El aire en la casa de José, allá en la región de Gosén, olía a lino embalsamado y a tierra húmeda. Un silencio pesado, espeso como la miel, se había instalado entre las paredes de adobe después de que su padre Jacob expirara, siendo José quien le cerrara los ojos. La mano del favorito, la misma que tantas veces había posado sobre la cabeza encanecida para sentir el temblor de la vida, ahora ajustaba las vendas de fino lino alrededor de aquel cuerpo consumido por los años y la espera. El proceso de los embalsamadores egipcios fue largo, cuarenta días completos, y durante ellos José apenas hablaba. Los recuerdos le asaltaban en el crepúsculo: el manto multicolor, el pozo seco de Dotán, la cara aterrorizada de sus hermanos al venderle. Y sobre todo, la mirada de Jacob, una mezcla de dolor y de una fe obstinada que había atravesado desiertos y engaños.
Pasaron los setenta días de duelo oficial, y José, con la voz ronca por el desuso, se presentó ante la corte de Faraón. No entró con la pompa del visir, sino con la humildad del doliente, los pies descalzos y polvorientos, el sencillo lino de los rituales de luto.
—Mi padre —dijo, inclinándose apenas, con una fatiga que no era fingida— me hizo jurar. Me dijo: ‘Mira, yo voy a morir. En la sepultura que cavé para mí en la tierra de Canaán, allí me sepultarás’. Te ruego que me permitas subir a enterrar a mi padre, y después volveré.
Faraón, que veía en José no sólo al administrador sabio sino al hombre que había salvado a Egipto, respondió con una sencillez inusual: “Sube y entierra a tu padre, como él te hizo jurar”.
La comitiva que partió de Gosén era, sin embargo, cualquier cosa menos sencilla. No fue una caravana discreta. Subieron todos los siervos de Faraón, los ancianos de su casa y todos los ancianos de la tierra de Egipto. Carros de guerra, de esos que relucían con incrustaciones de bronce, escoltaban el féretro donde yacía Jacob, no como un patriarca nómada, sino casi como un príncipe egipcio. La caballería pesada abría camino, levantando una polvareda dorada que se veía desde lejos. Los hermanos de José iban a pie, cerca del cuerpo, sus rostros curtidos por el sol de Canaán y los años de pastoreo en Gosén, marcados por una tensión apenas disimulada. Iban juntos, pero cada uno cargaba su propio yermo interior.
Sólo dejaron atrás, en la tierra de Gosén, a los niños pequeños y los rebaños. El cortejo era tan imponente que al llegar a la era de Atad, al otro lado del Jordán, los cananeos que observaban desde las colinas murmuraron entre sí: “Llanto grande es este de los egipcios”. Y por eso llamaron aquel lugar Abel Mizraim, ‘llanto de los egipcios’. Había algo profundamente conmovedor y extraño en ver el poderío del Nilo rendir homenaje, con tanto estruendo, al sueño de un pastor que había vivido en tiendas.
Allí, en esa tierra de nadie entre Egipto y la promesa, guardaron siete días de duelo. Los lamentos no eran ceremoniales; eran desgarradores, ásperos. Los hermanos gritaban su dolor, un dolor que era por Jacob, sí, pero también por los años perdidos, por la culpa que yacía como una losa sobre sus pechos. José, en silencio, lloraba con una quietud que asustaba. Las lágrimas le surcaban el rostro sin emitir sonido.
Cumplieron el juramento. Llevaron el cuerpo a la tierra de Canaán y lo enterraron en la cueva del campo de Macpela, frente a Mamre, donde ya estaban Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, y donde Lea esperaba. La tierra al tragar el féretro produjo un sonido sordo, definitivo. Allí, en ese pedazo de tierra comprado por Abraham a los hititas, la promesa parecía más tangible que nunca, y también más frágil, enterrada junto a los huesos de los patriarcas.
El regreso a Egipto fue sombrío. La pompa egipcia se había desinflado, dejando solo el cansancio del camino y el vacío de la pérdida. Y entonces, en los corazones de los hermanos, germinó de nuevo el miedo antiguo, el miedo que creían haber enterrado con Jacob. Se decían unos a otros, en voces bajas, mientras acampaban: “Quizá José nos guarde rencor. Ahora que nuestro padre ha muerto, quizá nos devuelva todo el mal que le hicimos”.
Mandaron, pues, un mensaje a José, un mensaje que olía a mentira piadosa y a terror: “Tu padre mandó antes de morir: ‘Así diréis a José: Perdona, te ruego, la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron’. Y ahora, perdona la maldad de los siervos del Dios de tu padre”.
Cuando José escuchó el recado, se retiró un momento. No fue a su tienda de visir, sino a la orilla del camino, donde unos arbustos espinosos se aferraban a la tierra árida. Y lloró otra vez. No eran lágrimas de dolor por Jacob, sino de una tristeza profunda, amarga. ¿Tanto tiempo, tantas pruebas, tantas palabras de reconciliación, y ellos aún vivían en la prisión de su propia culpa? ¿No entendían?
Vinieron entonces ellos mismos, y se postraron delante de él, diciendo: “Aquí nos tienes, somos tus siervos”. La escena era un eco lejano y distorsionado de sus sueños adolescentes, aquellos sueños de gavillas que se inclinaban. Ahora las gavillas eran hombres envejecidos, encorvados no por la reverencia, sino por el miedo.
José los miró. No desde la altura del trono, sino de igual a igual, con los ojos enrojecidos. Su voz, cuando habló, no tenía la cadencia firme del gobernante, sino el temblor de quien ha luchado una batalla interna y ha vencido, no una vez, sino cada día.
—No temáis —dijo, y hubo un largo silencio, como si buscara las palabras precisas, no las de un orador, sino las de un hermano—. ¿Estoy yo acaso en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy: mantener con vida a un pueblo numeroso. Ahora, pues, no tengáis miedo. Yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos.
Y les habló al corazón, con palabras de consuelo, quitando hierro a la culpa, desactivando el miedo. No era un perdón teórico, sino práctico, activo: “Yo os sustentaré”. La promesa no era de olvido, sino de provisión. No les dijo “lo que pasó no importa”, sino “Dios tomó vuestra maldad y la torció hacia un bien que ni vosotros ni yo podíamos imaginar”.
Y ellos, al fin, creyeron. No por sus palabras, sino porque vieron en sus ojos, en la forma en que les aseguró un futuro en Gosén, que el perdón no era una estrategia, sino la textura misma de su alma, labrada por el sufrimiento y la gracia.
José vivió muchos años más en Egipto, vio crecer a los hijos de Efraín y de Manasés hasta la tercera generación. Pero nunca se volvió del todo egipcio. En sus últimas horas, ya el cuerpo débil y la vista cansada, reunió a sus hermanos. El aire olía a pan fresco y a aceite de la casa, no a especias de embalsamar.
—Yo voy a morir —les dijo, con una calma que era herencia directa de Jacob—. Pero Dios ciertamente os visitará y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró dar a Abraham, a Isaac y a Jacob.
Y les hizo jurar, con una solemnidad que traspasaba los siglos: “Dios ciertamente os visitará, y entonces llevaréis mis huesos de aquí”. No pidió una tumba junto a las pirámides, ni un sarcófago dorado. Pidió ser un recordatorio itinerante, un puñado de huesos secos viajando en un cofre, esperando la promesa. Porque su fe no estaba en el Nilo, ni en el poder de Faraón, sino en el Dios que había torcido el mal en bien, y que, estaba seguro, torcería la esclavitud futura en liberación.
Murió José a la edad de ciento diez años. Lo embalsamaron y lo pusieron en un ataúd en Egipto. Pero el ataúd no se selló en una cámara mortuoria. Quedó a la vista, en algún lugar de Gosén, un objeto extraño y esperanzador. Un cofre que contenía no un tesoro, sino una promesa. Los huesos del hombre que había salvado a Egipto, esperando el día en que otro pueblo, su pueblo, caminara hacia la tierra de la cueva de Macpela. Y en esa espera quieta, en esa paciencia mortal, residía toda la fe de un hombre que había aprendido, en la cisterna y en el palacio, que los designios de Dios son inescrutables, pero su fidelidad, más duradera que los huesos.




