Biblia Sagrada

El Censo y la Espada del Ángel

El aire en Jerusalén olía a polvo caliente y a hierbas secas. Era el tiempo de la siega, y una languidez pesada, cargada del zumbido de insectos y el chasquido lejano de las hoces, se extendía sobre la ciudad. David, ya no el joven ágil de los riscos de Judá, sino un rey con el peso de la corona grabado en la frente y en el alma, paseaba por la terraza de su palacio. La vista era soberbia: los muros robustos, el ir y venir de su pueblo, los estandartes ondeando perezosamente. Había paz. Una paz dura, conquistada a filo de espada. Y quizás ahí, en esa quietud demasiado grande, comenzó el gusano de la inquietud.

No fue un pensamiento claro al principio. Era más bien una comezón en el espíritu, una sombra que se arrastraba por los bordes de su gratitud. «El Señor ha estado conmigo», musitaba, pero la frase, tantas veces dicha, empezaba a sonar hueca. Su mirada, en lugar de elevarse al cielo que lo había protegido de Goliat y de Saúl, comenzó a pasearse, a contar, a medir. Veía los tejados, las calles, y en su mente los convertía en números. ¿Cuántos? ¿Cuántos guerreros tenía realmente? ¿Cuánto poder, tangible, cuantificable, descansaba en sus manos? La promesa de Dios era una cosa etérea, un viento. Pero los hombres, los carros, las lanzas… eso se podía tocar. Eso daba seguridad. O esa era la mentira que empezó a creer.

Al día siguiente, con la voz áspera de quien da una orden que él mismo no termina de comprender, llamó a Joab, el jefe de su ejército, un hombre tan duro como el pedernal y leal como pocos.

—Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Beerseba —dijo David, evitando la mirada penetrante de su comandante—. Cuenta al pueblo. Quiero saber cuántos son.

Joab no respondió de inmediato. Se quedó quieto, y en su silencio hubo una reprobación tan clara como si hubiera gritado. Finalmente, con esa rudeza que solo se permitía quien había derramado sangre por el rey una y otra vez, contestó:

—Mi señor, que el Señor tu Dios multiplique al pueblo cien veces más de lo que es, y que los ojos de mi señor el rey lo vean. Pero, ¿para qué quiere mi señor hacer esto? ¿Por qué va a ser causa de culpa para Israel?

Las palabras golpearon a David como un soplo frío. Pero la idea, ya encarnada, era terco. La soberbia, ese orgullo disfrazado de necesidad administrativa, había echado raíces profundas. El rey quería la cifra. Quería el número que resumiera su gloria. Quería la seguridad del dato, no la fe en lo invisible.

—Mi orden se mantiene —cortó, con una firmeza que sonaba falsa incluso para sus propios oídos—. Ve y hazlo.

Joab salió, y durante nueve meses y veinte días, un período que se sintió como una lenta enfermedad para el reino, el comandante y sus hombres recorrieron la tierra. Era un censo abominable. No para impuestos, no para la organización de las ciudades. Era para la vanagloria. Hasta Joab, hombre de guerra, sintió repugnancia. Dejó sin contar a las tribus de Leví y Benjamín, una desobediencia sutil, un último intento de mitigar la ofensa. Pero al final, presentó el número. Una cifra fría, monstruosa en su precisión: Israel tenía un millón cien mil hombres que sacaban la espada, y Judá, cuatrocientos setenta mil.

En el instante en que Joab pronunció el último dígito, David sintió que el corazón se le encogía hasta convertirse en una piedra helada en el pecho. No hubo alegría, no hubo satisfacción. Solo un vacío enorme y atronador, y una conciencia tan lúcida y dolorosa como una herida abierta. Había pecado. Había hecho neciamente. Había preferido el inventario de su poder a la sombra del Todopoderoso.

La noche cayó sobre Jerusalén, pero el rey no durmió. El profeta Gad, el vidente, hombre de Dios, vino a él de madrugada, con el rostro grave. La presencia de Gad era como un espejo que reflejaba la ira divina.

—Así dice el Señor: Te ofrezco tres cosas. Elige una de ellas para que yo la ejecute —la voz de Gad no era áspera, pero cada palabra caía como un guijarro en el silencio de la cámara.

—Tres años de hambre en tu tierra; o tres meses de huir ante tus enemigos, perseguido por sus espadas; o tres días de la espada del Señor, es decir, peste en el país, con el ángel del Señor arrasando por todo el territorio de Israel.

David se envolvió en su manto, temblando. No era el temor del cobarde, sino el terror del hombre que ve el abismo que él mismo ha cavado. Las opciones eran atroces. ¿Caer en manos de hombres? Su alma se rebelaba. Al menos la peste venía directamente de Dios. En su misericordia o en su furia, Dios mismo actuaría.

