Biblia Sagrada

El Polvo del Camino de la Promesa

El sol, un cuenco de bronce volcado sobre el desierto, comenzaba a derramar su primer calor sobre las mantas de lana áspera. El niño, llamado Ezer, hundió los dedos de los pies en la arena aún fresca de la noche, sintiendo el contraste áspero y suave. A su lado, el viejo Abías carraspeó, un sonido seco como piedras chocando. No era la tos del cansancio, sino el preludio de la palabra. Era la hora de la memoria.

“Tu madre me dice que preguntas por el nombre,” comenzó Abías, sin mirarlo, sus ojos perdidos en la lejanía donde el aire temblaba como agua. “No es solo un nombre, hijo mío. Es una historia tejida en el tiempo, un camino que otros pies pisaron y que nosotros seguimos, no por costumbre, sino por promesa.”

Ezer se ajustó la túnica, callado. Sabía que cuando Abías empezaba así, era mejor no interrumpir.

“Hubo un hombre,” dijo la voz ronca del anciano, “que escuchó una voz donde solo había viento y piedras. En Ur, entre ídolos de barro y plata, él oyó su nombre. ‘Abraham’. Y la voz no le prometió riquezas fáciles. Le prometió una tierra que no vería, y una descendencia más numerosa que estos granos de arena que se te escapan entre los dedos. Y él creyó. Se fue, con la polvareda de lo conocido a sus espaldas, hacia la incertidumbre. Y Dios hizo un pacto con él, un juramento tallado en la eternidad, no en piedra. Esa promesa es el cimiento sobre el que caminamos. Sin ella, seríamos solo nómadas. Por ella, somos un pueblo.”

Un halcón trazó un círculo perezoso en el cielo, una mancha oscura contra el azul que se iba blanqueando. Abías tomó un puñado de arena y la dejó escurrir lentamente.

“La promesa se hizo frágil, como un hilo de lino, cuando el hambre apretó las gargantas. Jacob y sus hijos bajaron a Egipto, un puñado de almas temblorosas. Pero hasta allí había llegado antes la mano de la providencia. ¿Recuerdas a José, el soñador?” Abías esbozó una sonrisa, mostrando unos pocos dientes amarillos. “Vendido por envidia, tirado a un pozo oscuro donde solo se oía el goteo de la tierra y el latido del miedo. Luego, prisión. Olvido. Pero Dios… Dios tenía otros planes. Transformó la aflicción en llave. Lo que los hombres intentaron para mal, Él lo torció para bien. José, de esclavo a señor del granero del mundo. Y cuando sus hermanos, flacos y avergonzados, se postraron ante él sin reconocerlo, no hubo venganza en su corazón. Solo vio el hilo, el hilo dorado y tenaz de la promesa. ‘Vosotros pensasteis mal contra mí,’ les dijo, ‘mas Dios lo encaminó a bien.’ Egipto nos acogió, y allí crecimos. De un puñado a una multitud. El hilo se hacía más fuerte.”

Hizo una pausa larga, bebiendo un sorbo de agua agria de un odre. Su garganta trabajó con esfuerzo.

“Pero los tiempos cambian. Un faraón que no recordaba a José vio nuestra fuerza y le tuvo miedo. Y el miedo es padre de la crueldad. Nos hicieron servir con dureza, con amargura de espíritu. El barro para los ladrillos se mezclaba con el sudor y las lágrimas. El gemido subía hasta el cielo, un humo espeso que no era de incienso. Y Dios escuchó. No se había olvidado. Su pacto no es como la memoria de los hombres, que se desvanece. Él se acordó de su palabra.”

Abías cerró los ojos, y por un momento, Ezer creyó que se había dormido. Pero seguía hablando, ahora con un tono más grave, como si narrara algo que había visto con sus propios ojos.

