Biblia Sagrada

La Torta de Higos de Raquel

El calor era lo primero. Un peso húmedo y espeso que se posaba sobre el pecho de Efraín antes incluso de que abriera los ojos. No era el calor vibrante del mediodía en la era, sino un calor interior, enfermo, que parecía emanar de sus propios huesos. El lecho de lana áspera le quemaba la espalda, y al intentar moverse, un gemido se le escapó de los labios agrietados.

Desde su jergón, en la habitación alta de su casa en el barrio de los mercaderes, podía oír la vida de Jerusalén: el rumor lejano del mercado, el tintineo de los cencerros de un rebaño que pasaba, las voces breves de los vecinos. Sonidos que antes formaban la melodía de sus días, y que ahora se sentían como piedras arrojadas contra su ventana cerrada. La enfermedad lo había arrinconado. El médico, un hombre serio de ojos cansados, había movido la cabeza en silencio. “La fiebre se aferra a él como una zarza. Y la tos… no es buena. Que descanse. Que beba agua de la cisterna fresca.”

Pero el agua que le traía su sirviente más joven, Natán, sabía a polvo. Todo sabía a polvo. A derrota.

Efraín, cuyo nombre significaba “fértil”, yacía estéril de fuerzas. Había sido un hombre considerado, conocido por su prudencia y por su trato justo con los tejedores cuyas lonas compraba. “Dichoso el que atiende al pobre,” recitaba a veces, recordando las palabras del salmo que su padre le enseñó. Había intentado vivir así. En los años de sequía, había hecho préstamos sin interés a los campesinos más afectados. Cuando la peste de cólicos azotó el barrio occidental, había pagado el mirra y el hinojo para decenas de familias. No como un acto de ostentación, sino con la tranquila convicción de que la misericordia era un muro que protegía la propia casa.

Ahora, el muro parecía derruido.

La puerta de la habitación se abrió con un crujido. No era Natán con su jarra. Era la sombra alta de Simeón, un socio con el que había emprendido caravanas a Fenicia. Su rostro, normalmente animado, estaba compuesto en una mueca de preocupación estudiada.

“Efraín, amigo mío. Qué desgracia ver así a un roble tan vigoroso.”

La voz era melosa, pero los ojos de Simeón recorrían la habitación con una rapidez de pájaro, posándose en el arcón de cedro, en el rollo de cuentas sobre la mesa, en la palidez cerúlea de Efraín.

“El Señor me librará y me hará vivir,” murmuró Efraín, la frase del salmo brotando de sus labios más por costumbre que por fe en ese instante.

“Sin duda, sin duda,” asintió Simeón, acercándose. Su aroma a aceite de nardo y lana costosa contrastaba brutalmente con el olor a enfermedad y a hierbas medicinales amargas. “Pero un hombre debe ser práctico. Tus asuntos no pueden esperar a que la salud regrese, si es que regresa. La caravana de Damasco… los contratos están firmados, el capital comprometido. En tu estado, es una carga que tu espíritu no debe soportar.”

Efraín lo miró, la comprensión filtrándose lentamente a través de la niebla de la fiebre. No era una visita de condolencia. Era una visita de oportunidad.

“Yo… puedo asumir los compromisos,” continuó Simeón, poniendo una mano fría sobre la ardiente frente de Efraín. “Por tu bien, hermano. Para que puedas concentrarte en sanar. Solo necesitaré los sellos, la autorización ante los escribas. Es lo mejor.”

La traición no llegó como un grito, sino como un silbido sordo en los oídos de Efraín. Este hombre, con quien había compartido pan y peligros en los caminos, ahora husmeaba alrededor de su lecho de muerte como un buitre. Sus palabras, suaves como el aceite, eran en realidad dagas. “Hasta mi amigo íntimo, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, contra mí ha alzado su calcañar.” El verso antiguo resonó en su mente con una claridad dolorosa. No era solo un poema. Era una profecía que se cumplía en su propia almohada.

“Vete,” consiguió decir Efraín, con una voz que era poco más que un susurro áspero.

Simeón frunció el ceño, la máscara de preocupación resquebrajándose por un instante, dejando ver el frío cálculo. “Piensa en tu familia, Efraín. En tu patrimonio. No seas necio. La enfermedad te nubla el juicio.”

“Vete,” repitió Efraín, cerrando los ojos. Oyó un bufido de desprecio, el crujir de las sandalias contra el suelo de tierra apisonada, y luego la puerta cerrándose con un golpe seco.

La soledad que siguió fue más fría que la fiebre. La tracción había abierto una grieta en su mundo. ¿De qué habían servido sus actos de justicia? ¿Dónde estaba el Dios que protegía al que atendía al débil? Una oscuridad más profunda que la de la noche comenzó a apretar su corazón. “Señor, ten misericordia de mí,” jadeó, pero las palabras se perdieron en el aire quieto y caluroso. “Sáname, porque he pecado contra ti.” Y era cierto. No era un pecado de acción, sino de desesperación. Había puesto su confianza, en parte, en la reciprocidad de los hombres, en el muro de sus propias buenas obras. Y ese muro era de arena.

