Biblia Sagrada

El Primer Milagro y la Purificación

El aire en Caná olía a polvo caliente y a vino derramado. No era un aroma fino, sino el olor honesto de una fiesta de pueblo que llevaba ya tres días, y que comenzaba a agotar no solo las ánforas, sino también la energía alegre de los invitados. María se movía entre las mesas con esa sonrisa serena que a su hijo siempre le había parecido un misterio mayor que cualquier parábola. Él, Jesús, estaba sentado en un rincón, escuchando a un tío lejano discutir sobre el precio del aceite, cuando notó la mirada de su madre.

Ella se acercó sin prisa, y el ruido a su alrededor pareció amortiguarse. “No tienen vino”, le dijo, en voz baja, como compartiendo un secreto de familia. No era una súplica, sino una declaración. Una constatación de un hecho que, en aquella cultura donde la hospitalidad era sagrada, rozaba la catástrofe. El joven novio, sudando la gota gorda junto al mayordomo, ya lo sabía. El pánico comenzaba a pintarse en sus ojos.

Jesús la miró. “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo en esto? Mi hora aún no ha llegado”. Las palabras sonaron ásperas, incluso en sus propios oídos. No era un rechazo a ella, sino una tensión interna, el peso de un reloj celestial cuyo tictac solo Él escuchaba. Pero María no se inmutó. Esa misma serenidad se endureció en una certeza absoluta. Volviéndose hacia los sirvientes, que esperaban con las manos vacías y la resignación del que ya ve el desastre, les dijo simplemente: “Haced lo que Él os diga”.

Se quedó allí, inmóvil, desafiando con su quietud el caos creciente. Jesús respiró hondo. El olor a polvo, a sudor, a restos de comida. El sonido de una risa que se forzaba. Allí, en lo mundano, en lo casi vulgar de una fiesta a punto de arruinarse, su hora dio un primer y callado latido. Señaló seis tinajas de piedra, enormes, destinadas a las abluciones rituales. Estaban vacías, un símbolo de una pureza que era solo externa, un ritual sin alma. “Llenadlas de agua”, ordenó.

Los sirvientes obedecieron, mirándose entre sí. El agua salía de la cisterna, fría y clara, llenando las vasijas hasta el borde. El sonido del líquido al caer era el único sonido nítido en ese rincón. Cuando terminaron, Jesús, sin ceremonial alguno, dijo: “Sacad ahora y llevadlo al maestresala”.

El sirviente que sumergió el cántaro dudó un instante. En la penumbra, el agua que sacó tenía un color, un cuerpo… un aroma. Lo olió. Sus ojos se abrieron de par en par. No dijo nada. Caminó hacia el maestresala, un hombre con el rostro enrojecido por el calor y el vino de los días anteriores, y le sirvió una copa.

El maestresala bebió. Un sorbo, luego otro. Su ceño, fruncido por la preocupación logística, se desplegó. Giró hacia el novio, que se acercaba temblando, y lo llamó con una carcajada gruesa. “¡Todo el mundo sirve primero el buen vino, y cuando los invitados han bebido bien, entonces el inferior! ¡Pero tú has guardado el buen vino hasta ahora!”

La ola de alivio y de asombro recorrió la fiesta como un reguero de pólvora. El vino, no simplemente bueno, sino exquisito, abundante, comenzó a fluir. La risa recuperó su tono genuino. Jesús no probó la bebida. Observaba desde su rincón. Sus discípulos, aquellos pocos que empezaban a seguirle, lo miraban a Él. En sus rostros se veía la incredulidad y un destello de algo más profundo, algo que se encendía en la penumbra. Aquel fue el principio de las señales, el primer giro de la llave en una puerta que comenzaba a entreabrirse.

Días después, con el olor a vino de Caná aún como un dulce rumor en la memoria, subieron a Jerusalén para la Pascua. La ciudad era un hervidero. El aire olía a incienso, a animales sacrificados, y a la tensión agria de la ocupación romana. El Templo, aquella maravilla de piedra blanca que brillaba bajo el sol, era el corazón de todo. Y su patio, el atrio de los gentiles, era un caos que golpeaba los sentidos.

No era solo el murmullo de las oraciones. Era el estrépito de los mercaderes. El balido ansioso de los corderos, el graznido de las palomas enjauladas, el choque metálico de las monedas al ser contadas sobre las mesas. Los cambistas, con sus rostros avinagrados, evaluaban las monedas extranjeras, impuras, para cambiarlas por el shekel del templo, con su sobreprecio. Los vendedores de animales proclamaban a gritos la perfección de sus bestias, aptas para el sacrificio. Era un mercado bullicioso y cínico, que había convertido la casa de oración para todos los pueblos en una cueva de ladrones. El hedor a estiércol y a ganado vencía al del incienso.

Jesús lo observó todo. No dijo una palabra al principio. Sus discípulos comentaban algo sobre la grandeza del edificio, pero Él no escuchaba. Una frialdad intensa, una ira silenciosa y terrible, fue apoderándose de él. No era la ira del hombre impaciente, sino la cólera santa del Hijo viendo la casa de su Padre profanada.

Entonces, se movió. No corrió. Caminó con una determinación que abría el espacio a su alrededor. En el suelo había cuerdas desechadas, usadas para atar a los animales. Con manos firmes, las entretejió formando un látigo rudimentario. Su acción tenía una deliberación pausada y aterradora. No fue un arrebato, fue un juicio.

Empezó por las mesas de los cambistas. Un zumbido en el aire, y luego el estrépito atronador de la madera al romperse y el sonido de cientos de monedas de plata y bronce saltando y rodando por el suelo de piedra, un torrente metálico que se perdía entre las piernas de la gente y bajo los puestos. Los hombres gritaron, tratando de agacharse para recoger su ganancia, pero Él ya se había vuelto hacia los que vendían las palomas. Sus jaulas se abrieron de golpe. “¡Quitad esto de aquí!”, gritó, y su voz, por primera vez, tronó en aquel recinto, cortando como un cuchillo todo otro sonido. “¡No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado!”

El pánico fue instantáneo y total. Los animales, liberados, huían despavoridos, ovillos de lana y plumas que chocaban contra las piernas de los mercaderes. Estos, a su vez, huían hacia las salidas, arrastrando lo que podían, sin tiempo ni de protestar. Los peregrinos observaban, atónitos, algunos con una chispa de aprobación en los ojos, otros con miedo. En medio del caos, Jesús, con el pecho aún agitado por el grito, permanecía de pie. El látigo de cuerdas colgaba, inútil ya, de su mano.

Un grupo de hombres, fariseos de rostros severos y túnicas impecables, se abrieron paso entre la multitud. Su autoridad había sido desafiada, su sistema, sacudido. “¿Qué señal nos muestras para hacer estas cosas?”, le espetó uno, el más anciano, tratando de recobrar el control con la ley en la boca.

Jesús los miró. La cólera había dado paso a una tristeza profunda, a una lucidez devastadora. “Destruid este templo”, dijo, y su voz ya no tronaba, era grave y clara, “y en tres días lo levantaré”.

Los fariseos se miraron entre sí, y luego estallaron en una risa incrédula y desdeñosa. “Cuarenta y seis años ha costado construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Creían tenerlo. Había hablado en locura.

Pero Él no hablaba del templo de piedra y oro que brillaba a sus espaldas. Hablaba del templo de su cuerpo. Sus discípulos, más tarde, cuando todo hubo pasado, recordarían aquel momento. Recordarían la frialdad de su mirada, la precisión de sus palabras, y la promesa enigmática que flotó en el aire cargado de polvo y de miedo. Y creyeron. No entendieron, pero creyeron en la señal, en la autoridad que había derribado mesas y había desafiado a los poderosos con unas cuerdas trenzadas y una verdad como roca.

Aquel día, en Jerusalén, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Él, Jesús, no se fiaba de esa fe. No la confiaba a los hombres, porque los conocía. Sabía lo que hay en el corazón del hombre. Y en la quietud de la noche, mientras la ciudad dormía y el Templo quedaba en un silencio inusual, lavado por su furia, Él sabía que el vino de Caná y el látigo en el Templo eran solo las primeras palabras de una misma sentencia de amor. Una sentencia que habría de escribirse, finalmente, en madera y en sangre.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *