Biblia Sagrada

La Lámpara Parpadeante

La piedra del trono estaba fría bajo sus manos, un mármol pálido traído de lejanías que ya no recordaba. Abiam, hijo de Roboam, nieto de aquel Salomón cuya gloria era ahora apenas un susurro en los corredores del palacio, respiró el aire pesado de la sala del trono. Olía a incienso caro y a miedo disimulado. Dos años llevaba reinando sobre Judá, dos años sintiendo el peso de una corona que le quedaba grande. Por la ventana abierta, la ciudad de Jerusalén se extendía, testigo silenciosa de sus días.

No era un hombre malvado, al menos no en la medida de los reyes del norte. Pero llevaba en la sangre la herencia envenenada de su abuela, Maaca, aquella princesa de Gesur que había traído a la corte los ídolos de su tierra. Los altares en los lugares altos no se habían derribado; el incienso para Asera aún se elevaba en las colinas, mezclándose con las oraciones dirigidas al Dios de su padre. Abiam guerreó contra Jeroboam, rey de Israel, todo el tiempo de su reinado. Una guerra fría y caliente a ratos, de escaramuzas y fronteras movedizas. Lo hizo, dice el cronista, por causa de David, a quien Yahweh había prometido una lámpara en Jerusalén. Una lámpara que ahora parpadeaba, débil, en manos de un hombre cuyo corazón no era íntegro.

Murió así, sin gloria ni gran duelo, y lo enterraron en la Ciudad de David. La corte respiró aliviada, y un niño de nombre Asá subió al trono. Un niño con ojos graves que habían visto la neblina espiritual que ahogaba a Judá.

Los primeros años de Asá fueron de un silencio expectante. Luego, con la determinación tranquila de quien despierta de un largo sueño, comenzó a mover sus manos. No fue un edicto gritado, sino una labor minuciosa, paciente, como quien arranca mala hierba de raíz. Mandó quitar los ídolos extranjeros, aquellos dioses de brazos cruzados y sonrisas vacías que su abuela Maaca había amado. Los altares en las colinas, aquellos donde el pueblo mezclaba sus temores con ritos antiguos, fueron derribados uno a uno. Hizo pedazos las imágenes de Asera, la diosa madre de madera gastada, y las quemó junto al torrente de Cedrón, donde el humo oscuro se llevó siglos de superstición.

Hasta a su abuela, la reina madre, la destituyó de su dignidad. Maaca, anciana y orgullosa, vio cómo el nieto que ella había mecido ordenaba que la imagen obscena que había mandado esculpir para Asera fuera reducida a astillas. “Has cometido grave pecado”, debió decirle Asá con una voz que no temblaba. La apartó de la corte. Fue un acto de cruel piedad, necesario y desgarrador.

Y Judá respiró. Por un tiempo, la tierra descansó. No había guerra. Asá fortificó ciudades, levantó muros, armó guerreros con escudos y lanzas. Su corazón fue íntegro para con Yahweh, como el de David su padre. Pero la integridad es a veces un camino solitario, y la paz, un bien frágil.

Desde el norte, siempre desde el norte, llegaba el rumor de espadas. En Israel, Nadab, hijo de Jeroboam, reinó sobre Siquem. Dos años de un reinado fantasma, marcado por la sombra de su padre y su pecado. Caminó en el camino de Jeroboam, en aquel pecado que hizo pecar a Israel: los becerros de oro en Betel y en Dan, los sacerdotes hechos de cualquiera, las fiestas inventadas. Baasa, hijo de Ahías, de la tribu de Isacar, lo acechaba. No fue una batalla campal, sino una traición en el sitio de Gibetón, una ciudad filistea que Nadab pretendía sitiar. Baasa lo mató allí, y en seguida mató a toda la casa de Jeroboam. No dejó respiro alguno, tal como lo había anunciado el profeta Ahías años atrás. La palabra de Yahweh, áspera y cierta, se cumplía entre el polvo y el grito.

Asá, desde Jerusalén, observaba. Baasa se hizo fuerte en Tirsa, la capital del norte, y desde allí empezó a hostigar las fronteras de Judá. Fortificó Ramá, a solo un paso de Jerusalén, para bloquear a Asá, para estrangular el comercio y el paso. La paz se había roto.

Entonces Asá cometió su gran error, la grieta en su corazón íntegro. En lugar de volverse a Yahweh, que lo había librado del ejército inmenso de los cusitas años atrás, sacó todo el tesoro del templo y de su palacio. Plata y oro que David y Salomón habían consagrado. Y lo envió a Ben-adad, rey de Siria, que residía en Damasco. Un soborno, una alianza mundana. “Rompamos el pacto entre tú y Baasa”, le pidió. “Atácalo por el norte, para que yo tenga respiro aquí”.

Ben-adad, pragmático y ávido, escuchó al mensajero de Judá y envió a los capitanes de sus ejércitos. Atacaron las ciudades del norte de Israel: Ijón, Dan, Abel-bet-maaca, toda la tierra de Neftalí. Baasa tuvo que dejar de edificar Ramá y volverse a defender su territorio. Asá, entonces, movilizó a todo Judá. Se llevaron las piedras y la madera con las que Baasa fortificaba Ramá, y con ellas fortificó Geba de Benjamín y Mizpa. Fue una victoria estratégica, hueca.

El profeta Hanani fue a su encuentro. Un hombre del desierto, probablemente, con los ojos claros y la túnica gastada. Se plantó ante el rey que revisaba planos de fortificaciones y le dijo: “Por cuanto te has apoyado en el rey de Siria, y no te apoyaste en Yahweh tu Dios, el ejército del rey de Siria se te ha escapado de las manos”. La voz no era áspera, sino cargada de una tristeza infinita. “¿No eran los cusitas y los libios un ejército numerosísimo, con muchísimos carros y gente de a caballo? Pero entonces te apoyaste en Yahweh, y él los entregó en tus manos. Porque los ojos de Yahweh contemplan toda la tierra para fortalecer a los que tienen corazón perfecto para con él. Locamente has hecho en esto, porque de ahora en adelante habrá guerra contra ti”.

Asá se enfureció. La integridad se había vuelto orgullo, y el orgullo, sordera. Encarceló al profeta en la cárcel de la casa del rey. Y comenzó a oprimir a algunos del pueblo. La grieta se ensanchaba.

Los últimos años de su reinado fueron grises. Una enfermedad se apoderó de sus pies; una dolencia grave, que lo postró. Y aquí, de nuevo, buscó a los médicos y no a Yahweh. Un detalle pequeño, amargo, que el cronista anota sin comentarios. Reinó cuarenta y un años en Jerusalén. Cuando murió, lo llevaron en andas y lo pusieron en el sepulcro que él mismo había cavado en la Ciudad de David, un lecho perfumado con especias y mezclas odoríferas, preparadas por expertos perfumistas.

La lámpara de David aún ardía en Jerusalén. Pero el aceite, a veces, escaseaba. Y el invierno se acercaba desde el norte, donde Baasa, y después otros, seguirían haciendo lo malo ante los ojos de Yahweh, provocándole a ira con sus ídolos de barro y sus becerros de oro. La historia, como un río profundo, seguía su curso bajo un cielo que todo lo veía, y que esperaba, siempre, el regreso de un corazón íntegro.

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