El aroma a cedro y aceite de oliva frescamente prensado aún flotaba en los atrios del Templo, una promesa tangible de lo recién consagrado. Joás, con la corona aún ligera sobre sus sienes infantiles, observaba desde su sitio junto a la columna, mientras el sumo sacerdote Joiada dirigía los ritos finales. No era el esplendor de Salomón, claro está; las cicatrices de la tiranía de Atalía estaban por todas partes, como vetas oscuras en la piedra repuesta. Pero era sólido. Y era suyo. O mejor dicho, de Jehová, como no se cansaba de recordarle Joiada con su voz grave que más parecía salir de una caverna que de un pecho humano.
Los años pasaron con la regularidad de las estaciones. Joás creció bajo la sombra protectora, o acaso sería la férrea tutela, del anciano sacerdote. El rey aprendió a distinguir el sonido del cincel sobre el sillar del de la moneda falsa al caer en la arca del impuesto, y a temer más la mirada severa de Joiada que los informes de escaramuzas en la frontera norte. Su reinado fue, durante mucho tiempo, una extensión del sacerdocio. Se repararon las puertas, se fundieron nuevos utensilios de bronce, y el clamor de la adoración volvió a llenar el valle. Fue un tiempo bueno, recto, previsible. Demasiado, quizás, para un hombre que solo había conocido una sola voz de autoridad.
La muerte de Joiada llegó como un colapso silencioso. No fue una batalla; fue el lento apagarse de una lámpara que había iluminado cada rincón del reino y del alma del rey. Lo enterraron con honores de rey, en la ciudad de David, y el luto oficial duró treinta días. Joás se sintió extrañamente liviano, como si las cadenas que lo sostenían se hubiesen súbitamente soltado. Al principio, fue una sensación vertiginosa y solitaria. Luego, empezó a parecerse a la libertad.
Los príncipes de Judá, hombres de rostros aceitunados y ojos calculadores que siempre habían mantenido una respetuosa distancia, comenzaron a frecuentar la sala del trono con nueva asiduidad. Traían regalos, halagos, y una teología más cómoda, diluida. “El pueblo está cansado de tantas exigencias, majestad”, le decían, sirviendo vino especiado. “Los dioses de los pueblos vecinos también tienen su poder. Es cuestión de pragmatismo, de alianzas”. Y Joás, que solo conocía la fe inflexible de su mentor, escuchó. Al principio con recelo. Luego con curiosidad. Finalmente, con aquiescencia.
El cambio no fue un edicto brutal, sino una corrosión. Primero fueron pequeños altares privados en las colinas, un guiño a los Baales locales para contentar a los jefes de las caravanas. Luego, la asamblea en el Templo empezó a tener competencia: festividades más ruidosas y menos exigentes junto a las encinas sagradas. El oro que antes iba a parar a los cofres para el mantenimiento de la casa de Jehová, ahora financiaba estatuillas de Astarté y fundía becerros de plata para los santuarios de las ciudades fuertes.
En medio de aquella apostasía creciente, una voz se alzó, clara y temeraria. Era Zacarías, hijo del mismo Joiada, el sacerdote que había crecido jugando entre las columnas del Templo que su padre había ayudado a restaurar. No tenía la autoridad avasalladora del anciano, sino la claridad ardiente de un profeta. Un día, plantándose en el atrio superior, frente a los mismos príncipes que ahora dirigían el desvío del rey, clamó: “Así ha dicho Dios: ¿Por qué quebrantáis los mandamientos de Jehová? ¡No prosperaréis! Por haber desamparado a Jehová, él también os desamparará”.
El silencio que siguió no fue de convicción, sino de un odio helado. Joás, en vez de sentirse acorralado por la verdad, se sintió traicionado. Aquel joven le recordaba demasiado a su padre, le reprochaba su emancipación, le escupía en la cara su nueva autoridad. Y el resentimiento, fermentado por los susurros de sus consejeros, cuajó en una orden monstruosa. No fue un arrebato. Fue una decisión fría, tomada entre los muros de piedra del palacio, lejos del altar del incienso. “Matadlo”, dijo el rey. Y así, en el mismo patio del Templo que Joiada había consagrado, entre las piedras que habían sido testigo de su coronación, los siervos del rey apedrearon a Zacarías hasta que la vida se le escapó junto con su sangre, que manchó el pavimento sagrado.
Con sus últimas fuerzas, el moribundo alcanzó a gritar: “¡Jehová lo vea, y lo demande!”. Y entonces, una paz enfermiza cayó sobre Jerusalén. La voz incómoda se había callado. Pero la ruina, que había estado acechando como una sombra alargada, comenzó su avance imparable.
No pasó un año completo cuando un ejército insignificante, una banda de mercenarios sirios, subió contra Jerusalén. No era el gran poder de Asiria, ni la horda de Egipto. Era una fuerza menor, que Judá en sus días de fidelidad habría repelido sin esfuerzo. Pero ahora, algo se había roto. La cohesión, la confianza, la bendición tácita que protege a un pueblo. Los sirios penetraron las defensas con una facilidad pasmosa, no por su fuerza, sino por una extraña flojera en el brazo de los defensores, por una niebla de desánimo que lo cubría todo. Derrotaron a los príncipes, aquellos mismos que habían alejado al rey del buen camino, y los mataron. Luego, entraron en la ciudad.
Joás, el rey que había ordenado la muerte de un profeta en el Templo, yacía en su lecho, enfermo. No de heridas de guerra, sino de una dolencia corrupta que lo consumía por dentro, quizás el eco físico de su putrefacción moral. Los sirios no se llevaron el tesoro real. Se llevaron algo peor: el honor. Lo saquearon y enviaron el botín a Damasco, dejando atrás un rey destrozado, no por espadas enemigas, sino por el desprecio de sus propios siervos. Y fue en esa cama de convalecencia, abandonado por todos, donde los criados en los que ya no podía confiar consumaron su venganza silenciosa. Por la sangre de Zacarías, hijo de Joiada, le dieron muerte.
No lo enterraron en el sepulcro de los reyes. Lo pusieron en la tierra, en la ciudad de David, pero no entre los monumentos de sus antepasados. Fue un reinado que había comenzado como un milagro, sostenido por las manos piadosas de un sacerdote, y que se deshizo como arcilla seca en las manos de un hombre que, al sentirse libre, solo supo elegir su propia esclavitud. Y el Templo, aquel que con tanto esmero había reparado en su juventud, quedó allí en lo alto, mudo testigo de cómo la piedra desechada por los constructores no era el hombre, sino la fidelidad que él, al final, había arrojado al suelo y hecho añicos.




