Biblia Sagrada

El desierto florece

Había un silencio extraño en la ciudad, un silencio que no era paz, sino el jadeo contenido de una bestia exhausta. El calor, pesado como un manto de plomo, aplastaba las callejuelas de Jerusalén. En la plaza, donde antes los ancianos discutían la ley, ahora unos cuantos hombres de mirada esquiva susurraban cerca del pozo, sus palabras salpicadas de codicia y de miedo. Gobernaban entonces los que no merecían el nombre de príncipes, hombres huecos como vasijas agrietadas, que bebían el vino de los tributos mientras el pueblo se secaba por dentro.

Yo, Efraín, recordaba los olivos de mi heredad, allá en las colinas. Ahora la tierra parecía encogerse bajo el sol, y los frutos eran pequeños y amargos. Mi esposa, Ana, tejía en la sombra de nuestro patio, sus ojos fijos en la tela, pero su mente en otra parte. «Todo está al revés,» murmuraba a veces. «Llaman rico al que roba, y piadoso al que sólo repite palabras vacías.» Tenía razón. Era como si una niebla espesa, no de agua, sino de necedad, hubiera cubierto la tierra. Los entendidos en el camino recto se escondían; los necios, aquellos cuyo corazón sólo planeaba iniquidad, hablaban de generosidad mientras vaciaban los graneros del pobre.

Pero en medio de aquel sofoco, llegaban hasta mí, por la noche, palabras antiguas. Palabras del profeta. No eran un grito, sino una semilla enterrada en lo hondo del pecho. Hablaban de un rey. No de cualquiera, sino de uno que reinaría para justicia. Y no sólo de él, sino de príncipes que gobernarían para equidad. Yo las rumiaba en silencio, mientras observaba el horizonte parduzco. ¿Cómo sería un hombre así? Lo imaginaba no con la corona reluciente de los déspotas, sino con una autoridad quieta, como la de una roca firme frente a la torrentera. Sería refugio contra el viento, escondrijo contra el turbión, como arroyos de agua en tierra seca. La imagen me daba un alivio agridulce, porque el contraste con lo que vivíamos era demasiado cruel.

Los días seguían su curso, grises y duros. Hasta que el estallido llegó. No con ejércitos visibles al principio, sino con un quebranto interior. Fue como si la tierra, cansada de ser pisoteada por la insensatez, decidiera dar a luz su propio juicio. La ciudad, que se ufanaba de su falsa seguridad, se encontró de pronto vacía. Las torres de ocio, los palacios construidos sobre el fraude, quedaron en silencio; una quietud que no era descanso, sino desolación. Los campos que fueran de fiesta y desenfreno yacían abandonados a los cardos y espinos, hasta que el mismo ganado, desorientado, huía de aquel lugar. Era el precio de la siega que nunca se hizo, del grano que se almacenó con egoísmo y se pudrió sin ser compartido.

Durante un tiempo, todo fue duelo. Un lamento sordo, como el de la tierra herida. Nos habíamos acostumbrado a la sombra, y la luz, cuando empezó a asomarse, nos dolía en los ojos.

El cambio no llegó con trompetas, sino como llega el rocío, silenciosamente penetrante. Fue algo que se derramó desde lo alto. Un espíritu. No un viento violento, sino algo parecido a una lluvia fina y pertinaz sobre el alma reseca. Y con él, la tierra comenzó a despertar. No era sólo una metáfora. Lo vi en mis propias tierras. Los hombres que antes miraban con cinismo, empezaron a ver con claridad; los que murmuraban en secreto, hablaron con franqueza en las puertas de la ciudad. Los oídos, antes entorpecidos por el ruido de la avaricia, se aguzaron para escuchar la palabra verdadera. Los necios, aquellos cuyo corazón sólo había sido un instrumento torpe para el mal, fueron llamados por su nombre, y su necedad quedó al descubierto, patética e inservible, como un arma oxidada.

Y entonces, en medio de esa claridad nueva, surgió el fruto. El rey justo, aquel que había sido una promesa en mi corazón, se hizo tangible no en un solo hombre, sino en una forma de vivir. La justicia no fue un decreto lejano, sino el cimiento de cada acto. Los príncipes, los jefes de las familias y de los oficios, gobernaban para el bien común, como guardianes de un rebaño precioso. Cada hombre se volvió, de alguna manera, un refugio para su hermano. Como el profeta había dicho: como escondite contra el viento.

Recuerdo el día en que la paz dejó de ser una palabra y se volvió un lugar. Ana y yo caminamos hacia las colinas que antes eran eriales. Donde antes sólo crecía el cardo punzante y la zarza estéril, ahora había un bosquecillo de pinos jóvenes, y bajo su sombra, praderas donde el ganado pacía tranquilo. El desierto, en nuestro corazón y en nuestra tierra, se había alegrado. La llanura seca se vistió de jardín. Ya no se llamaba desierto, sino campo fértil. En la ciudad, el trabajo de la justicia echó raíces tan profundas que su fruto era una paz inquebrantable, una seguridad plena. Mis hijos podían jugar en los linderos sin temor. Había quietud para siempre, nos decíamos. No la quietud de la muerte, sino la de un árbol plantado junto a corrientes de aguas.

A veces, al atardecer, me siento en el umbral de mi casa, que ahora es verdaderamente un hogar. Miro los campos ondulantes, verdes y generosos, y pienso en aquel silencio sofocante de antes. No fue un castigo caprichoso, sino el parto necesario. La necedad tuvo que agotarse a sí misma, hasta quedarse sin aliento y sin discurso, para que la sabiduría encontrara un suelo limpio donde echar raíces. El rey justo no vino con espada, sino con verdad. Y su reinado no fue un trono, sino una transformación: de la esterilidad a la fecundidad, del miedo a la confianza, del yermo al jardín. El Espíritu se derramó desde lo alto, y el desierto se volvió un huerto, y el huerto, un gran bosque. Y en medio de él, por fin, el corazón del hombre pudo descansar.

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