El sol de la tarde, un disco de bronce sucio, se aplastaba contra el cielo al oeste de Babilonia. No calentaba; apenas si alumbraba la llanura polvorienta y los canales de aguas lentas, pesadas como el plomo. Anatot, ya no joven, sentía el peso de ese sol y el peso de los años en los hombros, una carga doble. Sus manos, surcadas como la tierra seca de Judea, trabajaban mecánicamente trenzando juncos para una estera. Cada movimiento era un eco de otros movimientos, realizados junto a otro río, bajo otro cielo. El Éufrates no cantaba como el Cedrón; gruñía, lento y ajeno.
Desde su choza de adobe, podía oír el murmullo constante del campamento: el golpe de un martillo sobre metal, el llanto agudo de un niño, la discusión áspera en arameo entre dos vecinos por un trozo de pan. Eran sonidos de un pueblo deshecho. El destierro no era sólo un lugar; era un sabor en la boca, a polvo y a lágrimas saladas. Era un vacío en el costado, donde antes latía Jerusalén.
Anathot dejó caer los juncos. Sus dedos encontraron, en el pliegue de su túnica raída, un pequeño objeto liso y frío: un trozo de cerámica con un sello grabado, una reliquia de su hogar. Lo apretó hasta que el borde le marcó la piel. Entonces, como tantas veces, la memoria lo asaltó no con imágenes, sino con sensaciones: el olor a incienso y pan recién horneado en las callejuelas de la ciudad, el fresco de la sombra en el atrio del Templo, la voz de su padre recitando salmos al anochecer. Y luego, el contraste brutal: el hedor del miedo, el fragor del bronce golpeando piedra, las calles convertidas en ríos de confusión y muerte.
“¿Por qué?” La pregunta, ya gastada, le brotó de nuevo en un susurro áspero. No era una interrogación a los babilonios, sino al Silencio que parecía habitar tras el sol opaco. Habían pecado, sí. Lo sabía, lo sentía en la misma fibra de su ser que añoraba Sion. La idolatría, la injusticia… eran como un cáncer que ellos mismos habían alimentado. Pero el castigo, este desgarro, tenía la profundidad de un abismo. Era como si una mano los hubiera arrancado de cuajo y los hubiera arrojado a una tierra estéril. ¿Había algo después del juicio? ¿O este yermo era la palabra final?
Los días se arrastraban iguales. Anatot cumplía con su trabajo, intercambiaba palabras breves, escasas, con los demás exiliados. Sus ojos, sin embargo, habían aprendido a leer una desesperanza más honda en los ojos de los demás. Era una resignación que apagaba la vida. Hasta que una tarde, llegó la conmoción.
Un rumor, primero tenue como brisa, luego insistente como el zumbido de enjambre, recorrió las riberas del río. Hablaban de un hombre, de Jeremías, el profeta que se había quedado entre las ruinas. Y hablaban de palabras. Palabras nuevas. No eran las antiguas advertencias que ahora, en la retrospectiva del dolor, parecían justas y terribles. Eran… algo distinto.
Un escriba, joven aún pero con la frente prematuramente surcada, leyó en voz alta en la plaza polvorienta donde se reunían. Anatot se acercó, arrastrando los pies, sin esperanza. Las primeras frases lo atravesaron como un relámpago en la oscuridad.
“Así ha dicho Yavé: ‘Grita a voz en cuello. Publica y di: ¡Reuníos! ¡Salvemos a Sion! Porque yo traigo gran quebranto, angustia para Jacob…’”
Anatot contuvo el aliento. Quebranto, angustia. Sí, eso conocían bien. Eso era el pan de cada día. Pero la orden era “¡Salvemos a Sion!”. ¿Quién podía salvar algo que ya era polvo?
El escriba continuó, su voz ganando un temblor que no era de miedo, sino de algo parecido al asombro. “Y todos se agarran de los ijares, como mujer de parto. Se miran unos a otros, sus rostros de rostros demudados.” Anatot miró a su alrededor. Vio las manos crispadas de Yoezer, el herrero, sobre sus muslos. Vio el rostro pálido de Raquel, la viuda, contraído por un recuerdo súbito de dolor. El profeta ponía palabras a su experiencia más íntima: el destierro era un alarido silencioso, un parto monstruoso que parecía no tener fin, sólo contracciones de desesperación.
