Biblia Sagrada

El Destello en el Lodo

La lluvia fina, pertinaz, había convertido el camino en un lodazal traicionero. Silas ajustó la capa raída sobre sus hombros, sintiendo el peso húmedo de la lana. No era la pobreza lo que más le quemaba el alma, sino la sensación de invisibilidad. Los mercaderes en el puesto de aceitunas junto a la puerta de la ciudad ni siquiera alzaban la vista cuando pasaba. Sus monedas de cobre, pocas y mordisqueadas por el tiempo, no merecían su atención. “Mejor es el pobre que camina en su integridad, que el de perversos labios y además necio”, musitó para sus adentros, recordando las palabras que el anciano Rubén solía recitar en la sinagoga los sábados. Pero en días como este, la integridad sabía a polvo y a humillación silenciosa.

Su destino era la casa de Natán, un hombre de negocios no especialmente piadoso, pero conocido por su astucia práctica. Silas había tallado un yugo para sus bueyes, un trabajo minucioso de madera de encina. Al llamar a la puerta de madera robusta, le abrió un sirviente de mirada hastiada. Tras unos momentos, apareció Natán, envolviéndose en un manto de lino fino mientras calculaba el valor de Silas con una mirada rápida.

—El yugo —comenzó Silas, conteniendo un temblor que no era solo por el frío—. Queda perfecto para tus animales. Acelera el trabajo, es liviano y…

—Lo he visto —lo interrumpió Natán con un gesto de la mano—. Funciona. Pero el precio, amigo, debe ajustarse a los tiempos. La cosecha de trigo fue mezquina al norte. El hierro para las grapas está caro. Te daré la mitad de lo acordado.

Silas sintió un nudo en la garganta. La mitad no alcanzaría para el grano que le debía al molinero. Protestó, con voz baja pero firme: “Un hermano ofendido es más tenaz que una ciudad fuerte”. Natán frunció el ceño, no por el proverbio en sí, sino por la molestia de la discusión. Finalmente, con un suspiro de fastidio, arrojó a los pies de Silas dos tercios de las monedas prometidas.

—Es mi oferta final. Tómala o déjala. Muchos carpinteros hay en la llanura.

Silas recogió las monedas, el metal frío contra su palma ardiente. El camino de regreso a su choza, en las afueras del pueblo, parecía más largo. Pasó junto a la plaza, donde un grupo de hombres animados discutía acaloradamente. Eran los ociosos, los que siempre tenían un plan grandioso que comenzaría “mañana, sin falta”. Uno de ellos, de nombre Joás, lo llamó.

—¡Silas! Ven, únete. Hablamos de pedir al consejo que abra un nuevo pozo en el barrio este. Con tu habilidad, podrías encargarte de la estructura de madera. Será un trabajo magnífico, bien pagado.

Silas los observó. Sus ropas, aunque no lujosas, estaban intactas. Sus manos carecían de callos profundos. Recordó otra sentencia del anciano: “La pereza hace caer en sueño profundo, y el alma negligente padecerá hambre”. Ya había caído antes en la trampa de sus promesas vanas. Una vez le dedicó tres días a diseñar, por pura palabra, un carro que nunca se construyó.

—Trabajo tengo —respondió con sequedad, sin detenerse.

La risa burlona de los hombres lo siguió un trecho. “El precepto es lámpara, y la enseñanza luz”, pensó amargamente. Pero en su oscuridad presente, la lámpara apenas si alumbraba el siguiente paso.

Al llegar a su casa, una estructura de piedra y barro con techo de ramas, encontró a su esposa, Mara, luchando por avivar el fuego con leña húmeda. Su hijo pequeño, de nombre Eliab, tosía en un rincón, envuelto en la única manta gruesa. En el rostro de Mara vio el reflejo de su propia frustración, pero también una chispa de resignación estoica. “Halla gracia del Señor la mujer prudente”, se dijo. Mara no derrochaba energías en quejarse del viento; trataba de cerrar la ventana.

—Natán pagó menos —confesó Silas, dejando las monedas sobre la mesa áspera.

Mara asintió lentamente, sin sorpresa. Luego, con un gesto que a Silas le pareció de sublime misericordia, señaló una pequella de barro.

—La mujer de Caleb, el alfarero, vino. Trajo un poco de lentejas y harina. Dijo que recordaba el mango que le reparaste a su hijo para el cántaro, sin cobrarle, cuando se lo rompió.

Un calor distinto al del fuego nació en el pecho de Silas. “El que tiene misericordia del pobre, al Señor presta”. No era una transacción, sino un eco de bondad que regresaba, imprevisto, en el momento de mayor necesidad.

La noche cayó con su manto frío. A la mañana siguiente, la tos de Eliab era peor. El temor, un animal gélido, se enroscó en el estómago de Silas. No tenían para el médico. Desesperado, decidió acudir a un conocido de su juventud, un hombre que ahora se movía en círculos cercanos al juez local. Tal vez, con una palabra suya, pudieran conseguir alguna ayuda. “Muchos buscan el favor del generoso, y todos son amigos del hombre que da regalos”, pensó, aunque la idea le repugnaba. Era mendigar influencias.

