Biblia Sagrada

Sello de Amor Eterno

El sol de la tarde, bajo y pesado como miel derramada, doraba los muros de piedra de la aldea. En el aire quieto flotaba el polvo del día, el aroma a pan recién horneado y, lejos, el hálito seco de los montes. Sulamita caminaba sin prisa, sus sandalias levantando pequeñas nubes rojizas. No iba sola. A su lado, él, su amado, caminaba en un silencio cómplice que era más elocuente que cualquier salmo. Entre ellos, el espacio era una tensión dulce, un campo magnético que los atraía sin necesidad de tocarse.

Llegaron hasta la casa de su madre, una construcción baja con una parra vieja y nudosa trepando por la fachada. La sombra era profunda allí, fresca. Ella se detuvo, y por un instante, la mirada de ambos se perdió en el interior oscuro y familiar. “Ah,” murmuró ella, casi para sí misma, su voz un susurro áspero por el camino, “¡quién me hiciera como tu hermano, que mamó los pechos de mi madre! Así, si te encontrara fuera, te besara… y no me despreciaran.” Las palabras, cargadas de un anhelo antiguo, no eran de reproche, sino de un deseo profundo de normalidad, de un amor que no tuviera que esconderse de las miradas y los comentarios. Anhelaba una pertenencia tan natural, tan incuestionable como la de la sangre.

Él no respondió con palabras. Su mano, callosa y fuerte, encontró la de ella en la penumbra. Un pacto tácito. Entonces ella habló de nuevo, con una firmeza nueva. “Te llevaría, te introduciría en la casa de mi madre; tú me enseñarías… yo te daría a beber vino aromático, mosto de mis granadas.” Era una promesa de intimidad, de enseñanza y deleite compartidos en el lugar más seguro, el origen. No era un arrebato juvenil, sino la oferta de un amor maduro, que se nutre en el recinto familiar.

Su brazo izquierdo estaba ahora bajo la cabeza de él, y el derecho lo rodeaba. Un gesto de posesión tierna y protección. Se hizo un nuevo silencio, pero este era distinto, cargado de la electricidad del momento presente. Y entonces, con una urgencia que brotaba de lo más hondo, ella pronunció la advertencia y el anhelo que es el corazón de este capítulo, de todo el cantar. “¡Os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, por las gacelas y por las ciervas del campo, que no despertéis ni hagáis velar al amor hasta que él quiera!”

El amor. No un sentimiento, sino una fuerza personificada, una presencia divina y terrenal a la vez. No se podía forzar, ni apresurar, ni domar. Tenía su propio ritmo, sagrado e indomable. Y en ese instante, contemplándolo a él, la imagen le vino a la mente, poderosa y clara.

“¿Quién es esta que sube del desierto, recostada sobre su amado?”

Era ella misma, pero vista a través del prisma del amor. No venía de los jardines regados, sino del desierto, del lugar de la prueba y la dependencia. Y venía recostada, en total abandono y confianza, sobre su fuerza. Era el fruto de todo el camino recorrido, de las búsquedas angustiadas y los encuentros gozosos.

Cerró los ojos un instante y lo vio. “Debajo del manzano te desperté; allí tuvo dolores de parto tu madre, allí tuvo dolores la que te dio a luz.” El manzano, el árbol del huerto donde todo comenzó. Era un retorno a los orígenes, pero no para repetir el error, sino para santificar el amor en el mismo escenario de la historia humana. Un círculo que se cerraba en redención.

Abrió los ojos y su mirada era intensa, grabando este momento en su alma. “Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo.” La voz no suplicaba; afirmaba. Un sello era la marca de propiedad, de autenticidad, de un vínculo irrompible. “Porque fuerte es como la muerte el amor; inflexibles como el Seol los celos; sus brasas son brasas de fuego, llama del Señor.”

Las palabras resonaron en el atrio callado. No había comparación más terrible y más bella. El amor compartía la potencia absoluta, irrevocable, de la muerte. Y los celos del amor verdadero, ese anhelo de exclusividad fiel, tenían la tenacidad implacable del abismo. No era un fuego pequeño o doméstico; era la llama misma de Yahvé, el fuego que ardía en la zarza y en el altar, que purifica y consume. Un amor así no era juego; era pacto, era fuego sagrado.

“Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos.” Susurró ahora, mirando el polvo a sus pies, como si viera en él las crecidas torrenciales del invierno. Ni el tiempo, ni la distancia, ni el dolor, ni la rutina. Nada. “Si un hombre diera toda la hacienda de su casa por este amor, de seguro lo despreciarían.”

No tenía precio. Era una dádiva, un don de la tierra y del cielo que no cabía en los registros mercantiles. Era la perla de gran precio por la que todo lo demás era pérdida.

Él, que había escuchado en silencio, movió la cabeza suavemente. Un asentimiento. Todo estaba dicho. La tarde avanzaba, y el grupo de hermanos de ella, menores, surgió de la callejuela conversando. La escena cambió. La intimidad se ensanchó para incluir a la familia. Uno de los hermanos pequeños, aún de voz gangosa, habló de ella con la rudeza cariñosa de la fraternidad. “Tenemos una hermanita pequeña, que todavía no tiene pechos. ¿Qué haremos con nuestra hermana cuando sea pedida en matrimonio?” Y ofrecían, torpemente, planes: construir un muro de plata si era firme, o un tablado de cedro si era débil, para protegerla.

Ella sonrió, una sonrisa cansada y sabia. Ya no era la niña sin pechos. Había cruzado ese umbral. “Yo soy un muro, y mis pechos como torreones.” Su voz era clara, segura. Había encontrado su fortaleza en el amor mismo, en la fidelidad que la habitaba. “Desde entonces soy a sus ojos como la que halla paz.”

Y entonces, en un último giro de la mirada, la conversación se volvió hacia él, hacia su amado. “Salomón tiene una viña en Baal-hamón; entregó la viña a guardas; cada uno ha de traer mil monedas de plata por su fruto.” Era la imagen del rey, del poseedor de vastas heredades. Pero ella, Sulamita, la pastora, la viña que él realmente valoraba, era suya propia. “Mi viña, que es mía, está delante de mí.” No era propiedad de Salomón, no tenía precio en monedas. Era de ella, y ella la ofrecía en libertad. “Las mil, para ti, oh Salomón; y doscientas para los que guardan su fruto.”

Era su dote, su aportación al pacto. Una declaración de autonomía y entrega simultáneas. El sol había tocado ya la cresta de los montes lejanos, tiñendo de púrpura el cielo sobre el Líbano. Él, su amado, tomó por última vez la palabra, pero para dirigirse a los otros, para incluirla en el diálogo eterno del deseo. “Oh tú, que moras en los huertos, los compañeros están atentos a tu voz; hazme oírla.”

Y ella, por fin, entregó la última palabra, el último suspiro de este cántico. “¡Huye, amado mío! Y semejante eres al gamo o al cervatillo sobre los montes de las especias.”

No era un rechazo. Era la certeza de que este amor no concluía, sino que se transformaba en promesa y en espera. Era la orden de partir, porque el amor verdadero no es posesión asfixiante, sino un ciclo de encuentro y búsqueda que se renueva. Huir para volver a ser encontrado. Desaparecer como el gamo en la espesura, para que el anhelo siga vivo, respirando en los montes aromáticos de la memoria y la esperanza.

Y él se fue, mezclándose con las sombras alargadas. Ella se quedó en el umbral, oliendo el aroma de la parra y de la tierra caliente. El sello estaba puesto. El fuego, encendido. Las muchas aguas del tiempo por venir no podrían apagarlo.

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