Biblia Sagrada

La Promesa del Trono Eterno

El aire en Jerusalén olía a cedro recién cortado y a polvo caliente. Dentro del palacio de piedra, un silencio inquieto se había instalado en los aposentos del rey David. Las alfombras babilónicas amortiguaban sus pasos, que eran paseos sin rumbo de un hombre incómodo en su propia casa. Desde la ventana, sus ojos, curtidos en mil batallas, se posaban no en los patios sombreados ni en los jardines incipientes, sino más allá, en la línea irregular de la ciudad alta. Allí, entre las humildes construcciones de piedra sin labrar, se distinguía la lona desgastada del Tabernáculo.

Una punzada, aguda y persistente, le atravesó el pecho. Él, que habitaba en una casa de cedro, con vigas labradas y muros pulidos, mientras el arca del pacto del Dios de los ejércitos moraba bajo una tienda de campaña. La idea, que llevaba días fermentando en su espíritu como mosto en un odre nuevo, se convirtió en convicción. No podía ser. Había algo profundamente desordenado en aquella imagen.

Mandó llamar al profeta Natán. El hombre llegó con la túnica modesta de quien camina entre el pueblo y el polvo del camino aún en los pies. David lo recibió en la sala más íntima, donde la luz tamizada por las celosías pintaba franjas doradas sobre el suelo.

—Mira, por favor —comenzó David, y su voz sonó áspera, cargada de una urgencia que no disimuló—. Yo habito en una casa de cedro, pero el arca de Dios permanece entre cortinas.

Natán, un hombre de corazón recto y fe sencilla, escuchó. Vio la angustia genuina en los ojos del rey, esa misma pasión que lo había llevado a danzar ante el arca. Sin consultar otra voz que la de su propio fervor, respondió:

—Ve, haz todo lo que está en tu corazón, porque el Señor está contigo.

La respuesta pareció calmar la tempestad interior de David. Esa noche, mientras Natán dormía en su modesta vivienda en la ciudad baja, un sueño lo asaltó. No fue un sueño pacífico, sino una presencia que llenaba la habitación, densa como la niebla de los valles al amanecer, pero vibrante con una inteligencia antigua y una autoridad silenciosa. La palabra del Señor vino a Natán, no como un trueno, sino como una verdad que se revelaba a sí misma, desplegándose en el telar de su conciencia.

«Ve y dile a mi siervo David: “¿Tú me construirás casa para que yo habite? Porque no he habitado en casa alguna desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy; he andado en tienda y en tabernáculo. ¿En todo lugar donde he andado con todos los hijos de Israel, he hablado acaso palabra a alguna de las tribus de Israel, a quien haya mandado apacentar a mi pueblo, diciendo: ‘¿Por qué no me habéis edificado una casa de cedro?’”»

Natán, en su sueño, contuvo el aliento. La perspectiva cambiaba por completo. Dios no era un monarca sedentario que ansiaba un palacio. Era el Dios que camina con su pueblo. El Dios de la tienda móvil, del fuego en la noche del desierto, de la nube que se levanta para indicar la marcha. La iniciativa, siempre, había sido suya.

La voz continuó, y ahora el tono adquiría una calidez que era a la vez promesa y fundamento rocoso.

«Por tanto, ahora dirás así a mi siervo David: ‘Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueras príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel. He estado contigo en todo cuanto has emprendido, y he cortado delante de ti a todos tus enemigos. Yo haré tu nombre grande, como el de los grandes de la tierra. Yo fijaré un lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré para que habite en su propio lugar. Ya no será más perturbado, ni los hijos de la iniquidad lo afligirán más, como al principio. Yo te daré descanso de todos tus enemigos.

’Además, el Señor te hace saber que él te edificará una casa. Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu descendencia, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo estableceré el trono de su reino para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él, como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Tu casa y tu reino serán estables para siempre delante de ti; tu trono será estable eternamente.’»