—Estoy en un gran aprieto —respondió, y su voz era un hilo de angustia—. Pero prefiero caer en las manos del Señor, porque grande es su misericordia, antes que caer en manos de hombres.

Así que el Señor envió la peste sobre Israel. Y el ángel destructor extendió su mano sobre Jerusalén.

La descripción fría de la crónica no hace justicia al horror. No fue una enfermedad lenta. Fue un viento gélido e invisible que cortó la vida en su centro. En las casas, familias enteras se derrumbaban con fiebre y dolores lancinantes. En las calles, el silencio solo era roto por los lamentos que salían de las puertas entornadas. El olor dulzón y nauseabundo de la muerte empezó a flotar sobre la ciudad. Setenta mil hombres cayeron, y cada uno era un mundo, una historia, un hijo de la promesa que el rey había querido contar como simple unidad.

David, desde la atalaya, vio al ángel. No era una visión piadosa y dorada. Era una aparición de una realidad tan abrumadora que le quitó el aliento. El destructor estaba entre la tierra y el cielo, junto a la era de Ornán el jebuseo, con la espada desenvainada, apuntando hacia Jerusalén. La ciudad, su ciudad, estaba a merced de aquel ser de justicia y fuego. Y fue entonces, al ver la herramienta misma del juicio, cuando el corazón quebrantado de David estalló en una súplica que no admitía excusas ni rodeos.

—¡Yo he pecado, yo he hecho el mal! —gritó, cayendo de rodillas, el polvo de la terraza manchando sus vestidos reales—. Pero estas ovejas, ¿qué han hecho? Señor, Dios mío, que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre, pero no plagues a tu pueblo.

Las palabras salieron del lugar más profundo, del arrepentimiento que no negocia, que solo se ofrece en sacrificio. Y en ese momento, el profeta Gad volvió, con un mandato urgente: «Sube y levanta un altar al Señor en la era de Ornán el jebuseo.»

David no lo pensó. Bajó como un hombre poseído por una necesidad sagrada. En el monte Moriah, donde el rumor de la ciudad agonizante llegaba como un susurro terrible, estaba Ornán, un hombre sencillo, trillando su trigo con sus hijos. Al ver al rey acercarse, con el rostro desencajado y la ropa cubierta de polvo y ceniza, Ornán y sus hijos se escondieron. Pero David los llamó.

Ornán salió, y haciendo reverencia, preguntó con temor por qué venía el rey. La escena es de una humanidad conmovedora: el poderoso rey, humillado, y el hombre común, dueño de un pedazo de tierra.

—Cómprame la era —dijo David, sin preámbulos—, para construir en ella un altar al Señor, para que cese la plaga sobre el pueblo. Te pagaré el precio justo.

Ornán, con una generosidad que nace de la simple bondad, ofreció mucho más: —Mi señor el rey puede tomar lo que bien le parezca. Aquí tienes los bueyes para el holocausto, los trillos para la leña y el trigo para la ofrenda de cereal. Yo te lo doy todo.

Pero David, con una firmeza nueva, la que da haber tocado fondo, respondió: —No. De ninguna manera. Te lo compraré por su precio completo. No ofreceré a Dios holocaustos que no me cuesten nada.

Pagó seiscientos siclos de oro, un precio real, por aquel terreno pedregoso donde el ángel había detenido su espada. Allí, con sus propias manos temblorosas, David construyó un altar tosco, amontonando piedras sin labrar. Mandó traer los bueyes, los preparó. Y cuando el humo del sacrificio comenzó a elevarse, lento y recto en el aire quieto de la tarde, sucedió lo inesperable.

Desde el cielo, cayó fuego. No el fuego destructor del ángel, sino el fuego de la aceptación, el mismo que había consumido el holocausto de Elías en el Carmelo. Iluminó el altar y calentó el rostro lleno de lágrimas del rey. Y luego, una orden, clara como una campana en el espíritu de Gad: el ángel envainó su espada.

La plaga se detuvo. Justo allí. En el umbral de la destrucción total, la misericordia había puesto un límite. David llamó a aquel lugar «Jehová-jireh», el Señor proveerá, porque dijo: «En el monte del Señor será provisto.» Era un eco lejano y profético del sacrificio de Isaac, una sombra de una provisión mayor y más terrible que habría de venir en ese mismo monte siglos después.

El relato termina ahí, con el altar humeante y el ángel que se retira. Pero la lección quedó grabada a fuego en el corazón de David y en los anales de Israel. No en la abundancia de los números, sino en la escasez del corazón quebrantado; no en la fuerza contable, sino en el costo del sacrificio aceptado, se encontraba el verdadero favor de Dios. La era de Ornán, un simple campo de trillar, se convirtió en el corazón latente de la futura morada de Dios. Porque de aquel lugar de juicio y de gracia, donde un rey aprendió que solo el arrepentimiento verdadero desvía la espada de la justicia, saldrían un día los cimientos del templo.

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