Los días se arrastraron. Natán, el sirviente joven, seguía entrando, pero su mirada era evasiva. Los rumores, como cucarachas, se habían infiltrado en la casa. “Simeón maneja ahora los negocios de Efraín.” “Dicen que no pasará de la luna nueva.” La compasión se había secado. Hasta los rostros familiares parecían hablar de él con lástima cortante. “Que se vuelque ahora sobre él su maldad,” pensó Efraín con amargura, recordando otro verso del mismo salmo. Un deseo áspero, humano, de ver la justicia caer sobre el traidor.

Una tarde, cuando la luz se colaba oblicua y dorada por la celosía, pintando franjas polvorientas en el suelo, la puerta se abrió de nuevo. Efraín no abrió los ojos, preparándose para otra visita vacía o venenosa.

“Abuelo.”

Era una voz temblorosa, suave como el aleteo de una paloma. Era Raquel, su nieta pequeña, de siete años. Se había colado, desobedeciendo las órdenes estrictas de no molestar al enfermo.

Efraín entreabrió los párpados. La niña estaba allí, con su túnica sencilla, sus grandes ojos oscuros fijos en él con una mezcla de miedo y determinación. En sus manitas sostenía un pedazo de torta de higos, arrugado y caliente de haberlo tenido apretado mucho rato.

“Te traje esto,” dijo, extendiendo el brazo. “Para que tengas fuerza.”

No había cálculo en sus ojos. No había lástima, solo un amor puro y animal por el abuelo que la llevaba en hombros por el patio. Un amor que no preguntaba por méritos, que no evaluaba patrimonio ni utilidad. Era un regalo gratuito, un maná en el desierto de su desolación.

En ese instante, algo se quebró dentro de Efraín. No fue un trueno, sino el suave sonido de un hielo que al fin cede ante el primer calor de la primavera. Las lágrimas, que la fiebre había secado, brotaron calientes y silenciosas por sus sienes. Tomó la torta de higos, áspera y dulce al mismo tiempo.

Y en ese acto de gracia insignificante y enorme, sintió otra Presencia. No una voz, ni una visión. Era como si el aire pesado de la habitación de pronto tuviera una cualidad diferente, como el cambio imperceptible que anuncia la brisa marina desde lejos. Una certeza tan profunda como el dolor que lo había precedido se arraigó en su espíritu. El Señor no lo había abandonado. Lo había sostenido, incluso en el pozo, para mostrarle que la única roca firme no era su propia bondad, sino la Bondad eterna. La traición de Simeón no era el final de la historia; era el oscuro telón contra el cual brillaría la fidelidad divina.

“Tú me sostienes íntegro en tu presencia,” susurró, y esta vez las palabras tenían raíces. “Y me estableces delante de tu rostro para siempre.”

La recuperación no fue instantánea. La fiebre tardó días en ceder, la tos en calmarse. Pero el punto de inflexión, el verdadero retorno a la vida, había ocurrido en el momento en que una niña le ofreció una torta de higos arrugada. La fuerza fue regresando a sus miembros, primero como un hilo tenue, luego como un riachuelo.

Una mañana, se levantó. Las piernas le temblaban como las de un cervatillo, pero aguantaron. Se asomó a la ventana. Jerusalén bullía allí abajo, la misma de siempre, y sin embargo, todo parecía bañado en una luz nueva, preciosa y frágil.

Supo, por boca de un vecino fiel, que los negocios de Simeón habían comenzado a desmoronarse. Una caravana saqueada por bandidos, un contrato con un príncipe griego que se reveló fraudulento. La justicia, como un río subterráneo, había encontrado su cauce. Pero Efraín no sintió regocijo. Sintió un pesar solemne. “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, por los siglos de los siglos.” La alabanza brotó de sus labios no como un triunfo sobre un enemigo, sino como un reconocimiento de un orden sagrado que transcendía sus rencores pequeños.

Bajó al patio, donde una higuera daba una sombra generosa. Natán, el sirviente, al verlo, se quedó inmóvil, la cara una máscara de asombro y vergüenza.

“Natán,” dijo Efraín, y su voz, aunque débil, era clara. “Trae agua. Agua fresca de la cisterna.”

Mientras el muchacho corría, Efraín alzó su rostro al sol, a la vasta y azul misericordia del cielo. Estaba vivo. No por sus méritos, sino por una Gracia que atendía al pobre de espíritu. Y en su corazón, el salmo completo, el salmo cuarenta y uno, ya no era una serie de versos memorizados. Era su historia. Un canto de angustia, de traición, y de una salvación tan dulce e inmerecida como el sabor de los higos en la boca de un hombre que ha vuelto a nacer.

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