El sol de la tarde, bajo y pesado como una espiga madura a punto de romper, se colaba entre las ramas de la encina que crecía a las afueras del campamento de Silo. La luz no doraba, sino que teñía de un color óxido las arrugas profundas que surcaban el rostro de Josué. Ya no eran las grietas del viento del desierto, sino los cauces secos de ríos de tiempo, de responsabilidad, de memoria. Sentado en un tronco caído, con la espalda algo encorvada, sentía el peso de los años no en los huesos —que también— sino en el alma. Un peso denso, quieto, que le recordaba la piedra que una vez rodó ante la entrada de una cueva en Maceda.
Había llamado a todos: a los ancianos cuyas barbas ya blanqueaban como la nieve en el Hermón, a los jefes de familia que sostenían con mirada firme el futuro incierto, a los jueces que llevaban en sus ojos la fatiga de dirimir plebes y derechos. Se congregaron lentamente, sin el bullicio de un ejército en marcha, sino con la grave solemnidad de quienes saben que se acerca el momento de escuchar, verdaderamente escuchar. No había trompetas para esta convocatoria. Solo el susurro del viento que jugueteaba con el polvo del camino y el rumor bajo de voces que se acallaban al verle.
Josué se levantó. No con el ímpetu que usaba para arengar a las tropas frente a Jericó, sino con una lentitud deliberada, como si cada movimiento fuera una palabra más de su discurso. Tomó aire, y el aire olía a tierra seca, a humo de hogares encendidos temprano, a la promesa de la noche.
“Vosotros habéis visto todo lo que el Señor, vuestro Dios, ha hecho a todas estas naciones por vuestra causa”, comenzó, y su voz, ronca por los años y por los gritos de mando, tenía una cualidad extraña: era fuerte, pero sin estridencia; clara, pero llena de ecos. “Porque el Señor vuestro Dios es quien ha combatido por vosotros.”
Miró los rostros uno a uno. En algunos vio el brillo del recuerdo: el Jordán detenido en seco, los muros de Jericó desplomándose como un anciano que cae de rodillas, el día largo y milagroso en Gabaón. En otros, una sombra de inquietud, la pregunta no formulada sobre lo que vendría después, cuando su presencia ya no fuera un pilar.
“Mirad,” continuó, extendiendo la mano hacia el vasto territorio que se perdía en las brumas del horizonte, “os he echado a suerte estas naciones que quedan, desde el Jordán hasta el Mar Grande, hacia la puesta del sol. El Señor vuestro Dios las echará de delante de vosotros, y las desalojará de vuestra presencia; y vosotros poseeréis sus tierras, como el Señor vuestro Dios os ha prometido.”
Hizo una pausa. Un halcón trazó un círculo perezoso en el cielo de cobre. La pausa no era de duda, sino de énfasis, como quien clava un poste en tierra firme antes de tender la cuerda.
“Pero esforzaos mucho en guardar y poner por obra todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés…” Aquí, su tono cambió. No era solo el general que hablaba, sino el pastor, el anciano de la tribu que advierte a los jóvenes sobre el pozo oculto en el camino. “Sin desviaros a la derecha ni a la izquierda. Sin mezclaros con estas naciones que quedan entre vosotros.”
Y entonces, la voz de Josué se cargó de una tristeza profunda, una tristeza que no nacía del miedo, sino del conocimiento. Un conocimiento ganado en el desierto, al ver caer a una generación entera por la queja y la idolatría del becerro.
“Porque si os volvéis atrás, y os allegáis a los restos de estas naciones, y os emparentáis con ellas, y os mezcláis… sabed de cierto que el Señor vuestro Dios no echará más a estas naciones de delante de vosotros. Os serán por lazo, y por trampa, y por azote para vuestros costados, y por espinas para vuestros ojos, hasta que perezcáis de sobre esta buena tierra que el Señor vuestro Dios os ha dado.”
Pronunció las palabras “lazo”, “trampa”, “espinas” con una lentitud dolorosa, como si cada una fuera una piedra que depositaba en la balanza de sus almas. No era una amenaza caprichosa. Era una ley de la siembra y la cosecha, tan inexorable como la sequía que sigue al abandono del manantial. Les habló de la ira del Señor que se encendería, y en sus ojos, los congregados no vieron rabia, sino el reflejo de un fuego antiguo, el que consumió a Nadab y Abiú, el que devoró las ofrendas impuras.
“He aquí, yo voy hoy por el camino de toda la tierra.” La frase cayó en el silencio absoluto. No hubo exclamaciones, ni lamentos. Todos lo sabían. Se notaba en la curva de sus hombros, en la paciencia con que se movía. La muerte estaba presente, no como un enemigo, sino como el límite del siervo. “Y vosotros sabéis con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que no ha faltado una sola palabra de todas las buenas palabras que el Señor vuestro Dios habló acerca de vosotros; todas os han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas.”
Era un testimonio final. Un sello. Toda su vida, desde el día en que fue espía y creyó contra toda esperanza, hasta esta tarde silente bajo la encina, confirmaba esa verdad. Las promesas se cumplían. La fidelidad de Dios era un muro más firme que el de cualquier ciudad cananea.
“Pero así como ha venido sobre vosotros toda palabra buena que el Señor vuestro Dios os ha hablado, también traerá el Señor sobre vosotros toda palabra mala, hasta destruiros de sobre la buena tierra que el Señor vuestro Dios os ha dado…”
El discurso terminó donde empezó: en la elección. En la terrible y gloriosa libertad de escoger. La tierra era buena, el don era completo. El peligro no estaba en un ejército con carros de hierro, sino en el corazón que poco a poco se inclina, que se cansa, que busca atajos, que olvida el sonido seco de las sandalias sobre el lecho seco del Jordán.
Josué se quedó callado, dejando que el silencio, ahora cargado de significado, hiciera su trabajo. Luego, con un gesto sencillo, los despidió. No hubo más palabras. Se volvieron a sus tiendas, a sus ciudades recién estrenadas, llevando consigo el peso de la bendición y la sombra de la advertencia, mezcladas como la luz y la oscuridad al caer la noche.
Él se quedó un rato más, mirando cómo el sol, ya herido por el horizonte, teñía de púrpura las nubes. Pensó en Moisés en el Nebo, mirando la tierra que no pisaría. Él sí había pisado esa tierra, la había repartido, la había visto descansar de la guerra. Su obra estaba hecha. Ahora, la historia, y el peligro, y la gloria, pasaban a otras manos. A los que quedaban bajo la encina, con el eco de su voz y el susurro permanente de la Ley, escrita no solo en piedras, sino que debía grabarse, a fuego lento y con dolorosa fidelidad, en el corazón. Respiró hondo, sintiendo el fresco de la noche que llegaba, y se encaminó lentamente hacia su tienda. El camino de toda la tierra le esperaba, pero había cumplido con su parte. El resto, era asunto de ellos, y de Dios.