El sueño se disipó con la primera luz del alba, dejando a Natán temblando, no de miedo, sino de un asombro sobrecogedor. No era una simple corrección. Era un pacto. Dios no aceptaba la casa que David quería construirle; en cambio, le prometía construirle a David una casa: un linaje, una dinastía, una promesa que se extendía más allá de los horizontes del tiempo. El constructor sería el Construido. El edificaría el templo, pero Dios establecería un reino eterno.

Con el corazón aún resonando con aquellas palabras, Natán se dirigió al palacio. Encontró a David en el mismo lugar, tal vez más inquieto aún. El profeta no suavizó el mensaje, pero lo entregó con una solemnidad que hizo que el rey se sentara, luego se pusiera de pie, y luego volviera a sentarse, como si no pudiera encontrar una postura que contuviera la enormidad de lo escuchado.

Cuando Natán terminó, se hizo un silencio largo y profundo. David se volvió hacia la ventana, pero ya no miraba hacia el Tabernáculo con ansiedad. Ahora sus ojos, velados por las lágrimas, parecían atravesar los muros de piedra y el velo del tiempo. Finalmente, se levantó y, sin decir palabra a Natán, salió del palacio. No con la corona puesta, ni con el manto real. Caminó por las calles empinadas, seguido a distancia por sus guardias desconcertados, hasta llegar a la tienda que albergaba el arca.

Allí, en la penumbra sagrada, perfumada por el incienso antiguo y el aceite de la unción, David cayó postrado, su rostro contra la tierra fría. Y entonces habló. Su oración no fue un cántico triunfal, ni una fórmula reverente. Fue el balbuceo de un hombre abrumado por una gracia que no podía comprender.

—¿Quién soy yo, Señor Dios, y qué es mi casa, para que me hayas traído hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, oh Señor Dios, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir. ¿Y es ésta la ley del hombre, Señor Dios? ¿Qué más puede añadir David hablándote, sabiendo que tú conoces a tu siervo?

Sus palabras fluyeron entrecortadas, llenas de una humildad que no era falsa modestia, sino la genuina comprensión de la desproporción entre el gesto divino y el recipiente humano. Recordó la historia, la gran narrativa de liberación que Dios había escrito: *Tú, por tu palabra y por tu corazón, has hecho todas estas grandes cosas, haciéndolas saber a tu siervo*. Reconoció la paradoja sublime: Dios glorificaba su propio nombre haciendo grande a un pastor. Y entonces, abrazando la promesa con una fe que temblaba pero no se quebraba, se atrevió a pedir:

—Ahora, pues, Señor Dios, confirma para siempre la palabra que has hablado sobre tu siervo y sobre su casa, y haz conforme a lo que has dicho. Sea engrandecido tu nombre para siempre, y se diga: ‘El Señor de los ejércitos es Dios sobre Israel.’ Y que la casa de tu siervo David sea estable delante de ti.

Una última brisa, fresca e inesperada, agitó las cortinas del Tabernáculo. David se incorporó. Las lágrimas habían secado surcos en el polvo de su rostro. Al salir, la luz del atardecer bañaba Jerusalén con un fulgor dorado, como si la ciudad misma fuera de metal precioso. El palacio de cedro, a lo lejos, ya no le parecía un símbolo de su comodidad, sino una cáscara temporal. La verdadera casa, la prometida, la que Dios construiría, era de una sustancia diferente. Era de promesa, de linaje, de una fidelidad que se extendía más allá del ocaso de los imperios.

Caminó de regreso, más lento. La punzada en el pecho se había disuelto, reemplazada por un peso dulce y solemne, el peso de una historia que ya no era solo suya, sino que había sido enlazada, por un juramento divino, a la historia misma de Dios. Y supo, en lo más hondo de su ser, que aquel día no había sido acerca de un templo de piedra, sino de un trono que, prometido, esperaba en los pliegues del futuro.

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