El alba sobre Jerusalén tenía una cualidad peculiar, un silencio denso y expectante que precedía al estruendo del día. Sobre la colina de Moria, el aire, aún fresco de la noche, olía a cedro recién cortado y a piedra polvorienta. Salomón, envuelto en un manto sencillo de lino, observaba desde una elevación. No había pompa en él aquella mañana; solo la quietud abrumadora de un hombre que carga con un sueño divino. Su padre, David, había acariciado los planos con manos temblorosas, anhelando lo que nunca le sería permitido construir. Ahora, el peso de aquella promesa heredada descansaba sobre sus hombros, y el solar, el mismo donde la espada del ángel se detuvo y donde su padre había levantado un altar, empezaba a transformarse.
Los cimientos ya estaban puestos, inmensos sillares de piedra labrada que parecían haber brotado de la misma roca madre. No se oía martillo ni cincel de hierro allí; todo aquel trabajo tosco y ruidoso se había hecho en las canteras, lejos, en el vientre de la tierra, para que en el lugar santo solo reinara el rumor del ensamblaje y el susurro de oraciones. Hoy comenzarían con el *Ulam*, el pórtico de entrada.
Hiram, el maestro de obras de Tiro, hombre de manos encallecidas y mirada calculadora, se acercó con un rollo de papiro desplegado. Hablaban en voz baja, señalando medidas: sesenta codos de largo, veinte de ancho. La altura, discutida un instante, quedaría en ciento veinte codos, una desmesura que aspiraba al cielo, un esfuerzo humano por alcanzar, aunque fuera simbólicamente, la morada de lo inefable. Salomón asintió. No era un capricho de rey; era la proporción de un anhelo.
Los días se tejieron luego con el oro. No era el oro de los tesoros, frío y acumulado, sino un oro vivo, desplegado. Llegó de Ofir en barras, pero en Moria se volvió piel, un recubrimiento que respiraba sobre la madera. Artesanos especializados, hijos de una tradición fenicia y hebrea fusionada, aplicaron láminas del metal precioso con una paciencia de orfebre. Martillaban, estiraban, adaptaban. El interior del Hekal, la gran sala, se fue vistiendo de amarillo pálido y brillante. La luz de las lámparas de aceite, aún durante las pruebas, se multiplicaba en aquel forro dorado hasta cegar, creando una claridad perpetua, diurna, que pretendía ahuyentar cualquier sombra. En los muros, grabadores trabajaban con punzones finísimos, haciendo brotar palmeras y cadenas eslabonadas, motivos de un paraíso ordenado y geométrico. No había representaciones de hombre o bestia; solo el ritmo sacro de la naturaleza sometida al diseño del Creador.
Luego vino el *Debir*, el lugar Santísimo. Un cubo perfecto de veinte codos. Aquí el trabajo se realizó casi en silencio reverencial. La madera de olivo, aceitunada y de veta profunda, fue la elegida para las puertas de doble hoja. Sobre ellas, los artesanos tallaron querubines, pero no como los que se esculpían en otras naciones. Estos tenían algo de intangible. Sus alas, extendidas, no solo se tocaban en el centro del vano, sino que una pareja miraba hacia el interior de la celda vacía, y la otra, hacia el Hekal, como guardianes de un umbral que ni ellos mismos podían traspasar. Se recubrieron de oro, pero el oro aquí no brillaba de la misma manera; lo pulían hasta darle un acabado mate, profundo, que absorbía la luz en lugar de reflejarla.
El velo. Ese fue un trabajo aparte, confiado a tejedoras elegidas entre las hijas de Israel, mujeres de corazón sabio y manos pacientes. Hilaban lino fino torcido, azul, púrpura y carmesí. No era un tapiz cualquiera. En su trama, con una técnica que se decía heredada de los tiempos del Tabernáculo, entretejieron nuevamente querubines. No eran dibujos aplicados, sino parte misma de la tela, surgiendo de la urdimbre como visiones entre niebla. Cuando lo colgaron, separando el Hekal del Debir, parecía una frontera hecha de cielo y misterio. Un suspiro colectivo recorrió a los obreros el día que se instaló. Era la señal de que el corazón del Templo latía.
En las columnas, Jaquín y Boaz, hubo un debate entre los fundidores. Hiram insistía en capiteles de siete codos, adornados con granadas y redes de cadenas. El bronce, aleación de fuerza y duración, relucía con un fulgor rojizo bajo el sol. Salomón caminó entre ellas una tarde, pasando la mano por la base fundida. Sintió el frío del metal, la permanencia del símbolo. “Él establecerá” y “En Él está la fuerza”. No eran meros nombres; eran el credo entero del reino sostenido sobre aquella montaña.
Finalmente, llegó el momento del altar de bronce, de los utensilios, de los detalles que convertían un edificio en un instrumento de culto. Cada cuchara, cada candelero, cada clavo de oro, era pesado, bendecido, y colocado con una ceremonia íntima. Salomón pasaba largas horas dentro del Hekal ya terminado, cuando los obreros se habían ido. El olor a cedro y a incienso reciente se mezclaba con el polvo dorado que flotaba en el aire. Se sentaba en el suelo frío, sin corona, y miraba hacia el velo. Tras él, no había nada. Y lo era todo. La Shekinah, la presencia tangible de Dios, vendría después, a su tiempo. Su trabajo, el de todos aquellos años, había sido construir la casa para la ausencia. Un vacío sagrado que clamaba por ser llenado.
La última piedra no se colocó con festejos bulliciosos. Fue un acto sobrio, al atardecer. El sol poniente incendió la fachada revestida de oro, haciendo que la colina de Moria pareciera arder desde dentro con una llama fría y pura. Salomón, de pie junto a Hiram, observó cómo la sombra del edificio se alargaba sobre Jerusalén como una bendición silenciosa. El maestro tirio, hombre práctico, enjugó con el dorso de la mano una suciedad de su mejilla, que pudo ser polvo o quizás algo más.
—Está hecho, rey —dijo, su voz ronca por el polvo y la emoción contenida.
Salomón no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron la línea perfecta del tejado, las columnas gemelas, la puerta alta del Ulam. Recordó los planos de su padre, las angustias, las promesas.
—No —murmuró al fin, casi para sí mismo—. Esto apenas comienza.
Y en el corazón del Templo, en el silencio dorado del Debir, ante el velo bordado con criaturas aladas, el vacío esperante pareció, por un instante, contener la respiración del mundo.