Su antiguo amigo lo recibió en un patio adornado con macetas. Escuchó con una sonrisa distraída, ausente, mientras jugueteaba con un sello de piedra.

—Lo siento, Silas. El juez está muy ocupado con asuntos de la ciudad. Y ese médico… es un hombre muy solicitado. Pero te deseo suerte de corazón.

Las palabras, vacías y pulidas, resonaron como monedas falsas al caer. “Fingido es el hombre que habla lisonjas a su prójimo; red tendida es a sus pasos”. Silas salió de allí sintiéndose más sucio que por el lodo del camino.

La fiebre de Eliab subió al atardecer. Mara, con los ojos secos por el miedo, ya no podía contener su angustia. En un acto de pura desesperación, Silas tomó una decisión. Fue a casa del anciano Rubén, el recitador de proverbios. No a pedirle dinero, sino sabiduría. O al menos, consuelo.

Rubén vivía en una casa sencilla pero ordenada. Lo encontró en su pequeña huerta, revisando unos brotes de rábano. Sin preámbulos, Silas vomitó su temor: la enfermedad, la pobreza, la injusticia de Natán, la falsedad de su amigo.

El anciano lo escuchó en silencio. Luego, se sentó en un poyo de piedra y señaló el cielo, donde las primeras estrellas punzaban la oscuridad.

—El furor del hombre no cumplirá la justicia de Dios —dijo, su voz ronca como raíz vieja—. Y la ira, Silas, nace del miedo. Has temido a la pobreza, a la enfermedad, al desprecio. Y con razón. Pero ¿sabes cuál es el peor miedo? El miedo a que Dios haya apartado su rostro. “Muchos son los pensamientos en el corazón del hombre; mas el consejo del Señor permanecerá”.

Rubén no le ofreció monedas. Le pidió que lo acompañara. Caminaron hasta la casa de un hombre que Silas apenas conocía: un levita ya retirado que estudiaba hierbas y preparaba ungüentos. El levita, sin hacer muchas preguntas, tomó un pequeño frasco de aceite espeso y aromático, y un puñado de raíces secas.

—Para la fiebre y la congestión del pecho. Hierve las raíces, hazlo inhalar el vapor. Unta el aceito en su pecho y espalda. Es lo que tengo.

Al salir, Rubén puso una mano huesuda en el hombro de Silas.

—“El que escucha el consejo tiene sabiduría”. No viniste a mí buscando un milagro, sino un camino. A veces, el camino es la hierba de un vecino y las manos de una esposa que no se rinde. La prudencia, Silas, es ver la provisión donde otros solo ven carencia.

La aplicación del remedio fue lenta. Silas y Mara turnándose velando, aplicando el aceite, haciendo que el niño inhalara el vapor acre de las raíces cocidas. En la quietud de la noche, entre sombras danzantes, Silas meditaba en las palabras del anciano. “El temor del Señor conduce a la vida; con él vivirá saciado, y no lo visitará mal alguno”. No era una promesa de riqueza o de salud perpetua, lo comprendía ahora. Era una promesa de *sustento*. De que, incluso en el valle de sombra, no caminaría solo. La fiebre de Eliab rompió al alba.

Días después, con el niño recuperándose dormitando junto al fuego, llegó un mensajero a la choza. Era de la casa de Caleb, el alfarero. Caleb, un hombre de pocas palabras y manos sabias, tenía una propuesta. Necesitaba un hombre confiable, íntegro, para gestionar el transporte de su mercancía a las aldeas vecinas. Había pensado en Silas. No era un trabajo de grandes riquezas, pero era estable. Honesto.

Silas aceptó. Y la primera vez que tuvo que negociar un precio por el transporte, frente a un mercader duro de mirada, no apeló a la lástima ni a la ira. Se limitó a explicar, con claridad serena, el valor de su servicio, la calidad de la alfarería de Caleb y el costo justo del viaje. “El testimonio falso no quedará sin castigo, y el que respira mentiras no escapará”. No mintió, no exageró. Y el mercader, tras un momento de tenso silencio, asintió.

Camino a casa, con el pago acordado en su bolsa, pasó de nuevo por la plaza. Los ociosos seguían allí, discutiendo ahora sobre un asunto diferente, con la misma energía estéril. Joás volvió a llamarlo, con una sonrisa burlona.

—¡Eh, Silas! ¿Ya te hiciste rico con tus viajes?

Silas se detuvo esta vez. Los miró, no con desprecio, sino con una lástima nueva, tranquila.

—“Castiga a tu hijo mientras hay esperanza —dijo, citando de memoria, pero con una calma que no tenía antes—, pero no se apodere de ti el ánimo para matarlo”. A veces el hijo que se castiga es la propia necedad, Joás. Y a veces, la esperanza es simplemente empezar a caminar, aunque sea sobre lodo.

Y siguió su camino, sintiendo el peso de las monedas, sí, pero también el peso más ligero de una lección aprendida en la oscuridad: que la sabiduría no era un escudo contra la lluvia, sino el aprender a caminar sin resbalar, y a ver, entre el barro, el destello tenue y verdadero de la gracia.

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