Biblia Sagrada

Cenizas y Esperanza

**Cenizas y Esperanza**

La lluvia fina se confundía con el humo de los hogares apagados, un manto gris sobre Jerusalén. Eleazar, cuyos huesos parecían recordar cada uno de los setenta años de exilio y cada uno de los cinco desde el regreso, apoyaba la frente contra la piedra fría de lo que una vez fue muro. Ahora era un montón de escombros, un diente roto en la boca de la ciudad. No lloraba; las lágrimas eran un lujo que se había agotado hacía décadas en Babilonia, regando con su sal plantas ajenas.

Pero dentro, en un lugar tan profundo que ni él mismo podía medirlo, hervía una oración que no eran palabras, sino un gemido de tierra reseca. Miraba al cielo, ese mismo cielo que parecía una losa de plomo, y su corazón, viejo y agrietado, repetía una verdad que lo desgarraba: Tú eres nuestro Padre. Y nosotros, arcilla. Sólo arcilla.

El recuerdo de la profecía de Isaías, transmitido de abuelo a padre, de padre a hijo, y luego guardado a fuego en su memoria cuando su propio hijo cayó en los desfiladeros de Judea antes del destierro, resonaba con una urgencia nueva. No era sólo un texto. Era un alarido atrapado en el tiempo, buscando salida por su garganta.

“Si rompieses los cielos, y descendieras…” musitó, y sus labios secos se pegaron. No era una petición educada, de esas que hacían los escribas con voz medida. Era un anhelo violento, casi desesperado. Quería ver los montes temblando como una olla puesta al fuego, como cuando el Sinaí humeaba y el pueblo retrocedía de puro terror. Quería que el fuego de Dios, ese que consume la hojarasca de la historia y de los corazones, descendiera y hiciera hervir las aguas estancadas de su pueblo. Que el nombre de los dioses extraños, esos ídolos de madera y plata que algunos, en su estupor, empezaban a mirar de nuevo, se quemara hasta volverse nada más que un olor acre en el aire. Que las naciones, esas que se burlaban diciendo “¿Dónde está su Dios?”, se encogieran y callaran para siempre, sobrecogidas.

Pero al pensar eso, una vergüenza más honda que el pozo de su casa derruida lo invadió. Bajó la mirada de la piedra gris a sus propias manos. Manos de alfarero, ahora temblorosas. Las abrió, viendo las líneas de barro secas e incrustadas bajo las uñas, el rastro de su oficio y de su fracaso. Y entonces la oración dio un vuelco, un giro de amarga lucidez. Porque, ¿quién era él, quiénes eran ellos, para exigir la epifanía del Fuego?

“He aquí, tú te airaste, y pecamos…” Susurró esta vez, y era la confesión de toda una vida. En aquellos días de prosperidad olvidada, habían vivido como si Dios fuera un vecino previsible. Habían guardado las formas, sí, pero sus corazones se habían enfriado, habían tejido sus propios mantos de justicia, que ahora veía tan sucios y deshilachados como trapos de menstruación. El viento de la ira divina los había arrastrado, y ellos, en su ceguera, se habían extraviado aún más, marchitándose como hojas secas en el torbellino. El pecado no era sólo un acto; era una lepra que había carcomido su misma voluntad, un peso muerto que los hundía en el silencio de Dios.

El taller de Eleazar estaba cerca, en una casa medio reparada. Entró, y el olor a arcilla húmeda lo envolvió, un olor a posibilidad. En el torno, un jarrón torcido, abandonado en su intento. Su mano diestra, antaño segura, había fallado. La pieza era inservible. Un nudo se le formó en la garganta. Así éramos nosotros, pensó. Arcilla en las manos del Alfarario. Y la vasija se había deshecho entre sus dedos por la dureza de la mezcla, por la arena de la idolatría y la soberbia que ellos mismos habían añadido. No era culpa de las manos que la formaban. Era la culpa de la arcilla rebelde.

Se dejó caer en un taburete, el peso de los años y de la verdad aplastándolo. La oración, ahora, ya no tenía fuerza para el grito. Era un suspiro roto, el sonido de las cenizas. “No te acuerdes para siempre de la iniquidad nuestra… Mira, por favor, pueblo tuyo todos nosotros.”

Fuera, la llovizna había cesado. Un rayo de sol pálido se colaba por el hueco de lo que fue techo, iluminando el polvo que danzaba en el aire. En ese haz de luz, Eleazar vio el polvo de los huesos de sus padres, esparcidos en tierra extraña. Vio el polvo de los altares derribados. Vio el polvo de sus propias esperanzas. Y sin embargo, en ese mismo polvo iluminado, persistía una chispa. Una tenacidad absurda. Porque seguían siendo, a pesar de todo, el pueblo de Él. La ciudad santa era un erial, el templo una sombra de su gloria, y ellos, fantasmas habitando entre ruinas.

La esperanza no era un sentimiento dulce. Era un clavo oxidado clavado en el alma. Era esperar contra toda esperanza. Era creer que el Alfarario, en su paciencia insondable, no había arrojado definitivamente la arcilla defectuosa al montón de desecho. Que quizás, con el agua de su misericordia, podía volver a amasarla. Que el Fuego que tanto anhelaba ver descender, primero tenía que quemar la broza de sus corazones, aunque el proceso fuera tan doloroso como el horno del exilio.

Eleazar salió de nuevo. La tarde caía, tejiendo sombras largas sobre las piedras. Alzó una vez más la vista al cielo. Ya no era un reto, ni una súplica furiosa. Era la mirada de un hijo que, desde la lejanía más profunda, reconoce la casa del Padre. Un hijo que sabe que su único derecho es el de la pertenencia herida. Los cielos seguían cerrados, silenciosos, inescrutables.

Pero en su interior, el gemido se había transformado. Ya no era sólo el lamento de Isaías. Era suyo. Era de todos. Una oración hecha de silencio, de ceniza, y de una esperanza tozuda como la raíz de un olivo que brota entre las grietas de la roca.

“Tú eres nuestro Padre,” repitió en lo más íntimo, y esta vez, en la quietud, casi pudo creer que el Silencio al otro lado escuchaba. Y que, en los tiempos que sólo Él conocía, el hierro del cielo podría, al fin, romperse.

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