero clamar, aun cuando creo que el clamor no traspasa el cielo de bronce, es lo único que me queda. Es el último jirón de mi humanidad. Aquí me tienes. Destrozado, deshonrado, convertido en la canción de los desesperados. Pero aquí.

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