“Entonces vinieron las señales. No fueron espectáculos vacíos. Fueron juicios, sí, pero también despojos. Cada plaga desnudaba un ídolo egipcio, mostraba su impotencia. El Nilo, su dios-vena, se volvió sangre fétida. La rana, símbolo de vida, se amontonó muerta y hedionda. La oscuridad, tan densa que se podía palpar, cubrió a Ra, el dios sol. Y en medio de todo, nuestro pueblo en Gosén, protegido. Distinguido. Éramos los mismos esclavos, y sin embargo, diferentes. La tierra de Egipto se quebraba, pero sobre nosotros solo caía la sombra de las alas del que había hecho la promesa.”

El anciano abrió los ojos. Brillaban.

“Y llegó la noche. La noche del cordero. La sangre en los dinteles no era un amuleto. Era una señal de obediencia, de fe puesta en acción. Y pasó el destructor. Y en cada casa egipcia, un grito que partía la noche. Y en las nuestras, un silencio solemnemente expectante, el pan sin levadura listo, los lomos ceñidos. Entonces nos llamaron. No hubo tiempo ni para que la masa fermentara. Salimos. No como fugitivos, sino como un pueblo liberado. Y cuando el Faraón, con el corazón endurecido como la piedra de sus estatuas, vino tras nosotros con sus carros relucientes, el mar se abrió.”

Aquí, la voz de Abías se quebró no por la emoción, sino por la potencia de la imagen. Bajó el tono a un susurro áspero.

“No fue un viento cualquiera. Fue el aliento de Dios. Partió las aguas como un cuchillo parte un paño. Y nosotros pasamos por en medio, con el fango del lecho marino bajo los pies, las paredes de agua erguidas como murallas de cristal verde y tembloroso. Y ellos… ellos siguieron. Y las aguas volvieron a su lugar. No fue un ahogamiento silencioso. Fue el sonido del juicio: el estruendo del agua, el crujido de la madera, el grito ahogado de los caballos, el silencio final. Y nosotros, al otro lado, mirando. Sin espadas, sin ejército. Solo con un cántico nuevo en los labios, nacido del asombro.”

El sol estaba ya alto. La sombra bajo la que estaban se había acortado hasta casi desaparecer. Abías se inclinó hacia Ezer, y su aliento olía a hierbas y a años.

“Todo eso, niño, está en el nombre. En ese ‘Pueblo de Dios’. No es un título de honor. Es un recordatorio. Él nos buscó cuando éramos nadie. Nos guardó cuando éramos frágiles. Nos redimió cuando éramos esclavos. Nos guió por el desierto, nos dio agua de la roca, pan del cielo. La tierra a la que vamos no es un botín por nuestra fuerza. Es la herencia de la promesa, hecha a un hombre que creyó contra toda esperanza.”

Se enderezó con un gruñido, los huesos crujiendo. Señaló con su mano nudosa el desierto extendido ante ellos, el horizonte danzante por el calor.

“Por eso caminamos. No vagamos. Cada paso es un acto de fe en aquel que nunca faltó a su palabra. Su fidelidad es nuestro mapa. Su justicia, nuestro fuego de noche. Su misericordia, nuestra nube de día. Y esto,” concluyó, poniendo su mano áspera sobre la cabeza del niño, “esto es lo que llevas en tu nombre. Llévalo bien. No lo olvides. Cuéntalo cuando yo ya no esté. Porque nuestra historia no es para encerrarla en un cofre. Es para ser vivida, y para ser contada.”

Ezer no dijo nada. Solo asintió, sintiendo el peso de la mano y el peso mayor de la historia. Miró el desierto, y ya no le pareció un yermo vacío. Le pareció un camino, el mismo que otros habían andado, marcado por columnas de fuego y nube, por lágrimas y cánticos, sostenido por el hilo de oro de una promesa antigua. Y supo, en lo profundo de su ser de niño, que él era ahora parte de aquel relato. La arena bajo sus pies ya no era solo arena. Era el polvo del camino de la promesa.

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