Queridos hermanos de las congregaciones del Asia Menor,
La noche aquí en Éfeso es pesada, cargada con un calor que no cede incluso con la brisa salitrosa que sube del puerto. La luz de mi lámpara de aceite baila sobre este papiro, alargando las sombras de mis manos, estas manos que ya tiemblan sin que yo se lo pida. Escribo, no como el primer apóstol, aquella roca sobre la que nuestro Señor edificó, sino como Simón Pedro, un anciano que ha visto demasiado y que, sin embargo, espera con una certeza que no se puede explicar más que por la promesa.
Me han llegado ecos, rumores que traen los mercaderes en sus barcos y los hermanos que viajan por los caminos polvorientos. Dicen que entre vosotros han surgido burlones. No simples incrédulos, sino algunos que se mueven entre vosotros, que conocen las palabras pero no la música de la fe. Y su burla tiene un solo canto monótono: “¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que murieron los padres, todo sigue como al principio de la creación.”
Al leer esas palabras, sentí un cansancio antiguo, no solo de los huesos, sino del alma. Porque conozco esa tentación. La he visto en la mirada de un pescador cuando la noche pasa y las redes vuelven vacías. El mundo parece sólido, inmutable. El sol sale por el este sin falta, las estaciones giran con una precisión implacable, el imperio construye sus calzadas y cobra sus impuestos. Todo parece… permanente.
Pero, hermanos queridos, esa es la primera mentira. La mentira de la apariencia.
Recordad. Recordad el diluvio. No como un cuento para niños, sino como la verdad de Dios tallada en la historia del mundo. En aquellos días, la tierra también parecía firme. Los hombres comían, bebían, se casaban y eran dados en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y no supieron nada, hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos. Fue la misma palabra de Dios, la palabra que sostiene los cielos, la que abrió las fuentes del abismo y rompió los cielos como un odre viejo. Aquel mundo, tan sólido a sus ojos, pereció cubierto por las aguas.
Y aquí está el corazón del asunto, lo que esos burlones ignoran a propósito: los cielos y la tierra actuales están reservados por esa misma palabra, no para agua, sino para fuego. Guardados para el día del juicio y de la perdición de los impíos. No es que Dios sea lento. Escuchad bien esto, os lo ruego. No es lentitud. Es longanimidad. Es esa paciencia enorme, desgarradora, que tiene una madre que espera en la puerta al hijo pródigo. Él no quiere que nadie perezca. Él espera, extiende el día de la gracia, llama con voz que solo el corazón contrito oye, para que todos lleguen al arrepentimiento.
Pero el día del Señor vendrá. Vendrá como ladrón en la noche. En esa noche, los cielos pasarán con un gran estruendo. No un susurro, no un desvanecerse. Un estruendo. Los elementos, ardientes, se fundirán. La tierra y las obras que en ella hay, serán quemadas, puestas al descubierto.
Ante esta verdad, ¿cuál debe ser nuestra vida? Aquí es donde la burla se estrella contra el muro de la esperanza genuina. Si todo esto ha de ser disuelto, ¿no deberíais vosotros andar en santa conversación y piedad? ¿No deberíais estar esperando y apresurando la venida de ese día? No con temor de siervos aterrorizados, sino con el anhelo de novia que escucha los pasos del amado. Porque nosotros, según su promesa, esperamos *cielos nuevos y tierra nueva*, en los cuales mora la justicia.
Esa es nuestra meta. No la preservación de este orden que se desmorona. No un reino más de este mundo. Sino un cielo nuevo. Una tierra nueva. Donde lo que reine, por fin, sea la justicia.
Así que, amados, mientras esperáis estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por Él en paz, sin mancha y sin reprensión. Y tened por cuenta que la paciencia de nuestro Señor es salvación. Eso es lo que nuestro querido hermano Pablo os escribió también en sus cartas, aunque algunos, los indoctos e inconstantes, tuercen sus palabras, como hacen con las demás Escrituras, para su propia perdición.
Vosotros, pues, sabiendo esto de antemano, guardaos. No dejéis que os arrastren con el error de los libertinos. Creced. Afirmaos. Echad raíces profundas en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
El aceite de la lámpara empieza a escasear. La llama baja y parpadea. Fuera, el primer gallo anuncia una nueva mañana, otra más en esta creación que gime. Pero yo, un viejo pescador que ha negado y ha sido restaurado, os digo: la noche está muy avanzada, el día, el verdadero Día, se ha acercado. Que vuestra esperanza no sea un sentimiento, sino una firmeza. Una firmeza tallada en la roca de la promesa.
A Él sea la gloria ahora, y hasta aquel día sin fin.
Vuestro hermano y siervo,
Simón Pedro.




