Biblia Sagrada

La Sabiduría en un Susurro

El pergamino olía a tiempo y a polvo sagrado. Ahira, el escriba secundario de la sala de los anales, notó que la luz de la tarde se filtraba oblicua por la ventana alta, iluminando las motas de polvo que danzaban sobre las columnas de cifras. Su mano, curtida en el trazo de caracteres hebreos, recorrió la lista una vez más. No era una crónica de batallas, ni de profecías fulgurantes, sino de algo que a él, hijo de un campesino de Beerseba, le parecía igualmente milagroso: la paz.

Salomón. El nombre resonaba en el silencio de la estancia como el rumor lejano de un río caudaloso. Ahira levantó la vista, imaginando más allá de los muros de piedra caliza. El reino se extendía, pesado y satisfecho, desde Tifsah, donde el Éufrates mostraba su poder, hasta la franja de Gaza, donde el mar Mediterráneo lamía la costa con su sal. Paz en todas las fronteras. La frase no era un mero formulario; era una realidad tangible que se palpaba en los mercados, en los caminos libres de bandidos, en los rostros de los ancianos que podían ver a sus nietos crecer sin el llanto de la guerra.

Su tarea hoy era transcribir la distribución de las provisiones para la casa del rey. Los números bailaban ante sus ojos, una coreografía de abundancia ordenada. Cada mes, un distrito proveía. Ahira sabía que en las colinas de Efraín, en las llanuras de Judá, en los valles del norte, los administradores designados por el rey —hombres cuyos nombres él ahora copiaba con cuidado: Ben-hur, Ben-dequer, Ben-hesed— organizaban la recolección. No era un tributo de opresión, lo había oído decir a los mensajeros. Era un sistema, una red de provisión que sostenía la majestad del trono, que a su vez garantizaba la justicia en las puertas de la ciudad.

«Azarías, hijo de Natán, sobre los gobernadores de la tierra». Ahira murmuró el nombre. El sobrino del rey. Un hombre de mirada serena y cálculos rápidos. Él era el eje invisible de aquella maquinaria. Y Zabud, hijo de Natán, amigo del rey. Esa anotación siempre le hacía reflexionar. No solo ministros, no solo funcionarios, sino un amigo. Quizás esa era la verdadera sabiduría de Salomón: saber rodearse no solo de eficacia, sino de compañía leal.

La pluma siguió deslizándose. Doce oficiales sobre todo Israel, que proveían para el rey y su casa. Cada uno un mes. La cifra total, al final del año, era desconcertante. Treinta mil *cors* de flor de harina, sesenta mil de harina común, diez bueyes cebados, veinte de pasto, cien ovejas… y ciervos, gacelas, corzos, aves cebadas. Ahira, acostumbrado a la frugalidad de su infancia, dejó escapar un suspiro. No era hambre, ni despilfarro. Era esplendor. El esplendor de un reino que florecía como los almendros en primavera.

Su mente viajó a las caballerizas que había visitado una vez, por un encargo. Cuarenta mil caballos en los establos para los carros, y doce mil jinetes. El estrépito debía ser atronador, el olor a bestia, heno y madera pulida, impregnando el aire. Y todos aquellos jefes de departamento, los prefectos, los encargados del granero de la ciudad, de los campos, de las viñas, de los olivares, de los sicómoros… Una nación entera puesta a trabajar, no bajo el látigo, sino bajo un pacto de prosperidad compartida.

El sol comenzaba a teñir de oro la piedra. Ahira enrolló el pergamino con cuidado. La teología de aquel relato no estaba en un trueno divino, sino en el susurro de la administración fiel. Jehová había dado a Salomón sabiduría, una sabiduría práctica, vasta como la arena de la playa. Y esa sabiduría se materializaba en esto: en que un hombre de Judá y de Dan pudieran sentarse a la misma mesa, en que las caravanas de Egipto y de los hititas trajeran sus mercancías sin temor, en que cada familia bajo su parra e higuera supiera que su cosecha tenía un destino y una protección.

Se levantó, sintiendo el crujir de sus huesos. Afuera, Jerusalén se preparaba para el crepúsculo. El humo de los hogares subía recto en el aire tranquilo. Desde la ventana, se veía el Monte del Templo, donde la obra mayor avanzaba día a día. Toda esta paz, toda esta abundancia, servía a un fin más alto. No era el fin, sino el cimiento. Un cimiento de justicia y de orden, desde donde se podría alzar, finalmente, la casa para el Nombre.

Ahira salió de la estancia. Por el corredor, pasaron dos sirvientes cargando un enorme cesto de higos, oscuros y dulces. Sonrió. Era solo un detalle, uno entre miles. Pero en ese momento, para él, aquel olor a fruta madura contenía todo el sentido del reinado. La bendición no era una abstracción. Olía a pan recién horneado, a tierra mojada después del riego, a incienso costoso, y a higos.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *