El aire en el llano era espeso, cargado de polvo y de un calor que no cedía ni con la caída del sol. Cuarenta días. La cuenta se repetía en susurros entre las tiendas, un mantra de incertidumbre. Moisés, aquel hombre cuyo rostro a veces parecía atrapar la luz, había desaparecido allá arriba, en las nubes que coronaban la montaña rugosa. Y el silencio de Dios era más pesado que el calor.
Aarón se sentía ese peso sobre los hombros. Lo buscaban con la mirada, esos ojos ansiosos de hombres, mujeres, niños sacudidos por prodigios y ahora varados en la nada. “¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está ese Dios que nos sacó de Egipto?” El clamor no era abierto, no al principio. Era un rumor sordo, como el de un riachuelo subterráneo que, con los días, encontraba grietas en la tierra. Lo palpaba en las reuniones junto a su tienda, en las preguntas que ya no eran preguntas, sino acusaciones veladas.
Un día, el rumor rompió la superficie. Se congregaron ante él, una masa compacta de rostros curtidos por el desierto y la duda. No era la muchedumbre ordenada por tribus, era algo informe, urgente. “Levántate, Aarón,” dijo uno, y su voz arrastró a otras. “Haznos dioses que vayan delante de nosotros. Porque a ese Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.”
Las palabras cayeron como piedras. Aarón las sintió en el pecho. “Dioses”. En plural. Una regresión vertiginosa a los ídolos mudos del Nilo. Quiso hablar, explicar la alianza, las palabras escritas en la roca, la columna de fuego. Pero frente a aquel mar de ansiedad, sus argumentos le parecieron frágiles, teóricos. Vio el miedo en ellos, un miedo real a la soledad absoluta en un yermo sin fin. Y vio, con un estremecimiento aún más hondo, su propio miedo a quedar desautorizado, a ser arrastrado por la turba.
Alzó las manos, un gesto más de apaciguamiento que de autoridad. “Quitad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, vuestros hijos, vuestras hijas, y traédmelos.” La orden surgió de un lugar confuso en su alma: una concesión para ganar tiempo, un intento fallido de que el costo material los disuadiera. Pero se lanzaron a ello con un fervor que no habían mostrado en la construcción del tabernáculo. Fue un río de oro hacia su tienda: anillos, pendientes, joyas que eran el último vestigio tangible de su vida pasada, el botín de Egipto. El metal se amontonó, frío y brillante, un tesoro de desesperación.
Luego, en un horno abierto en la tierra, con herramientas de herrero que parecían torpes en manos que no eran las de Bezalel, aquel artefacto tomó forma. Aarón dirigió el trabajo con una mente en blanco, como si observara sus propias acciones desde lejos. El oro se derritió, perdió la historia de cada familia que lo portó, y se volvió una masa líquida y dorada. Con el cincel, surgió de aquel molde la figura: un becerro. No un toro majestuoso de los cultos cananeos, sino algo más tosco, una figura joven, casi familiar. Un símbolo de fuerza bruta, de fertilidad inmediata, de algo que se podía ver y tocar.
Cuando lo sacaron, bruñido y reluciente bajo el sol implacable, un murmullo de asombro recorrió el campamento. No era adoración aún, era alivio. Algo concreto. Entonces Aarón, adentrándose más en la sima que él mismo había abierto, construyó un altar delante de él. Y proclamó, con una voz que quiso sonar festiva y sólo sonó quebrada: “¡Mañana será fiesta para Jehová!”
La mañana siguiente fue un descenso a lo primitivo. La fiesta no era para el Dios invisible del Sinaí. Era para el brillo del metal. Ofrecieron holocaustos, sí, pero el ritual perdió su sentido. Comieron, bebieron, y pronto la celebración se tornó en desenfreno. Una música estridente, sin la solemnidad de los címbalos y las arpas consagradas, rasgó el aire. Se levantaron para danzar, pero no era la danza ordenada de victoria. Era una contorsión colectiva, una liberación caótica de todos los temores reprimidos. Risa y gritos se mezclaron en una algarabía que subió, como un humo profano, hacia la montaña silenciosa.
Allí arriba, en la cúspide envuelta en la nube espesa donde la gloria de Dios ardía como fuego consumidor, las palabras terminaban de ser grabadas. El dedo divino insculpía la ley en piedra, pacto de un pueblo santo. Y entonces, Dios dijo a Moisés: “Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido.”
La descripción que siguió fue precisa, cruel en su exactitud. Se habían apartado del camino, se habían hecho un becerro, lo habían adorado, le habían ofrecido sacrificios. “Y han dicho: Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto.” Moisés sintió el peso de las losas de piedra en sus manos, ahora frías. La voz de Dios, no iracunda sino grave con el peso de una decepción infinita, continuó: “Déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande.”
Fue la tentación suprema. Un nuevo comienzo, partiendo sólo de él. Moisés, sin embargo, se aferró a las piedras del pacto. Su súplica no fue un argumento legal, fue el grito de un pastor. “¿Por qué, oh Jehová, se encenderá tu furor contra tu pueblo?” Tu pueblo. Lo repitió, clavando esa verdad en la conversación. Habló del esfuerzo de Dios, del escarnio de los egipcios, de la promesa hecha a Abraham, Isaac e Israel. Sus palabras, urgentes y apasionadas, se enredaron en la nube. Y Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.
Pero entonces, Moisés bajó. Con las dos tablas del testimonio en sus manos, tablas escritas por ambos lados, obra de Dios y letra de Dios. Josué, que lo esperaba más abajo, comentó: “Alarido de pelea hay en el campamento.” Moisés, con una lucidez amarga, respondió: “No es voz de alaridos de fuertes, ni voz de alaridos de débiles; voz de cantar oigo yo.”
Y vio. El becerro, las danzas. La ira, caliente y justa, no divina ahora sino muy humana, le subió como un torbellino. Sus manos, las mismas que habían suplicado en lo alto, se abrieron. Y arrojó las tablas desde lo alto de la pendiente. El sonido al chocar contra las rocas no fue un estruendo, fue un quejido seco, el sonido de algo infinitamente precioso que se hace añicos. El pacto, roto por el pueblo antes de poder ser entregado.
Avanzó hacia el campamento como una tempestad. Tomó el becerro, aquel dios de pacotilla, y lo arrojó al fuego. Lo sometió a lo que todo ídolo merece: la realidad. El oro no resistió. Se derritió, perdió su forma impuesta. Luego, con una determinación feroz, lo molió hasta reducirlo a un polvo fino, insignificante. Lo esparció sobre las aguas del arroyo, y obligó a los hijos de Israel a beber de aquella mezcla absurda: oro y agua, su pecado diluido, forzado a pasar por sus propias gargantas.
Frente a Aarón, su hermano, su cómplice en el fracaso, la pregunta fue directa y devastadora: “¿Qué te ha hecho este pueblo, que hayas traído sobre él tan gran pecado?” Aarón, descompuesto, hilvanó excusas patéticas. “Tú conoces al pueblo, que está inclinado al mal.” Habló de que le pidieron dioses, de que él arrojó el oro al fuego… “y salió este becerro”. Como si el ídolo se hubiera generado espontáneamente, sin su voluntad, su arte y su miedo.
Moisés no replicó. La batalla no era contra su hermano. Vio que el pueblo estaba desenfrenado, expuesto a la burla de sus enemigos. Se plantó a la entrada del campamento y gritó: “¿Quién está de parte de Jehová? ¡A mí!” Sólo los hijos de Leví acudieron. Y llegó la orden terrible, el juicio ejecutado por manos humanas: pasar con espada por el campamento. Aquel día cayeron unos tres mil hombres. No fue la ira de Dios desde lejos; fue la consecuencia inmediata, sangrienta y purificadora, de la idolatría. La alianza, rota, se selló ahora con un luto feroz.
Al día siguiente, Moisés, con un cansancio que le pesaba en los huesos más que la montaña entera, volvió a subir. Su diálogo con Dios fue el de un hombre que lleva la grieta del fracaso en el alma. “Te ruego, pues, este pueblo ha cometido un gran pecado… pero ahora, si perdonas su pecado… y si no, bórrame del libro que has escrito.”
La respuesta no fue un sí ni un no. Fue un recordatorio de que el pecado lleva su consecuencia, y de que la presencia divina, ofendida, seguiría guiándolos, pero con una distancia dolorosa. El becerro de oro no fue sólo un ídolo de metal. Fue el vacío gritando para ser llenado con cualquier cosa, fue la impaciencia hecha forma, fue el miedo de Aarón y la desesperación de un pueblo que, teniendo promesa de lo divino, prefirió la seguridad de lo visible. Y Moisés, al bajar con el rostro marcado por una luz que ahora era también una sombra, comprendió que el camino hacia la tierra prometida sería más largo y más arduo de lo que jamás imaginó, porque primero tenía que volver a enseñarles el camino hacia Dios.