Pero entonces, la voz del lector cambió. No se hizo más fuerte, sino más densa, como si cada palabra pesara más que la anterior. “Mas no temas, siervo mío Jacob… Porque he aquí que yo salvo a tu descendencia de lejanas tierras, a tu simiente de la tierra de su cautiverio.”
Un murmullo, un sollozo ahogado, corrió por el pequeño grupo. Anatot sintió que algo se desprendía dentro de su pecho, una losa de hielo que llevaba años. “Salvar”. La palabra resonó en el vacío de su alma. No era “perdonar” todavía, ni “olvidar”. Era “salvar”. Como se salva a alguien que se hunde. Como se saca del fuego un tizón.
La promesa se desplegó, audaz, imposible. Hablaba de quebrar yugos, de que extraños ya no lo someterían. De un Rey, un vástago de David, que se acercaría a ellos. Anatot cerró los ojos. No veía palacios ni ejércitos. Veía, con una claridad desgarradora, el rostro de su hijo pequeño, nacido ya en Babilonia, que sólo conocía el barro del Éufrates. “Tu simiente”. Esa criatura, que era como un retoño tierno en tierra salitrosa, ¿llegaría a pisar las colinas de Judea?
Y vino la parte más difícil de escuchar, la que le hizo fruncir el cejo en un gesto de dolorosa comprensión. “Tu quebranto es incurable, tu llaga muy dolorosa. No hay quien defienda tu causa… Todos tus amantes te olvidaron.”
Era cierto. Las naciones con las que Judá había coqueteado, Egipto, Asiria, habían mirado para otro lado. Estaban solos, absolutamente solos en su culpa y su ruina. No había atajos, no había negociación. El juicio había sido completo. Pero la voz profética, en un giro que parecía contradecir la lógica humana, no se detenía ahí. Justo en el corazón de la confesión de la culpa y del abandono, plantaba la semilla de lo nuevo. “Mas yo te sanaré de tus heridas,” decía Yavé.
Sanar. No era un borrón y cuenta nueva. No era fingir que la herida nunca existió. Era tomar la llaga, la llaga incurable que ellos mismos se habían provocado y que Babilonia había infligido, y cerrarla. Era un proceso. Anatot miró sus propias manos, la cicatriz que le cruzaba la palma izquierda, recuerdo de un día de batalla y huida. Había sanado, pero la marca quedaba. ¿Así sería? ¿Una restauración con memoria?
Los días siguientes, Anatot anduvo distinto. El mismo sol babilonio caía sobre la misma llanura, pero él ya no solo veía polvo. En el brote tenaz de una hierba entre las grietas de su choza, veía un destello de la terquedad de la promesa. En el júbilo desordenado de los hijos de los exiliados jugando a la orilla del canal, oía un eco lejano de la “algazara” que el texto prometía. No era felicidad. Era algo más sólido: una esperanza con raíces en la misma realidad del dolor.
Una noche, sentado fuera de su cabaña, mientras las primeras estrellas punteaban el cielo violeta, Anatot tomó el trozo de cerámica con el sello. Ya no lo apretó con desesperación. Lo sostuvo en la palma abierta, como se sostiene una semilla. Jerusalén estaba en ruinas. Él era un hombre viejo en tierra extraña. Todo seguía igual. Y todo era distinto. Porque una Palabra había cruzado el desierto y había llegado hasta él, no para negar el yermo, sino para anunciar que, incluso allí, en el corazón del exilio, Yavé estaba trazando los planos de un retorno. No sería rápido. Habría más sombras, más dudas. Pero la certeza, frágil como el barro cocido en su mano, era esta: el grito de angustia y el canto de salvación brotaban de la misma boca, la del Dios que juzga y que, en su juicio mismo, no suelta la mano de su pueblo.
Sopló una brisa fresca, inesperada, desde el norte. Anatot respiró hondo. Por primera vez en años, el aire no le supo a ceniza. Le supo a distancia, a camino por hacer, a promesa que, aunque no veía su cumplimiento, comenzaba a sanar la herida del presente con la certeza del futuro. El mañana, en Babilonia, sería otro día de trabajo y añoranza. Pero ya no sería un día sin aurora.




